Inicio Portada La Ejecución de Claudio Alcocer (I)

La Ejecución de Claudio Alcocer (I)

25
3

Visitas: 59

YumPol_1

I

El pertinaz investigador José González Avilés escuchó (hacia 1962) de labios del novelesco general Juan Bautista Vega (1) la versión más confiable que conozco de la muerte atroz del prófugo revolucionario Claudio Alcocer (y de varios compañeros suyos), ejecutado por los indios mayas de Quintana Roo. Quisiera repetir ese execrable episodio (a sabiendas del horror que pueda despertar la historia en quienes la desconozcan) para el lector contemporáneo.

El fugitivo Claudio Alcocer y algunos compañeros suyos, cabecillas de la revolución de Valladolid, arribaron al pueblo de Chumpón la madrugada del 30 de agosto de 1910. Huían de las iracundas fuerzas del gobierno que habían tomado la ciudad y amenazaban con fusilar a todos los revolucionarios. La travesía por la implacable selva de Quintana Roo había resultado penosísima. Durante once días esos hombres combatieron con renovado estoicismo el vehemente calor, los pertinaces mosquitos, el hambre y las alimañas del monte. Lograron, sin embargo, burlar a sus perseguidores. Extenuados y optimistas, arribaron a su destino una tarde de ese fogoso verano de 1910. Ahí explicaron, con voces no menos ardientes, su consternadora circunstancia a los herméticos indios mayas, y les suplicaron su hospedaje y su compasión. Su condición de hombres blancos, irreconciliables enemigos de los indios de la Guerra de Castas les vedaban, sin embargo, todo acceso al perdón. Los intolerantes caciques mayas demandaron su muerte. Solo la afortunada intervención del general Vega impidió la inmediata ejecución de los prisioneros.

Para poder permanecer en el pueblo, los indios les impusieron severas condiciones de trabajo. Con indecible agonía, Claudio Alcocer y sus acompañantes se ajustaron a la forma de vida de esos campesinos brutales: ayudaban en las fatigosas labores de la milpa, acataban con recelosa obediencia ciertas indignas estipulaciones castrenses y veneraban (o simulaban venerar) con esmeraba lealtad la fabulosa Cruz Parlante. Claudio, resignado a agotar el resto de sus días en aquella comunidad, tomó por esposa a una mujer de la tribu. Con todo, los antiguos jefes mayas encabezados por el general Cituk, todavía desconfiaban de él y sus compañeros. Los tachaban de espías y abominaban de su presencia en el pueblo.

Una noche de invierno, varios compañeros de Alcocer determinaron (a sus espaldas) la inaplazable fuga: maquinaron el plan, sin omitir detalle, se señalaron el día y la hora. Luego fueron a ver a Alcocer y lo incitaron a compartir con ellos el inminente riesgo de la huida. El hombre declinó, incorruptible. Le advirtieron el peligro de permanecer entre aquellas hordas fanáticas. Le recordaron, con patéticas palabras, el tamaño del rencor de esos hombres devastados por cincuenta años de guerra contra los blancos. Le hablaron de viejos y renovados odios latentes en la entraña de piedra de aquella raza indescifrable, de la segura muerte que sufriría a manos de aquellos hombres cruentos y proclives a la venganza. Toda tentativa de persuasión, sin embargo, resultó estéril. Claudio Alcocer, el intrépido revolucionario hijo de Valladolid, confiaba en la estimación de los indios. Acaso, sólo por mera gratitud podrían perdonarle la vida, ya que los había instruido, con inagotable perseverancia, en la forja de hierro y en la restauración de armas de fuego. Además, les enseñó a transformar los alambres del teléfono en aptos proyectiles que los indios empleaban con buenos resultados en sus escaramuzas.

La aterida madrugada del 13 de enero de 1911, Claudio Alcocer y tres fieles acompañantes, despidieron para siempre a sus amados camaradas. Los miraron empequeñecerse en la distancia desde el patio de su choza, conducidos por la mano generosa del general Vega. Al mediodía se vieron Alcocer y Vega en la Plaza de la población. Hablaron con cauteloso lenguaje durante unos minutos. Claudio deseó saber la suerte de los fugitivos. “Están bien, gracias a Dios –le contestó Vega–. Ya van camino a casa.” Luego lo instó a recuperar el tiempo perdido y abandonar de inmediato Chumpón. “Cuando el general Cituk se entere de la fuga –sentenció Vega–, lo van a desollar vivo, don Claudio. Yo sé bien lo que le digo.” Alcocer se rio con una risa nerviosa de la macabra advertencia del general. “Ellos son mis amigos” –respondió, arrellanándose en el mullido sentido de tranquilidad que acabaron por conferirle sus palabras–. “Nada malo intentarán contra mi persona. Les he otorgado mi voluntad y la fuerza de mi trabajo, he tomado por esposa a una mujer de su raza, venero quizá con la misma fe de ellos, la sagrada Cruz Parlante. Yo ya soy parte de la tribu, general.”

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

3 COMENTARIOS

    • Muchas gracias por tus comentarios, Catalina. Te invitamos a seguirnos leyendo, y a compartir los contenidos con tus conocidos. ¡Feliz 2018!

  1. Hola buena noche.
    Donde puedo continuar leyendo sobre claudio Alcocer.

    Investigando mis raíces resulta que es mi tatarabuelo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.