“La Insurrecta”, de Guillermo Barba

By on septiembre 10, 2020

Xook comparte con los amantes de la lectura por cortesía de Editorial Planeta un fragmento de “La Insurrecta”, obra póstuma de Guillermo Barba.

Valladolid, 1810. Manuela Taboada recorre impaciente de un lado a otro el zaguán de la iglesia mientras espera la prueba irrefutable que confirmará todos sus temores. Un hombre se acerca con un bulto en los brazos y lo deja caer a sus pies y ella, horrorizada, observa la cabeza cercenada de uno de los prisioneros españoles capturados por el cura Hidalgo. A partir de ese momento, Manuela será testigo de cómo, lo que inició con la promesa de una independencia pacífica, se ha tornado en un baño de sangre innecesario, alimentado por el mismo Miguel Hidalgo. En medio de la guerra y la persecución de las tropas realistas, ella será la única que se atreverá a confrontarlo por sus crímenes y a tomar cartas en el asunto, aunque esto implique encabezar el más grande complot de la Independencia de México: acabar con el líder de la revuelta.

La insurrecta narra la emocionante vida de quien fuera la esposa de Mariano Abasolo y una de las mujeres más valientes y apasionadas de su tiempo. Una vez más, Guillermo Barba nos ofrece una estupenda novela de intrigas donde se funden la historia y el suspenso para narrar un pasaje, tan perdido como fascinante, de la historia de México: la conspiración que se gestó en el centro de la insurgencia para asesinar a Miguel Hidalgo.

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

 

 

Fragmento del libro La insurrecta (Martínez Roca), © 2020, Guillermo Barba. Cortesía otorgada bajo permiso de Grupo Planeta México.

 

Clamores libertarios

Serían las cuatro de la madrugada cuando sonaron golpes en el portón. Manuela había logrado dormitar a breves intervalos, despertaba sobresaltada con el mínimo ruido, y aquellos aldabazos le hicieron erguirse de golpe con un estremecimiento en el abdomen.

Mariano, dormido relajadamente, permanecía de costado, con las piernas un poco encogidas. «Mi hijito», pensó Manuela, «Dios nos proteja».

Salió de la cama, colocándose el rebozo verde sobre los hombros, y caminó sigilosamente hasta la baranda del patio central.

Observó cómo Remigio abría la puerta y daba paso al sargento Antonio Martínez, que venía a todas luces agitado.

—¿Qué sucede? —preguntó nerviosa mientras bajaba la escalinata tan rápido como podía.

—Necesito hablar con mi capitán Abasolo, es urgente.

Manuela regresó a la habitación y despertó dulcemente a su amado con besos cariñosos y palmaditas maternales. Cuando este se espabiló, Manuela le comentó que el sargento Martínez traía un recado; no se atrevió a ponerlo al tanto de lo acontecido en las horas anteriores para evitar que se enojara por no haberle informado.

Mariano bostezó despreocupado; se ciñó los pantalones de un salto, como acostumbraba, y cubriendo los pies con unas chancletas, fue al zaguán.

—¿Qué sucede, sargento, por qué tanta alharaca?

—¡Mi capitán! —Se cuadró al verlo llegar—. Disculpe usted, pero son órdenes del cura Hidalgo.

—Válgame Dios, ¿y desde cuándo los curas dan órdenes a los militares? —preguntó Mariano en son de broma, pensando que el militar se había confundido.

—Desde hace unas tres o cuatro horas, mi capitán —contestó marcialmente, sin rasgo alguno de chanza.

Manuela palideció; de un chispazo entendió lo que había sucedido: el levantamiento había comenzado y seguro estaban organizando a la gente.

—Me solicitan que encarcele al señor Gatica, que vive aquí en su casa, y ordenan que me dé la llave de la tienda del mismo señor.

—¿Pero qué crimen ha cometido el señor Gatica, de qué se le acusa?

—No sé, mi capitán —mintió, pero después agregó titubeando—: Bueno, crimen como tal, ninguno.

—¿Entonces?

—El señor Gatica es gachupín, mi capitán; el padre Hidalgo nos ha ordenado encarcelar a todos los nacidos en España, sin excepción alguna, y apoderarnos de sus posesiones para bien de la causa.

