Flagelo y luz

By on noviembre 18, 2021

José Juan Cervera

Ricardo Flores Magón fue uno de los hombres más íntegros entre todos los que contribuyeron al derrocamiento del régimen de Porfirio Díaz. Sus convicciones radicales lo distanciaron de algunos de sus aliados y su tenacidad lo mantuvo en la primera línea de la crítica política y de la reivindicación social. Murió en defensa de sus ideas sin que este enunciado adquiera el menor tinte de adorno retórico, porque consumió su salud en prisión negándose a transigir con sus adversarios. Varios escritos suyos fueron compilados póstumamente.

En el periódico Regeneración publicó una serie de relatos en los que se propuso transmitir sus concepciones acerca de la desigualdad social y sus métodos para combatirla, extraídos del pensamiento anarquista. Con palabras sencillas e imágenes claras, brinda numerosos ejemplos en que operarios de fábricas, peones, mineros y otros miembros de las clases trabajadoras padecen los estragos del sistema de explotación hasta lograr, en los casos más promisorios, desarrollar la conciencia que les permite sacudirse el yugo ominoso. Sus personajes llevan nombres ordinarios, como Juan y Pedro, que suelen repetirse en varios textos.

En ellos figuran también agitadores obreros, propagandistas, oradores que recorren pueblos y ciudades arengando a las masas oprimidas, que sucumben bajo el peso de la violencia de los poderes establecidos, de las traiciones y de la delación. La enseñanza implícita en su escritura lo obligó a echar mano de modelos esquemáticos que la hicieran llegar de inmediato a sus lectores. Estos cuentos aparecieron reunidos en los libros Sembrando ideas (1923) y Rayos de luz (1924), que Ediciones Antorcha dio de nuevo a la imprenta en un solo volumen, el cual logró su cuarta edición en 1983, con los prólogos respectivos de William C. Owen y Eugene V. Debs, dados a conocer inicialmente como artículos en publicaciones periódicas extranjeras en memoria del revolucionario mexicano. A ellos se añade el testimonio de Librado Rivera acerca de los últimos momentos de vida de su compañero de lucha.

Flores Magón formuló la mayor parte de sus narraciones breves en términos de dicotomías: el revolucionario viejo y el revolucionario moderno, la barricada y la trinchera, el águila y la serpiente, entre otras cuyo lenguaje figurado destaca cualidades que se elevan sobre los rasgos de sus antagonistas. Los signos del credo ácrata (el himno, la bandera roja, los lemas) concurren con profusión en los relatos, y al igual son abundantes las referencias a los materiales impresos de que se valió el Partido Liberal Mexicano para divulgar sus ideales (el periódico Regeneración, el Manifiesto del 23 de septiembre de 1911).

Los elementos de la naturaleza y los seres que pueblan sus reinos intervienen para enmarcar incluso las escenas más cruentas y los pasajes más desoladores, ya que la circunferencia radiante del sol, la exuberancia vegetal y el gorjeo de las aves son indiferentes a los sufrimientos y gozos de la humanidad, a sus caídas o a su afán de dignificación colectiva.

Los objetos inanimados entablan diálogos para exaltar las pasiones que representan, y a veces surge un tercero en discordia que ataja cualquier asomo de propio ensalzamiento, como el presidio y el templo que se enorgullecen de su misión hasta que la dinamita les hace ver la amenaza envuelta en sus entrañas cuando la inconformidad social se dispone a derribar los muros de los solemnes edificios. O bien cuando la piedra de la mansión señorial y la de un hogar menesteroso disputan su pretendida nobleza, surge una piedra del camino que les dice: “Mi presencia en las calles es garantía de libertad; la cólera popular necesita de mí para satisfacerse. ¡Soy el alma de la rebeldía proletaria! Cuando una mano callosa levanta una piedra, vacila el trono de la tiranía. ¡Paso a la piedra del arroyo!”

En varias partes de su obra narrativa, Flores Magón deja notar sus objeciones a los gobiernos emanados de la Revolución, particularmente los de Madero y Carranza, los cuales enfrentaban sus propias contradicciones mientras el periodista oaxaqueño languidecía en cárceles estadunidenses. Sus tareas de propaganda libertaria y su formación teórica las condensa William C. Owen en un solo recuerdo: el de su primera visita a las oficinas de Regeneración en el país vecino, en que observó una caja que contenía ejemplares de La conquista del pan, de Kropotkin, empacados para su envío a México.

Refiriéndose a la pluma de Ricardo Flores Magón, su camarada Librado Rivera afirmó que es a la vez flagelo y luz: en lo primero por representar el azote de las tiranías, y en lo segundo por iluminar el tránsito hacia un nuevo orden social.

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