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Silencio

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EsteMar_1

Silencio

No esperaba a nadie cuando llegó y se sentó exactamente frente a mí. Tomamos café en un silencio absoluto. Hacía un calor tremendo y mi frente se inundaba de sudor, lo cual me incomodaba. De pronto, empecé a escuchar una llave que goteaba clap, clap, clap, y me aferré a esa gotera con la misma fuerza que un náufrago lo haría a una tabla fea y vieja, pero que representa todo para él.

No sé por qué había comprado los vasos y esas flores de porcelana que usurpaban un lugar que jamás pudo haberles correspondido. Lo que se me olvidó por completo fue mandar a componer mi estupendo reloj de pared, con sus números romanos y sus manecillas en forma de lanza.

Seguí, por supuesto, disfrutando de la incertidumbre; no quise abrir el sobre voluminoso que tenía en mi recámara, que veía mentalmente con sus timbres verdes cancelados por sinuosas líneas, y una raspadura en el ángulo superior izquierdo, como si tuviera una herida en un costado.

En realidad, nunca he podido averiguar para qué pudo haber servido ese fierro tan lleno de óxido, clavado en la pared, encima de la puerta.

Tomé el periódico y empecé a revisar la sección de anuncios: Solicito ama de llaves, sueldo…, Vendo terreno…, Por viaje vendo negocio…, Se alquila departamento…, Clases de yoga…, Aprenda inglés…, Compro un gato de cualquier color, úrgeme, Sra. Calama, Avenida Montes número 814, en esta ciudad.

La Sra. Calama estaba urgida de un gato, y no le importaba del color que fuese.

Mañana tendré que volver a entrevistarme con ese tipo que lo único que sabe hacer es mascar como desesperado su puro. Es asqueroso, me da la impresión que jamás se cambia de ropa, quizá por eso apesta a rayos.

Por cierto, se me pasó el día en que prometí devolver el disco de música moderna que me prestó la secretaria del banco. Pero por supuesto que se lo entregaré apenas pueda; total, ni me gusta.

–¿Quieres fumar?

Lo mejor es no salir hoy. Uno se da el lujo de quedarse en casa cuando así se desea.

Creo que ha empezado a llover. Es magnífico el olor a tierra mojada, y saber que las calles están desiertas. Hace algún tiempo solía caminar bajo la lluvia con mi gabardina color chocolate y mis zapatos tenis, que luego quedaban empapados. La lluvia es buena consejera, alivia y refresca y también protege, sí, protege. Por supuesto, en las calles cuando llovía no había nadie, absolutamente nadie, salvo una vez que me encontré con aquel joven que iba caminando sin zapatos, con la frente fija al piso. Estoy seguro que a él también le gustaba caminar bajo la lluvia, aunque me pareció preocupado, si mal no recuerdo. Qué raro, todos debemos sentirnos contentos cuando logramos disfrutar de nuestra propia compañía: como que nadie se nos interpone, y podemos decir que somos, que estamos, que vivimos, claro que sí. Pero tampoco vamos a exigir que éste o aquél se comporten como nosotros queremos; allá ellos.

Mi café se ha enfriado, lástima.

–¿Quieres más café? ¿Quieres que te caliente el café? Ya debe estar helado.

Si en este momento me preguntan la hora, no sabría responder. Dije que he olvidado mandar a componer mi reloj, mi único reloj. Nunca tuve otro. Es extraño, pero así es, nunca tuve otro. Pero, ¿por qué había de ser extraño, verdad? Si nunca antes había tenido otro, ja, ja, ja. Creo que esto, pensándolo bien, no tiene nada de extraño. Nadie me va a criticar por no haber tenido otro reloj antes, por supuesto, así es; nadie se atreverá a decirme que soy un imbécil por el hecho de tener solo este reloj descompuesto, sin antes haber conocido, digo, haber tenido un reloj diferente.

Bueno, todo es problema.

–Desde que llegué no has dicho una sola palabra. ¿Quieres que me vaya?

Estoy cansado, profundamente cansado, sin ganas de hacer nada. Volveré a la cama. Creo que debí de quedarme en ella toda la mañana. Cuando era niño me encantaba correr por la playa, y lo que más recuerdo es aquella roca gigantesca, llena de grietas. Me subía a ella y contemplaba el mar, y veía cómo las olas rompían a mis pies, chocaban contra esa mole que para mí era un santuario. Cuando pienso en esto, no sé el motivo, pero siempre relaciono este hecho con el color morado. Qué curioso, pero así es, pienso en el color morado, y después en la calle angosta por donde me escapaba para no ir con el peluquero. Odiaba a ese pobre peluquero. Lo que son las cosas: ¡cómo me gustaría volver a correr por esa calle que a veces pienso nunca existió!

