Solidaridad y Amistad con Cuba

By on noviembre 30, 2016

Editorial

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Solidaridad y Amistad con Cuba

Fue el pueblo cubano, vecino muy querido y apreciado del nuestro, el que a lo largo del siglo anterior dio cobijo a no pocos yucatecos cuando trasladaron a esa república sus recursos económicos y riquezas por el temor del despojo de ellas por los revolucionarios mexicanos.

Ahora se sabe que la Revolución Mexicana no solo los protegió, sino los impulsó para empoderarse y mantenerse con vida en la nueva economía nacional. Chispazos de justicia social y hechos revolucionarios se han dado a lo largo de varios decenios, pero es el hecho que ahora la aristocracia política, económica y social camina victoriosa por todos los rincones de este México nuestro, tan lejos de Dios como cerca de los Estados Unidos.

En Cuba, hace unos cincuenta años, una gesta heroica había llevado al poder político a través de una revolución armada a una generación de luchadores sociales con ansias y rumbo decidido para enaltecer a su país y dar impulso a la justicia plena. Y conste que nosotros no hemos podido, en cien años, igualarlos en sus avances de educación, servicios médicos, avances deportivos o abatimiento de los egoísmos de las clases pretendidamente superiores sobre los modestos y admirados cubanos de clases medias o humildes.

Ahí, el orden, la organización social, el trabajo colectivo, han logrado en medio siglo, no sin angustias, consolidar avances colectivos y acudir con la mano tendida para ayudar a otros países olvidados de la tierra. Maestros, médicos e incluso fuerzas armadas han dado testimonio de la solidaridad de Cuba con poblaciones desprotegidas.

Aquí en México, nuestros políticos hablan mucho, pero hacen poco. La exaltación de la imagen gubernamental importa más que las soluciones verdaderas. El malabarismo informativo convierte los fracasos en exitosos resultados, y las estadísticas en documentos bíblicos inobjetables. Vamos, según nuestros menguados líderes, por una ruta correcta y nos está yendo retebien. Los millones de compatriotas en pobreza extrema, el hambre, el desempleo, la enfermedad, son áreas explicables, no resolvibles.

La violencia creciente, la fractura que existe entre nuestros grupos sociales y económicos, se ven tal como en la época porfirista: son “pequeñeces”.

Siempre habrá comités de damas desocupadas o empresarios de buen corazón para mostrarnos sus afanes caritativos con pequeñas obras, donativos, o campañas para atender enfermos, personas sin techo o enfermos terminales con tratamientos costosos y urgentes.

Son de agradecerse esos mínimos y escasos destellos de humanidad, mas no pueden calificarse de justicia social institucionalizada.

El afán de enriquecimiento ilícito está presente. La impunidad se pasea por todas la dependencias públicas y privadas, y los vicios en la asignación de obras son constantes y nota periodística de todos los días. Los detalles de los hechos violentos son material noticioso de obligada lectura a diario.

Y todavía así, hay visiones y declaraciones de que vivimos mejor que el vecino pueblo cubano, ese sí pobre, pero consciente de que labora en solidaridad con su gobierno para superar las situaciones actuales.

Su espíritu de lucha contrasta con el de conformidad que se expande por nuestro país, donde la miseria, el hambre, el desempleo y la falta de oportunidades son jinetes de un apocalipsis anunciado todos los días.

Hoy ese pueblo hermano lamenta la ausencia de su líder por cincuenta años en los que defendió el territorio de la isla ante los embates de la nación más poderosa de todos los tiempos.

A esa generación cubana, patriota y digna, hacemos llegar nuestra solidaridad ante la pérdida de su líder combatiente: Comandante Fidel Castro Ruz.

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