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Editorial

La semana anterior hicimos alusión a un gran acontecimiento anual para las familias de este nuestro Yucatán: el Hanal Pixán.
Con fervor, las vivencias, las costumbres arraigadas en nuestro pueblo peninsular, sobre todo en este nuestro Yucatán, en lo privado y lo público enaltecemos a nuestros ancestros como parte de nuestra identidad peninsular yucateca.
La visita acostumbrada, el retorno de los recuerdos gratos de la presencia de los ahora ausentes, otrora compañeros de vida y convivencia, nos ha trasladado al mundo espiritual de convivencia física que mantuvimos con ellos.
No los hemos olvidado. Nunca los olvidaremos.
La convocatoria anual al Hanal Pixán, el festejo de la comida a nuestros hermanos que nos precedieron en el recorrido eterno, es el lazo que ata nuestra vida espiritual con la vida material de todos los oriundos de este Yucatán histórico.
Convivir con los recuerdos nos fortalece en la diaria batalla por la permanencia en este mundo físico transitorio al mundo espiritual que nos aguarda.
La nostalgia nos acompaña.
Nuestros altares presentan los alimentos, frutas y bebidas como una muestra afectiva de que cada difunto prefería en vida, que ahora les volvemos a ofrecer tanto para reiterarles nuestro afecto, como para festejar, desde nuestros planos vitales y espirituales, su compañía temporal.
Porque no los olvidamos, retornan año con año.
Si nosotros no los olvidamos, ellos tampoco nos olvidan.
¡Ojalá así sea por siempre!





























