La Máquina Alienígena

By on septiembre 17, 2020

El proyecto inició a principios del 2022. Los primeros dos años, nadie notó nada, pues nadie sabía realmente nada de él; un puñado de gente conocía ciertos detalles, pero perdieron el interés en él.

El Ingeniero, cuyo nombre ha sido borrado del rastro de la historia, no los culpaba: la Ufología no suele prestar mucha atención en este tipo de cosas a menos que esté relacionado de alguna manera a algo mucho más grande, a cualquiera de las teorías conspirativas del momento.

Fue algo simple al principio, algo que podía haber sido tomado como un pasatiempo o algún proyecto de aficionado. En cierta manera así fue como comenzó, aunque generaba cierta obsesión que persuadía a completarlo a toda costa.

Empezó después de que el Ingeniero mirara un antiguo documental sobre las figuras en los cultivos. Un sujeto aventuró una teoría: los dibujos no eran solo mensajes encriptados, sino los planos para construir objetos que, en conjunto, crearían un “agujero de gusano” que lo llevarían a conocer a los creadores originales de las figuras en los cultivos.

El sujeto creó una serie de modelos basados en estos círculos y sostenía que su proyecto lograría un dispositivo de energía que se podría utilizar para salvar al planeta de la inevitable escasez de energía.

Esto llamó su atención: uno de los modelos, hecho de estaño y aluminio, mostraba lo que parecía ser una especie de engrane complejo, con varias marcas y agujeros en su superficie que imitaban los del dibujo de un campo de cultivo que se mostraba a su lado, como comparación.

Intrigado, el Ingeniero empezó a buscar más información respecto a este proyecto. Encontró muy poca, la mayoría de fuentes poco confiables. Aprovechó todo su tiempo libre en búsqueda de información y contactó a personas que también habían jugado con la idea de construir objetos basados en estos diseños.

Así se enteró del sistema de categorización de los dibujos en los cultivos: a) esquemas de lo que era percibido como partes mecánicas como engranes, mecanismos de relojería, etcétera; b) imágenes que representaban las energías cinética, térmica y magnética de lo que reconoció como un motor.

El tercer grupo era el más reciente y el Ingeniero no estaba completamente seguro de entenderlo bien: mostraba varias transmutaciones de los códigos que representaban números y símbolos químicos. Después de codificarlos por medio de un largo y laborioso proceso, aparecía un código binario que, cuando se traducía al idioma alfanumérico, mostraba la manera de crear placas madres y de computadora que podían almacenar cantidades titánicas de información.

Lamentablemente, toda esta información no podía progresar más allá de la teoría, pues ninguna de las personas que hacía estos descubrimientos, fanáticos o profesionales en la materia, tenía los recursos para llevarlos a la práctica. Todos deseaban continuar con sus investigaciones, pero la ayuda que se daban los unos a los otros concluía en prototipos que provocaban miradas de incredulidad de cualquiera con un poco de conocimiento en física.

El Ingeniero pasó varios días confirmando algunas de las fuentes y hablando con varios contactos que tenía entre estos círculos. Después de un par de meses, llegó a una conclusión: Aunque era cierto que habían algunos enajenados y parias que no le inspiraban confianza, la mayoría de las personas en la comunidad detrás de este proyecto eran fiables y no se centraban tanto en las teorías de origen extraterrestre, sino en la posible aplicación del artefacto o artefactos teóricos.

Decidió solicitar y obtuvo el liderazgo del proyecto, respaldándolo con su compañía. La inversión no sería mucha, pues prácticamente contaba con todos los materiales necesarios, muchos sobrantes de grandes proyectos industriales a los que tenía acceso como accionista mayoritario, sobrantes que terminarían abandonados, nunca usados, acaso mencionados en algún reporte de inventario.

Más de seis meses tomaron los preparativos. Luego de muchas reuniones, se acordó que diferentes grupos se encargarían de la construcción de su propia versión, pretendiendo así cubrir más terreno al trabajar la vasta variedad de interpretaciones a los diseños provenientes de los dibujos.

