Ingente Calor

By on junio 14, 2019

Perspectiva

IngenteCalor_1“¿Qué le han hecho a la Tierra?

¿Qué le han hecho a nuestra noble hermana?”

When The Music’s Over, The Doors

Cuando Jim Morrison y The Doors escribieron la canción cuyas letras inician esta  aportación, lo que se había afectado a la ecología mundial no era ni la mitad de lo que ahora constatamos: iniciaban los fluorocarbonos que afectaron la capa de ozono, abriéndole un hoyo a la atmósfera por el que somos expuestos a rayos que afectan nuestra salud, provocando cánceres; tampoco la contaminación atmosférica por las emisiones de los desperdicios del petróleo y combustibles fósiles era tan inmensa como lo es hoy en día, que obliga a limitar el tránsito de los vehículos automotores que los utilizan so riesgo de ser incapaces de respirar; tampoco existía la cantidad de plástico que vemos que ahora ha llegado a los océanos, comprometiendo la vida marina y el ecosistema entero; finalmente, no habíamos tan intensamente devastado los pulmones que purifican el aire, entregándonos oxígeno a cambio: los árboles.

En nuestra Península de Yucatán, cuando la letra de esa canción se desprendía de la mente de Mr. Mojo Risin, la selva baja característica de la zona era exuberante; la ciudad de Mérida, y todo el estado de Yucatán, daba cobijo a menos de 100 mil habitantes, Quintana Roo aún era un Territorio, y Campeche no se había desarrollado como ahora. Cuando se viajaba en carretera, era común el espectáculo de insectos, animales, que cruzaban el asfalto, migrando de un lugar a otro, buscando alimentarse, y las carreteras eran flanqueadas por árboles y matorrales. Predominaba lo verde.

En contraste, y sin contemplar lo que se vive en los otros estados de la Península, casi cincuenta años después los yucatecos, y en especial los que hemos pasado la mayor parte de nuestra existencia en la Muy Noble y Muy Heroica Ciudad de Mérida, hemos visto cómo paulatinamente la temperatura ambiental ha sobrepasado la barrera de los treinta grados centígrados; y ahora que supere la de los cuarenta grados centígrados, y el calor se incrementa cada vez más. ¿La causa? Todo lo indicado en el primer párrafo y, también, el incansable afán de algunos de hacerse de dinero construyendo viviendas, desforestando, y pagando cochupos para evitar penalizaciones por el agravio a la Madre Naturaleza.

Cuando se observa un mapa aéreo de la Península de aquellos días, y se compara contra uno actual, inmediatamente se aprecia la pérdida de zonas verdes, siendo reemplazadas por zonas grises: calles, edificios, asentamientos humanos. El aumento en las temperaturas y en la contaminación de los recursos naturales es atribuible, en conclusión, al desenfrenado crecimiento de las ciudades. ¿En dónde intervienen las autoridades? Si bien cada nueva unidad habitacional está obligada por ley a proporcionar cierto número de metros cuadrados de zonas verdes, lo cierto es que esta exigencia “desaparece” cuando algún funcionario deja de cumplir con su labor, obteniendo ganancias por su silencio, mientras el constructor maximiza el espacio que luego comercializará en su beneficio.

Pues bien, las consecuencias de estas pervertidas prácticas lo sufrimos ya prácticamente todos los días, cuando el calor y los rayos del sol de manera inmisericorde se ensañan con todos, causando mayores estragos en los que menos tienen, y en aquellos que no pueden defenderse.

Aplaudo y me enorgullece sobremanera la preocupación y acciones que han emprendido algunas jóvenes generaciones por limpiar la basura que se ha acumulado en diferentes zonas; aplaudo también las iniciativas de muchos negocios de dejar de usar plásticos, brindando beneficios a aquellos que contribuyan con ellos a un planeta más limpio.

Nos toca hacer algo aún más trascendental en nuestro beneficio como especie, de las generaciones del futuro, y en el de nuestro atribulado planeta: reforestar.

Al respecto, he escuchado a muchas personas que entusiastamente desean sumarse a la iniciativa, solicitando se les entreguen árboles de cualquier tipo para iniciar la noble labor de dotar de nuevos pulmones a nuestro estado y ciudades, iniciativa a la que se ha sumado el Ayuntamiento de Mérida. También he escuchado voces que llaman a ser comedidos con el esfuerzo, elegir cuidadosamente variedades arbóreas que estén aclimatadas a nuestra región, con raíces que no sean superficiales. Ambas posturas son encomiables, y requieren atención.

Desde esta perspectiva, con acciones emprendidas por personas como las mencionadas en esta aportación, tal vez logremos revertir esas nefastas prácticas que tanto daño le han causado a nuestro hábitat; tal vez entonces, podamos dejar un planeta en el que puedan vivir los hijos de nuestros hijos. Ojalá y no sea tan solo una moda pasajera, sino un cambio radical en nuestros hábitos y conductas.

Toda gran travesía inicia con un paso. Sembremos un árbol y cuidemos de él. Todos lo agradeceremos.

Addendum

Tengo el inmenso privilegio de ser padre de cuatro ejemplares hombres de bien, que algún día serán mejores padres que yo, sin duda. También me honra ser hijo del que es mío y de mis otros tres hermanos. En este Día del Padre, estrechemos cerca de nuestro corazón a aquella figura que, parafraseando a Fernando Marrufo, “a veces es útil”, y dejémonos también ser apapachados por nuestra progenie. La Vida se conforma de pequeños momentos que atesoramos y recordaremos cuando más los necesitemos. Creemos siempre momentos llenos de Amor.

A todos los Padres, y a los que vayan a serlo, vaya un sincero abrazo y reconocimiento en su día.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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