Retazos de Carnaval

By on febrero 28, 2019

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José Juan Cervera

Algunos hechos que pueden juzgarse impregnados de frivolidad y ligereza traen consigo un potencial de apreciación histórica que conviene observar con detenimiento. Así, el carnaval es mucho más que un desahogo o un relajamiento cíclico, de tal modo que puede asumirse como un ritual henchido de regocijo y desenfado, a la vez que como un tema de estudio o un objeto de curiosidad intelectual o festiva.

El Carnaval de Mérida dio motivo a una investigación antropológica de Guadalupe Reyes Domínguez, que dos reconocidas instituciones académicas coeditaron en 2003. Destaca en ella el análisis de los festejos, concibiéndolos como un fenómeno de comunicación, por transmitir mensajes y transformar valores concordantes con un orden habitualmente aceptado. El análisis se extiende a sus expresiones populares y a las particularidades de su celebración entre los sectores de mayor poder adquisitivo.

Los carnavales del medio rural y de varias ciudades y villas tienen también características distintivas que merecen especial atención, tanto en sus modalidades actuales como en las fases sucesivas de su historia. Y la propia celebración que se realiza en la capital del estado aún guarda en sus pasajes pretéritos rasgos y acontecimientos dignos de interés.

La gestión gubernamental de Felipe Carrillo Puerto corresponde a uno de los periodos que investigadores nacionales y extranjeros han estudiado con más esmero, preferentemente en sus aspectos económicos, políticos y culturales, los cuales inciden en alguna medida en los festejos anuales del carnaval, tal como puede apreciarse en varios ejemplos plasmados en notas periodísticas de ese entonces.

Puede observarse que en los años 1922 y 1923 fueron muchas las sociedades coreográficas que intervinieron en la organización de los bailes de carnaval, algunas de ellas con varios años de existencia, como la Sociedad Recreativa Popular, y otras de reciente creación, tal como fue el caso del Club Quintana Roo, fundado en 1923 al amparo de la Liga de Resistencia del mismo nombre, cuyo primer baile se realizó en la casa escuela del suburbio de Santa Ana.

Algunas de esas agrupaciones se atribuyeron la representación de la clase obrera, o así eran consideradas públicamente por su composición social, como la denominada El Ateneo. Pero, en general, fueron muchas las que, con diferentes extracciones clasistas, se encontraban activas en aquel tiempo, además de las ya mencionadas, como Yucatán Club, La Unión, Social Club, Paz y Unión, Venus Club y otras que, como el Centro Español, se definían a partir de una filiación étnica para realizar diversas actividades, entre ellas las carnestolendas.

Durante los bailes de carnaval que efectuó la colonia española en 1923, la orquesta dirigida por el conocido músico Everardo Concha ejecutó varias piezas, dos de ellas con el nombre El Popular, tal como era llamado también el periódico vespertino afín a la administración del líder nacido en Motul; ambas composiciones musicales –un danzón y un pasodoble– fueron creadas con dedicatoria a ese medio impreso, la primera por el joven compositor Abraham Massutier, integrante de la Banda del Estado y director de la Orquesta Los Tiburones, cuyo deceso había sobrevenido en noviembre del año anterior; la segunda fue obra del profesor José A. Castilla.

Además de estas fiestas de especial significado, hubo otras como las que los vecinos efectuaban, como parte de sus devociones específicas o con otros motivos, en diversos rumbos de la ciudad, como en las cercanías de La Cruz de Gálvez o en el barrio de San Cayetano, que incluían vaquerías, corridas de toros, bailes y juegos. Es preciso considerar también otras formas de diversión que muchas personas consideraron escandalosas y censurables, como los bailes que se realizaban en el hotel Maison Doree, situado en la calle 65, o los excesos que se suscitaban en las cantinas cercanas a lo que fue el llamado Castillo de San Benito.

La animación de los festejos de carnaval se multiplicaba en los demás comunidades yucatecas con acciones diversas como la designación de comisiones organizadoras de las fiestas y la planeación de un periódico alusivo a ellas, como ocurrió en Oxkutzcab, o bien la entusiasta participación de asociaciones cívicas al modo de Tixkokob Club, en la población respectiva, y la Netzahualcóyotl en Izamal, con elementos suficientes para apuntalar tradiciones que enriquecen con júbilo las identidades regionales.

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