–He venido a verte porque tengo un problema.

Mañana, mañana sin falta volveré a leer las historias de piratas y de tesoros que tanto me gustaban. Ha pasado tanto tiempo, y yo sin que haya vuelto a abrir el grueso libro que tanto quería, y del que conservo el mejor de los recuerdos. Será magnífico.

–Mi problema es más grande de lo que puedas imaginarte.

Lo que ya no podré hacer nunca más, lástima, es visitar el viejo consultorio del Doctor Camera, con sus cuadros llenos de polvo y sus revistas con olor a viejo, y sus muebles color marfil. Me parecía estar en el tiempo en que siempre quise estar. Pero ya no podré volver, el Doctor ha muerto y sus hijos han demolido el consultorio.

Es difícil que algo quede, que algo se mantenga tal como a uno le gustaría; la edad, la cultura, en fin, tantas, pero tantas cosas se conjugan para hacer del ayer algo hermoso, casi inolvidable, que pretendemos conservar a costa de todo. Recuerdo la primera y única vez que leí “El lobo estepario” de Hesse. Tendría 19 o 20 años. Me pareció la novela más grande que se había escrito en la historia de la humanidad. Ya quería conseguir una fotografía de Herman Hesse para colocarla en mi cuarto, como testimonio de admiración a ese escritor. Pero debo confesar que hoy, al correr los años, me resisto a volver a leer esa obra por temor a encontrarle algo nuevo, algo que pudiera no parecerme bien, y el valor que ayer le di, sin reserva alguna, mermara en lo más mínimo.

Quiero aclarar ¿de quién desconfío? De mí mismo, ya que en ningún momento puedo poner en tela de juicio el valor de mi admirado autor. Premio Nobel de Literatura. Pero, insisto, hasta hoy me resisto a releer “El lobo estepario”. La desconfianza radica en mí. Sí, creo que la desconfianza radica en mí. ¡Qué embrollo, qué enredo! Sabemos tan poco del Hombre.

–Manuel, por favor, se trata de mi hijo, de mi hijo.

Nadie me podía obligar a tirar en la playa, o en algún otro lugar, el cuerpo de Nick. Era tan bueno, tan dócil. Ay, mi querido Nick: te recordaré siempre por tus gestos maravillosos, estupendos, querido amigo. La noche que llegué triste, muy triste, por cierto, problema en la escuela, me moviste la cola con tanta dulzura, con tanta gracia y afecto, que vi en ti a un mundo que se depositaba sobre tus cuatro patas. Te siento tranquilo en la soledad del infinito, querido amigo. Pero cómo somos de simples, ¿no? Por el hecho de saber que tu cuerpo descansa en medio de esas dos palmeras en el patio de mi casa estoy tranquilo.

Todos te quisimos mucho, Nick, es cierto. Y todos estuvimos de acuerdo en darte sepultura entre las dos palmeras.

Y que conste que pocas veces me acuerdo de Roldán, el perro de Fernando. No puedes sentirte celoso, Nick.

Yo quiero mucho a los animales. He llegado a odiar solo a las ratas y a los ratones de mi casa nueva, que han arremetido en contra de mis libros. Compré unas trampas, con la esperanza de exterminarlos, pero ha sido inútil, se comen el queso impunemente. Dice mi tía que estos ratones son universitarios, saben mucho. Creo que mi tía tiene el viejo concepto de universitario de sus años mozos.

Pero, en lo general, creo que los animales tienen mucho que enseñarnos.

Quizás con el tiempo empecemos a fijarnos cómo actúan los animales. Sería de mucho beneficio para el Hombre.

Esto último suena a un escepticismo bárbaro. ¿No creen? Creo que no hay que exagerar la nota. Somos humanos. Con nuestras virtudes y nuestros defectos. Claro que sí. No somos máquinas, ni brújulas que indefectiblemente marquen hacia un solo rumbo. A veces acá, a veces allá, de acuerdo como sople el viento, aunque esto huela un poco a convencionalismo.

A propósito de convencionalismo, hoy, precisamente hoy, saludé a mi amigo – de alguna manera he de nombrarlo – Luis. Estaba con un influyente político. Pasó rozándome y ni caso me hizo, a lo mejor sabe que le caigo mal a ese fulano, y trata de que aquél no se dé cuenta de que soy amigo de él, por temor a quemarse. Tenía razón Sergio: ese pobre Luis, como todos los mediocres, tiene que cuidarse de todos y de todo por temor a no alcanzar su objetivo: destacar, destacar, a costa de lo que sea.