Eventualmente la investigación y preparativos dieron paso a la construcción de las primeras muestras, las cuales eran únicas en su tipo. Pronto se empezó a ver un patrón.

La primera gran construcción se llevó a cabo a solo once meses del inicio del proyecto. Se tuvo que construir y reconstruir más de doce veces, pero finalmente se tenía lo que se consideraba la primera parte de una máquina más grande. Lo que se obtuvo de esos días de esfuerzo era difícil de describir hasta para las personas que formaron parte en su ensamble. Estaban conscientes del papel que cada parte jugaba en la construcción, pero no alcanzaban a determinar un uso específico.

Lo que confirmaba que lo que hacían estaba bien, además del repaso de los cálculos obtenidos, era que cada parte se acoplaba con precisión con la siguiente, aunque sin un fin aparente. Todo parecía encajar a la perfección: giros coordinados, conexiones a punto, etcétera. Era una máquina impresionante, pero de la que no se sabía nada.

Se aceptó que, cuando todas las partes se unieran, se sabría el resultado, así que todos continuaron con sus tareas en la creación de la siguiente de las máquinas.

Como una ya había sido hecha, ahora sería mucho más fácil trabajar las demás. Así que no fue una sorpresa que en tan solo dos meses se construyó la segunda y en menos de uno la tercera. Después de cuatro años, se habían creado 34 perfectas máquinas, todas funcionales, y que no necesitaban de mucho mantenimiento.

La computadora fue la parte más difícil de todo. Era, después de todo, el cerebro de la máquina. Acoplarla con las demás construcciones fue, como muchos afirmaron, un infierno informático. Generadores magnéticos helicoidales, reactores de fusión de bobinas magnéticas, entre otras cosas, fueron los requerimientos para suministrar energía al único gran computador que almacenaría la memoria para los cálculos para iniciar la máquina.

Estando tan cerca de la meta, el Ingeniero utilizó toda su influencia y sus contactos para traer a todos los especialistas en computación que tuviera a su alcance. Fueron semanas difíciles, pero se logró construir la primera tarjeta computacional y, meses después, el primer disco duro que no se quemaba ante la cantidad de calor emitido. La memoria superó incluso los saganbytes teorizados; era el más grande almacenador de memoria jamás creado.

Para este punto, la fama de la llamada “Máquina Alienígena” había pasado de breves menciones en las revistas de conspiraciones a menciones mensuales en los diarios más importantes. Como era obvio, era recibida con escepticismo, generando sin embargo curiosidad entre los investigadores más jóvenes, que mostraban mayor interés conforme más avances se producían con la máquina.

Seis años pasaron desde el comienzo del proyecto y por fin estaba terminado.

La activación de la máquina se llevaría a cabo en una sala de conferencia durante la convención de ufología de ese año en Europa.

Todo estaba listo para activarla. Solo faltaba el elemento principal: Helio-4. Esta era una nueva forma, muy rara, de Helio-3, un elemento escaso en la Tierra, pero que las experimentaciones químicas, al usar los cálculos descifrados, crearon en un ambiente de laboratorio, sin requerir asistencia de un reactor nuclear, tan solo un recipiente especial donde la materia en forma tangible y pura se mantenía flotando como un pequeño cuerpo plateado circular de no menos de dos centímetros.

Finalmente, frente a una multitud de menos de cien personas, con los más conocidos y famosos miembros de la comunidad ufóloga y de la paraciencia –así como uno que otro asistente de pago por evento–, se dio la introducción de los cálculos finales en la computadora, mientras el Helio-4 era colocado en la matriz central para concluir lo que había iniciado hacía casi una década.

Todas las pruebas de simulación coincidían en que la máquina crearía una fluctuación que generaría energía en libre y autosustentada. Había nerviosismo en el aire. Todas las medidas de seguridad posibles habían sido tomadas, e incluso la paranoia de muchos miembros de la comunidad científica hizo que ayudaran a algunos de los investigadores, para evitar cualquier clase de incidente.

