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La regla áurea

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José Juan Cervera

Cuando el fuego se petrifica en las entrañas de la tierra nace el oro que inflama de codicia la ingenuidad de las almas que sucumben a su encumbramiento simbólico.

En tiempos remotos, el inventario de los metales nobles dejó sin registrar la vileza de la mano que legó su clasificación.

Los kilates que nutren el peso de semejanzas y equivalencias determinan el método para transformar la dureza fría en calidez sublime.

La ronda engañosa que mueve atributos metálicos pierde sentido al transmutar sus valores en verdades que brillan sin alma mineral.

En cada lingote de oro que se acumula en bóvedas oscuras anida el suspiro de un gambusino frustrado por nunca hallar la veta de opulencias disueltas en la noche.

Los sueños dorados llegan al arrullo de cánticos que colman el vacío de ansias insatisfechas.

La más depurada técnica para fraguar aleaciones evoca las infinitas mezclas con que los pueblos refutan el mito de la pureza racial.

La alquimia es un ejercicio de sobriedad que alivia la desmesura de vacuas aspiraciones diluidas bajo espirales de aprensión.

¿Cómo desdeñar el plomo que un día redimió la arrogancia de las reservas áureas?

En el reparto del botín, alguien prefirió abrazar las promesas que rezuma un compendio de fórmulas secretas.

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