–Por favor, Manuel, escúchame un minuto, un minuto tan solo.

Manuel se le quedó viendo al fin, con los ojos incrédulos. Como si acabara de descubrir la presencia de aquella. Y me dijo: “Sí, dime.”

–Manuel, el niño está muy mal. Lo han visto todos los médicos de acá y no saben lo que tiene. Mi pobre niño está triste, y se queja, sobre todo por las noches, de mucho dolor de cabeza. Nunca se había sentido así. estaba muy sano y, de buenas a primeras, empezó con esos dolores. ¿Qué será? Esto ya se está prolongando mucho. Quiero llevármelo a otro lado a ver si sana. Nada puede preocuparme más en la vida que la salud del niño. Ya no soporto verlo sufrir ni un minuto más. Cuánto daría por verlo como antes, juguetón, alegre, con ganas de estar corriendo todo el día, incansablemente. No que ahora lo veo, ahí tirado quejándose. Es horrible, horrible, Manuel.

–Es que no existe otra cosa peor en el mundo que el dolor. Cualquier cosa, menos sufrir. Yo no le tengo miedo a la muerte, sabes. Pero sí pánico al dolor, al dolor. Pero dime, ¿tú crees en el más allá? ¿Crees que haya otra vida después de la muerte? ¿O piensas que en este mundo termina todo? Yo a veces pienso una cosa y después otra. Los hombres somos tan susceptibles, y es que resulta complicado saber nuestras reacciones ante determinada situación, esto es, nunca sabemos cómo vamos a reaccionar. Es en el momento en que se presenta el problema, cuando en verdad sabremos qué se hará. Es cierto, así pasa.

Debo confesar que siempre he tenido una preferencia enfermiza por todo lo que huela a ultratumba. Me encanta pensar en el cementerio a las doce de la noche. Ah, ¿y sabes quién es mi personaje favorito? Drácula. Bram Stoker, el genio incomprendido que dio a luz a Drácula. He leído y releído Drácula en su versión original: es increíble, estupenda, extraordinaria. Te recomiendo que leas esa obra, está escrita toda ella en forma de diario.

Otra cosa que me encanta es sentirme solo, completamente solo, pero eso sí: sabiendo que, cuando lo desee, contaré con las personas que quiero pues, cuando geográficamente me alejo de mis afectos, me siento morir, así es.

Encerrado en mi casa, protegido por una fina lluvia, con rachas huracanadas y que al rato se convierte en furiosa tormenta. Las fallas de la corriente eléctrica, la obscuridad no solicitada pero que se disfruta grandemente. Esos preparativos, cuando el mal tiempo es anunciado; se prohíbe la navegación; cada cuarto de hora están los avisos por radio recomendando precauciones, porque el “norte” ya se encuentra cerca de la ciudad, temiéndose problemas. Los preparativos, decía, la adquisición de comestibles, focos, velas e impermeables, y todo aquello que uno piensa que le puede hacer falta para capear el temporal, en el supuesto caso que se tuviera que salir por algo urgente. Aunque no prefiera desde luego, quedarse en la casa, viendo desde las ventanas las calles empapadas, con las corrientes de agua cada vez más grandes que amenazan llegar hasta los predios e inundarlos. Y uno se prepara para la supuesta inundación. Se ponen los muebles en lugares altos, se taponan las puertas con trapos y toallas. Palmo a palmo se comprueba que todo está en orden, los focos, las velas, los cerillos, los comestibles, todo lo que podrá hacer falta en un momento dado. Al día siguiente amanece el sol y buen día, y los preparativos fueron inútiles, puesto que nada ocurrió. Y uno piensa que quizá el próximo “norte” sí permitirá emplear lo adquirido. Las ventanas secas, los niños corriendo sonrientes como anunciando que todo ha terminado. Y se vuelve a la rutina, al trabajo de siempre. Y las tarjetas con números rojos y negros reclaman nuestra presencia, como queriendo que se le hagan tatuajes en el vientre con sellos estáticos e invariables: RECIBIDO, PAGADO, Etc.

–Manuel, mi hijo, Manuel, ¿qué hago?

–Estás nerviosa, muy nerviosa. Tómate un trago. ¿Quieres?

–No, lo que quiero es morirme.