Algunos dijeron que era demasiado riesgoso, que la creación del Helio-4 ya era un milagro de por sí. Pero eso elevó la curiosidad sobre la posible función de la máquina.

El Ingeniero se paró frente a la consola: sería quien presionaría la tecla que echaría a andar la máquina.

Al mirar la máquina, vio la realización de su vida: por fin había logrado algo tangible, algo real, no solo una confabulación de teorías.

Apretó la tecla.

Partes de la máquina se reacomodaron, ensamblándose hasta formar una sola torre de engranes y cables, cada una de sus partes circulares girando al mismo tiempo, sin un grado de error.

La tensión permeó en el ambiente, acentuándose más cuando las luces del lugar se apagaron, pero la computadora continuó funcionando.

Un zumbido sordo empezó a escucharse. El aire se llenó de un aroma metálico.

Todas las miradas se fijaron en el centro de la máquina, en el Helio-4 que flotaba en el centro de un grupo de giroscopios que aumenban su velocidad. Al Ingeniero le recordó la representación de un átomo y algo más que no pudo recordar en ese momento tan increíble en su vida.

De pronto, la pantalla de la computadora se apagó.

Al mismo instante, la máquina se detuvo.

El Helio-4 desapareció en un fulgor blanco.

Hubo silencio por un momento.

No sucedió lo que las simulaciones habían dicho que pasaría.

Toda la gente dentro y fuera del edificio empezó literalmente a tropezarse: una fuerza desconocida lanzaba sus cuerpos hacia el suelo.

Luego se escuchó un estruendo.

Al levantarse, el Ingeniero pudo ver como un grupo de edificios caía derrumbado, como empujados por la misma fuerza misteriosa.

Entre el pánico inicial y los gritos de terror, alguien en la multitud anunció que maremotos descomunales se estaban dando en todas las costas del mundo, inundando ciudad tras ciudad con los tsunamis que generaron.

Un miedo como nunca había sentido antes abrumó al Ingeniero. Mientras sus compañeros investigadores intentaban encontrar una conexión entre el extraño evento y la máquina, se dio cuenta de algo más: habían pasado horas desde que atardeció, pero aún no había anochecido.

Entonces recordó qué otra cosa le recordaba el giroscopio: Un modelo planetario.

Comprendió entonces las consecuencias de lo que había hecho. No necesitaba las noticias o los avisos de las autoridades.

El Ingeniero no sobrevivió esa noche. Si su muerte fue por su propia mano, por la de alguien más, o por el infierno que se desató después, es algo que nunca se supo. Su legado, por otra parte, continuó trabajando.

No fue testigo del pánico mundial, del colapso de la sociedad, ni de la pérdida masiva de vidas, o de la completa eliminación de islas y continentes. Tampoco de la falta de alimentos y sanciones que inevitablemente llevaron a un endurecimiento de las leyes.

Mucho menos del momento en que la Luna salió de la órbita de la Tierra y, aunque no se estrelló contra esta, pasó tan cerca que aumentó el nivel de las mareas, empeorando las cosas.

Países enteros perdieron sus cosechas ante la ausencia de luz solar por meses. Pronto empezaron a surgir facciones, de los países que eran, de los que ya no existían y finalmente de los provenientes del lado del mundo de luz perpetua o el de penumbra sin fin.

Las guerras continuaron, más para hacerse de recursos que por los motivos acostumbrados. De por sí quedaba poco, así que daba igual, el planeta estaba pasando por su segundo año de invierno interminable y no quedaba nada por qué pelear.

La atención de la humanidad se centraba en las consecuencias, no en cómo podrían revertir el efecto.

La máquina yacía enterrada en las profundidades del ampliado océano.

Los campos de cultivo que antes tenían escrito ese mensaje de las estrellas ahora estaban quemados o inundados, hasta ser ilegibles.

El mensaje no estaba destinado a ser respondido, nunca fue un saludo o instructivo.

Era un ultimátum.

Lejos, muy lejos, en la oscuridad detrás de la galaxia, una raza observaba y se regocijaba.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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