Manuela se acercó a su amado y lo abrazó. Quería apoyarlo para que cumpliera cabalmente con su deber; lo que ordenaban a su marido era parte del plan: tomar a los gachupines como rehenes.

—¿Qué opina el capitán Allende al respecto? —inquirió Mariano.

—Él mismo ha encarcelado a varios, mi capitán.

Mariano agachó el rostro, fue por la llave y la entregó con la creciente sensación de estar cometiendo pecado; luego señaló que el señor Gatica vivía en la parte posterior de la casa, donde le tenían rentados unos cuartos. En ese momento comenzaron a repicar las campanas de la parroquia llamando a misa de cinco, la primera del día. Manuela abrazó a su marido y le dijo convencida:

—Debemos ser fuertes y obedecer al cura. Si él encabeza el levantamiento, seguro venceremos pronto.

Manuela se vistió de colores oscuros y una falda con amplios vuelos para asistir a la misa; le urgía enterarse de todo lo ocurrido y por ocurrir, ya que su tranquila y halagüeña vida ahora parecía pender de un hilo. Antes de salir, fue a despertar a Rafaelito y lo dejó al cuidado de Pilar, su crida de mayor confianza, para que le sirviese el desayuno. Doña Micaela, su suegra, se había levantado con las campanadas de la iglesia y, al referirle lo sucedido, se tumbó de nuevo en cama, lamentándose por un repentino mareo acompañado de sofocos. Era común que las noticias alarmantes le produjeran trastornos; Manuela los consideraba quejumbres propias de la anciana, pero en esta ocasión sus achaques le parecieron justificados.

Salieron de la casa, cruzaron el callejón e ingresaron al atrio, ya en ese momento atestado de familias de indios, vestidos pulcramente para la ocasión: los varones con pantalones, camisas de manta blanca anudadas con cintos coloridos a la cintura y grandes sombreros de paja; las mujeres con faldas de manta oscura y túnicas bordadas. Era día de fiesta y acudían luciendo trajes ceremoniales.

Cerca de la puerta del templo se encontraba Ignacio Allende, vestido de civil, con botas, pantalón y casaca, escudriñando a diestra y siniestra como si buscase algún enemigo entre los asistentes.

—¡Ignacio! —le gritó Mariano, agitando la mano para llamar su atención, mientras se le acercaba con su esposa.

—Buenos días, Manuela —Ignacio saludó primero y después se dirigió a su amigo—: ¿Dónde has estado? ¿No sabes lo que ocurre? —lo increpó molesto.

—En mi casa, dónde más podría estar.

—Prepárate a partir en unas horas, el levantamiento ha comenzado.

—Pero… ¿por qué?

—Fuimos denunciados en Querétaro y no hubo más remedio que echar a andar los planes. En unos minutos don Miguel convocará al pueblo entero a unirse a la causa.

Sin decir una palabra más, Allende dio media vuelta y fue con Aldama, quien desentonaba entre la muchedumbre: vestido elegantemente de frac, pantalón y camisa de holanes. Manuela sentía que una espina se le clavaba en el vientre; había escuchado que su marido la abandonaría en unas horas y aquello le producía infinitos temores.

Entraron al templo y rezaron con mayor devoción que nunca.

Hidalgo no ofició la misa, pero, sentado en la primera banca y más encorvado que de costumbre, se le notaba un fervor inusual. Durante el oficio Manuela notó que los presentes no dejaban de murmurar: referían aprehensiones de gachupines y saqueos de los bienes de la gente, ya fuesen adinerados o humildes labradores, con gestos turbados y escandalizados, pues también habían aprisionado al mismo padre Bustamante, sacerdote nacido en España.

Terminado el oficio salieron al atrio, y desde los escalones superiores de la iglesia el cura se dirigió a la multitud con una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe entre sus manos. Manuela puso atención a cada palabra expresada; escuchó lo que ya había sido repetido varias veces por su marido y el mismo Allende: que el reino y la religión corrían peligro porque los franceses habían tomado España y ahora deseaban hacer lo mismo con nuestra patria. Que allá en ultramar las principales autoridades se habían entregado a Napoleón, y el gobierno espurio de Nueva España actuaría de igual manera: entregaría nuestra patria y nuestra religión a manos de los infieles. La plebe, enardecida al escuchar las amenazas a la santa religión, vociferaba cada vez con mayor brío. Entendía aquello no como una revolución, sino como una guerra santa.