–¿Morirte? ¿Así que no le tienes miedo a la Muerte? ¿Alguna vez has pensado que te enterrarán, que te meterán en una caja a pudrirte, completamente sola? ¿Que los gusanos devorarán tus carnes? ¿Y has pensado en tu velorio, en tus enemigos que irán a fisgar y a complacerse viendo tu cadáver, y que exclamarán que eras muy bueno, pero que para sus adentros no dejarán de repetirse, “qué bueno que ya se lo llevó la chingada”? Creo que no lo has pensado bien, estoy seguro; si lo hubieras pensado no hablarías con tanta soltura de la muerte. Estamos rodeados de cabrones que solo esperan nuestro mal para ponerse contentos. Son los que sufren cuando nos va bien y gozan nuestro sufrimiento. Recuerdo. ¡Cómo no se nos borran los recuerdos de ese tipo que estaba en el último año de la primaria cuando me reprobaron, y vi la cara de felicidad de mis amiguitos! En ese momento no comprendí cabalmente esa reacción de ellos. Desde esa edad, el Hombre ya se siente feliz con el daño y el sufrimiento del otro. Y te confesaré una cosa; tenía un amigo que se llamaba Elías, tenía una bicicleta bellísima, yo no la podía tener y, cuando se le echó a perder, me puse feliz. Él, hecho un demonio, le pegaba a la bicicleta fuera de sí, con un martillo, y no te imaginas cómo disfrutaba cada martillazo. Veía intensamente el sufrimiento y los problemas de aquel, y eso que te digo ya tiene muchísimos años. Dice bien Darío que en el Hombre existe mala levadura.

Pero no por eso vamos a amargarnos, desde luego que no, aunque sí debemos estar conscientes de esa situación para defendernos de todos. Vivimos entre lobos, y todos quieren destrozarnos, arruinarnos, vernos derrotados. ¡Qué vida!

Pero, me ha dejado hablando solo. ¡Qué descaro, qué mujer tan especial! Viene a contarme un problema y se va sin despedirse. Y yo, como de costumbre, hecho un pendejo atendiendo a todos, pero eso me pasa por querer agradar a todos y preocuparme por algo que jamás podría importarme. Que cada quien vea cómo se las arregla. En fin, allá ella.

Manuel tomó una vela, la prendió y la puso en la mesa en la sala, exactamente en la parte de en medio. Apagó todas las luces de la casa de tal manera que aquella vela fuera lo único que diera luz.

Manuel cerró las puertas y ventanas, y se quedó largo rato observando la flama amarillenta y estática que parecía de cera. Solo –decía Manuel– sí, solo, como todo hombre al nacer y también al morir, solo. Todos los ruidos de la noche son interesantes: desde el ronroneo de un automóvil viejo, hasta los pasos siempre interesantes de algún noctívago que se antojan siniestros y misteriosos.

A lo lejos, en lontananza, se oía una charanga disparando música cabaretera, enferma, deprimente como el ambiente de burdel barato con olor a orines.

La flama seguía inmóvil, y por un momento pensé que podría ser el dedo acusador del mundo, que con su quietud señalaba, denunciando, a los que no supieron tender la mano al ciego, ni dar agua al peregrino. Qué tormento saberse vencido y, lo que es peor, no tener ánimo de lucha, resignado en ese sofá sin mañana, esperando al hada madrina que vuelva a resolver nuestra desdicha, porque nosotros somos incapaces de levantar la mano para alcanzar el apagador que nos rescate del laberinto absurdo al cual nos condenamos.

Golpes a la puerta. Más golpes a la puerta.

–¿La casa de Manuel?

–Sí

–Carta para usted.

–¿Una carta a las doce de la noche? Me parece ridículo.

–Aquí la tiene.

–Bueno, bueno, bueno, una carta a las doce de la noche y el que la trajo tiene más cara de sepulturero que de cartero. Un cartero nocturno quizá tenga cara de eso, de sepulturero.

Manuel:

Jamás podrás enterarte quién soy. Así que esto es un anónimo. Hecha esta advertencia, puedes o no leer estas líneas.

Como se trata de ser sinceros desde el principio, te confesaré que es totalmente casual que a ti te envíe la presente. Porque bien podría ir dirigida a cualquier hombre de la Tierra, de ayer, de hoy y tal vez de siempre. Esto me huele a letra de canción o de corrido. Disculpa. Iré al grano. Tú, Manuel, eres un canalla, un patán, un hijo de puta, de putísima. Estoy seguro de ello. Y si te asustas por lo de hijo de puta, lo serás mucho más. ¿Qué carta es esta, escrita por un loco? Pero también la pudo haber escrito un niño mal educado, pero un niño. Hasta nunca, Manuel.

Un loco, debe ser un loco en realidad quien me manda esta estúpida carta, mal escrita y llena de insultos. Y a las doce de la noche. Vaya, están pasando cosas raras.

La vela se fue apagando, hasta morir totalmente, quedando todo en una completa obscuridad.

Otra vela hubiera sido mucho. Había que descansar…

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José Luis Llovera

FIN.

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