Popol Vuh (XXVI)

By on noviembre 1, 2018

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XXVI

–Me gusta vivir bajo techo; estoy viejo y achacoso y el trabajo por esos vericuetos de la tierra, a la intemperie, me tiene cansado y doblado. Ya renqueo, no obstante mi buen humor y mi espíritu juvenil. Un minuto de travesura me cuesta lágrimas. Los saltos que di por el camino y la comida de ahora me tienen ya sin ánimo. Los ojos se me cierran. Pero ¿qué debo hacer para que las mujeres de esta casa, cuando me vean no me echen al camino, pegándome con la escoba, o dándome en el trasero con la punta del pie, o espantándome con jícaras de agua?

–No te apures, que nada de esto sucederá. Nosotros te cuidaremos. Ahora sabrás lo que tienes que hacer. Fíjate bien. Subirás al tapanco de la casa y treparás hasta donde están guardados los objetos que dices. Lo que luego tendrás que hacer, te lo diremos a su tiempo.

El ratoncito dio señales de asentimiento, se escondieron, y los hermanos se echaron en sus esteras. Fingieron dormir.

Después de una noche de cavilaciones, Hunahpú e Ixbalanqué salieron al campo.

Amanecía. Apenas comenzaban a quejarse en la lejanía las tortolitas; apenas algunas lagartijas asomaban la cabeza, entre las grietas de las albarradas, apenas en la maleza se veía la saeta gris del paso de los venados.

Los dos hermanos, abriendo brecha con sus azadones, caminaron por la selva, internándose entre sus partes más oscuras. Cuando encontraron un árbol copudo, se arrimaron a su tronco para descansar. Allí, preocupados, tristes, se pusieron a discutir como si presintieran momentos de amargura. Quedaron luego en silencio. Dentro de ellos estaba, como despertando, la realidad de sus destinos.

A eso del mediodía, más preocupados aún, volvieron a la casa. Nadie los vio entrar. Sólo los perros ladraron delante de su presencia. Se sentaron en sus butacas, cerca del fogón. Lo atizaron; removieron las brasas y se calentaron las manos y las piernas. Llamaron al ratón. Vino éste, presuroso, y al oído le dijeron lo que tenía que hacer. Luego se acercaron a la banqueta donde siempre comían. La abuela les dijo:

–La comida está servida.

–Ponle chile picado a nuestra carne –replicó Hunahpú.

La abuela obedeció. Les trajo en una escudilla caldo y carne sazonada con orégano, perejil y chile picado. Mientras comían, adrede derramaron el agua que había en una jícara. Entonces, con aspavientos, dijeron a la abuela:

–Abuela, abuela, mira, hemos derramado el agua y tenemos sed porque nos arde la boca con el picante. Tráenos más agua, pero ve pronto. Levántate, anda en seguida. No te detengas en ninguna parte.

La abuela tomó una jarra y fue al pozo para sacar agua. En cuanto la abuela salió de la casa, el ratón trepó al tapanco donde estaban guardados los objetos del juego. En eso notaron también que en las tazas de caldo habían caído muchas libélulas, de esas que llaman Xan.

Tomaron una por las alas y le dijeron:

–Vuela y sigue a nuestra abuela. Búscala junto al brocal del pozo y, con cuidado y disimulo, horada la jarra que lleva. Hazlo pronto y bien. Tú sabes por qué debes hacer esto.

Fue la libélula e hizo lo que le habían mandado. Horadó la jarra que llevaba la abuela, y el agua que ya tenía se derramó. Mientras tanto, los hermanos, fingiendo impaciencia, empezaron a gritar:

–¿Qué es lo que haces, abuela? ¿Por qué tardas tanto? ¿Hasta dónde has ido por el agua que te pedimos?

Luego, dirigiéndose a Ixquic, añadieron:

–Madre, sal también tú y mira lo que hace nuestra abuela, que ya no podemos más con esta brasa que nos quema la boca. Dile que, si no vuelve con el agua, nos volveremos de piedra.

La madre salió también.

Entonces el ratón bajó del tapanco con las pelotas, las lanzas, los guantes, las pieles y los escudos que estaban guardados en aquel sitio. Sin perder tiempo, los muchachos tomaron aquellos objetos y los ocultaron fuera de la casa, en un recodo del camino que va a la Plaza de Juego. Después, como si no hubieran hecho nada, fueron al solar para ver a la abuela y a la madre. Encontraron a las dos mujeres llorando junto al brocal del pozo; contemplaban la jarra y el agujero por donde se había escurrido el agua.

–¿Qué es lo que sucede? No podemos esperar más; nos arde la boca –dijeron los muchachos.

La abuela les dijo:

–Vuestra madre es testigo. Mirad la jarra, tiene un agujero; por él, sin que yo lo advirtiera, se salió el agua. No me regañéis por esta desgracia.

La madre dijo:

–Es verdad lo que dice vuestra abuela.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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