—¡Hijos míos, únanse conmigo! ¡Ayúdenme a defender la patria!

Los gachupines quieren entregarla a los impíos franceses. ¡Se acabó la opresión! ¡Se acabaron los tributos! ¡Al que me siga a caballo le daré un peso, y a los de a pie cuatro reales! ¡Viva nuestra Señora de Guadalupe!

—¡Viva! —prorrumpieron en un solo grito los reunidos.

Los indios no dejaban de gritar enfebrecidos, los criollos del pueblo se miraban espantados. Aquello era apoteósico y a la vez temible. Jamás se había visto al pueblo tan unido. Manuela creía estar alucinando, engullida por un torbellino de gran nervio que la apresaba dentro de una fuerza desconocida: la energía popular.

No salió de su turbación hasta que el padre Balleza se les acercó tranquilamente.

—Manuela, perdón que la distraiga de tan memorable suceso.

Don Miguel me ha solicitado que les comunique su primera obligación.

—Dirá usted, padre, estoy para servirle —contestó con humildad, sin lograr salir completamente del aturdimiento que la agobiaba.

—Usted y su marido deberán alimentar a los presos. Espero que no sea un inconveniente mayor; todos debemos servir a la causa.

—Por supuesto, cuente con nosotros. —Se comprometió de inmediato.

Partieron rumbo a su casa para ver a Rafaelito, que por sus escasos cuatro años requería muchas atenciones, y a realizar los preparativos de la encomienda. Iban cruzando la callejuela cuando divisaron entre la multitud a Juan Lecanda, montado a caballo, desconcertado por lo revuelto de la muchedumbre y mirando distraído

a diestra y siniestra para entender qué diantres sucedía. Juan era el administrador de su hacienda El Rincón, nacido en las islas Canarias y por lo tanto gachupín. Manuela, en un acto impulsivo, corrió hacia el hombre levantando los brazos para llamar su atención; Mariano, sorprendido por la acción, fue tras ella.

—¡Don Juan, don Juan! —gritó, pero su voz era disminuida por el escándalo de indios y campesinos—. ¡Don Juan…!

Por último, para hacerse notar debió interponerse al avance del caballo, lo que hizo que el animal se levantase en dos patas. El administrador salió de su ensimismamiento y descubrió a su patrona frente a él, visiblemente alarmada. De un solo movimiento se apeó y, tomando las riendas del corcel para tranquilizarlo, se acercó a Manuela mientras Mariano se les unía.

—¡Señora!, ¿qué sucede? ¿Les puedo auxiliar en algo?

—¡Huya… váyase ahora mismo; están encarcelando a todos los europeos y usted corre peligro!

—¿Pero por qué? —preguntó consternado mientras dirigía la mirada a Mariano, intentando que alguien le explicase.

—¡No importa, huya…! ¡Sálvese, por amor de Dios! —le ordenó.

El hombre montó de nuevo y espoleó a la bestia para salir a todo galope rumbo al campo.

—No comentes a nadie lo que has hecho —susurró Mariano con temor—; esto ya es un movimiento militar y el desacato es castigado con severidad.

Manuela se persignó y echó a caminar rápidamente; le urgía abrazar a su hijo, protegerlo.

Entre los prisioneros se encontraban conocidos de toda la vida, algunos de ellos amigos de su difunto padre, Bernardo Abasolo.

A Mariano se le hacía un nudo en la garganta tan solo de pensar en visitarlos.

Manuela intentó convencerlo de enviar a varios mozos y criadas con los alimentos para evitarse la vergüenza y mortificación, pero su marido, fiel a sus creencias religiosas, estaba convencido de que nada sustituiría a la piedad cristiana.

