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Artes Plásticas

Fanny Sanín es una pintora nacida en Colombia, puramente abstracta, que llegó a México en 1963. Muy pronto, sin embargo, la pintora decidió radicar en Nueva York, ciudad a la que se trasladó en 1971. Cabe decir que, de haberse quedado en nuestro país, su pintura hubiese correspondido a la perfección con el auge de la abstracción, característico de aquella época en México.
Es precisamente en esos momentos que se consolida en el país el rechazo a la pintura de corte social y nacionalista a la que los muralistas habían sometido el destino de la pintura hasta mediados del siglo XX. José Luis Cuevas ya había manifestado una posición rebelde con respecto a esta situación por medio de su texto satírico La cortina de nopal, publicado por primera vez en el periódico Novedades, en 1956. De manera aún más significativa, Fernando García Ponce y Lilia Carrillo, ambos abstractos, obtuvieron, respectivamente, el primer y segundo lugar de pintura en el Salón Esso en 1965.
La pintura abstracta es, sin duda, la que menos narrativa social puede admitir, puesto que se trata ante todo de un ejercicio estético autorreferencial cuyo ideal es eliminar por completo cualquier acto mimético con respecto a la realidad exterior. Quizás sea esta una de las razones porque tampoco se ha reparado demasiado en exaltar la figura de Sanín en México, aunque sin duda hay otros motivos para ello que no me corresponde indagar aquí.
Como quiera que sea, una de las características de la pintura reciente de Sanín es el recurso reiterado a la simetría, una ley a la que recurre la naturaleza en muchas de sus creaciones, entre las cuales las figuras animales, como lo podemos constatar con simplemente vernos al espejo. Esta simetría, por supuesto, nos remite hasta cierto punto al universo de los cristales y los minerales, aunque también aquí la comparación resulta insuficiente debido a la variedad de triángulos, trapecios y cuadrángulos que constituyen los elementos de la gramática visual de Sanín.
Sabemos de críticos que han querido ver en Gunther Gerzso una influencia del arte prehispánico. Lo mismo se ha dicho de Sanín, aunque ella no reconoce tales influencias. En ello la pintora colombiana se mantiene fiel a la idea, defendida por los representantes del arte concreto, según la cual el arte debe de ser un producto del espíritu cuya fuente de inspiración provenga sólo de sí mismo. Si bien es cierto que el arte prehispánico pone en juego figuras geométricas simples y que el arte textil tradicional de Colombia puede, quizás, tener características que reconocemos en el tipo de geometría privilegiada por Sanín, es menester regresar aquí a argumentos como los de Worringer para explicar tales similitudes.

Se recordará que la teoría del famoso alemán -ahora un tanto olvidado- implicaba que la tendencia a producir formas geométricas en la humanidad no proviene de una tendencia mimética, sino que se trata de la manifestación de una necesidad interna que obedece a sus propias reglas. De dónde exactamente provienen estas reglas sería difícil de elucidar, pero se podría argumentar, no obstante, que son las mismas con que la naturaleza procede para crear todas las formas que nos rodean.
Tanto por la ortogonalidad como por la paleta y los acabados de su obra, uno tiende igualmente a pensar en la arquitectura (se ha hablado en particular de los rascacielos neoyorquinos). La propia Sanín ha también declinado esta supuesta influencia. Es significativo, sin embargo, que su pintura pareciera evocar una suerte de organización espacial de la que uno no sabe exactamente si nos remite a templos ancestrales o si está, al contrario, anticipando la arquitectura sacra del futuro.
Aquí, de nuevo, quizás sea la insistencia en la simetría la que provoca en nosotros esta impresión de sacralidad: es como si estuviésemos frente a una suerte de máscara abstracta, a la vez humana e inhumana, que nos podría recordar tanto las divinidades de civilizaciones antiguas como de civilizaciones por venir. Cuando uno piensa en la presencia de Alejandro Jodorowsky en México, en la misma época que Sanín, uno se pregunta si las obras actuales de la pintora no hubiesen podido funcionar, de haberlas realizado en aquel entonces, para las escenas más futurísticas de una película como La Montaña sagrada.
La razón por la que un artista produce un tipo de formas y no otras es sin duda un misterio. En ello estriba precisamente la noción de estilo, el cual, cuando la búsqueda del artista es honesta, puede considerarse como una ventana hacia su personalidad. Sea cual sea el impulso que lleva Fanny Sanín a constituirse como creadora, su pintura presenta una enorme calidad estética que ganaríamos en conocer un poco mejor en México.
ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU





