Para el almuerzo realizaron un menú sencillo, considerando satisfacer al común de los reos, los cuales, les habían dicho, sumaban dieciocho. Manuela, para darse ánimos y justificar los arrestos, reflexionó sobre la reducida proporción de gachupines en comparación con los norteamericanos: se calculaba que en toda la jurisdicción de Dolores habría unas cuarenta mil almas, y entre ellas, a lo sumo, quinientos eran los nacidos en España, pero a pesar de su reducido número acaparaban los cargos de gobierno más importantes y las riquezas más prominentes.

Les habían informado que uno de los prisioneros estaba herido: Antonio Larrinúa, amigo cercano del cura Hidalgo, quien al oponerse a la aprehensión fue herido con la empuñadura de un machete y sufrió una profunda rajada en el rostro. Decían que Martín, un mestizo dedicado al comercio, le propinó el golpe con el furor de quien clama venganza, debido a un agravio cometido tiempo atrás. Cuando supo que Larrinúa estaba herido, Manuela llevó a la cárcel vendas y ungüentos para curarlo.

La cárcel de Dolores era una sólida construcción que albergaba distintas mazmorras, en las cuales se distribuían los reos según los delitos cometidos. La inmundicia en los claustros era tal que los fétidos olores traspasaban sus muros. Cuando Manuela entró, debió llevarse un pañuelo perfumado con agua de azahar a la nariz para confundir los hedores y contener las ansias de vómito.

Al observar la entereza de su marido alejó el pañuelo y procuró ignorar las inconveniencias. Los prisioneros habían sido divididos en cuatro celdas: en las dos primeras se hallaban doce hombres, todos ellos de buena salud, en su mayoría comerciantes o burócratas del virreinato, como don Ignacio Díez Cortina o don Antonio Gatica.

El único criollo apresado era Nicolás Fernández del Rincón. Ni a Mariano ni a Manuela les sorprendió aquello: el hombre era un furibundo enemigo de cualquier asunto que oliese a independencia.

Al pasar por las primeras celdas, los reos les gritaban, unos pidiendo su protección, otros insultando y amenazándolos por haberlos encarcelado. Manuela agachó la cabeza y continuó hacia la celda de Antonio Larrinúa, quien se hallaba tirado sobre un catre, con la frente hecha una costra marrón de sangre y lodo. El coraje dibujado en los ojos delataba que su ira no había sido contenida, incluso con el golpazo recibido.

—¡Volved a casa, no he de permitir que una hereje me ponga la mano encima! —dijo alterado—. ¿No os da vergüenza? ¡Os apellidáis Taboada, por ser hija de un gentilhombre nacido en España!

—Don Antonio, por favor permítame curarlo. —Manuela habló con humildad, desestimando los insultos—. Si no limpio la herida, puede empeorar.

Había aprendido los primeros auxilios en sus visitas de caridad al pequeño hospital de San Miguel; tuvo como maestras a monjas hábiles y cuidadosas. Sin hacer caso de los reniegos del hombre tomó una palangana, humedeció un paño y comenzó a limpiar la herida. El otro permanecía impávido y soportaba el dolor estoicamente, aunque miraba a Manuela con infinito odio.

—¡Vuestra villanía no os salvará de la deshonra y el averno! —masculló entre dientes—. ¡Vosotros, los nacidos en esta América, que pertenece a Fernando VII, sois ruines, cobardes y traicioneros!

Don Antonio era conocido por su recalcitrante odio a los criollos, mestizos e indios, y ofendía continuamente a unos y otros con groseros alaridos. Manuela, sin embargo, se mantuvo sumisa y silente.

—Estese tranquilo, pronto pasará este trance —solicitó con amabilidad, aunque el otro se desviviera en improperios—; es por una causa justa.

—¡Justicia es la que Dios Todopoderoso desencadenará contra vosotros… Sois ruines y herejes!

En ese momento llegó Mariano con los ojos anegados en lágrimas: había conversado con don Luis Marín, íntimo amigo de su difunto padre, y las reprimendas del anciano invocando la amistad con don Bernardo le consternaron de manera inevitable.

—Vámonos, Manuela, no soporto permanecer aquí un momento más. Ojalá Dios nos perdone; no sé qué hemos hecho.

—No te aflijas, mi hijito, recuerda que esto no durará mucho. Piensa que el levantamiento ha comenzado sin baños de sangre; tan solo un descalabrado… y bien que se lo merecía.

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