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Letras

Ricardo Mimenza Castillo
(Especial para el Diario del Sureste)
La aparición de este eucologio lírico de muy raras y modernas rimas a Anfitrite fue celebrado con un ágape en que diplomáticos como Lozano, de Colombia; Merdinger, de Polonia y Cestero, de Santo Domingo y lo más selecto de los poetas e historiadores nacionales, le brindaron al aeda triunfante sus poemas y galanías fraternas.
Rubén M. Campos y Rosado Vega engarzaron ahí sus estrofas, y Tulio Cestero y Alfonso Toro y Martínez Valadés y Fernández Ledesma, sus añoranzas…
– “Encandecidos en la bruma– pasan paisajes de Ecuador– en esas páginas de Espuma de mar, que ven ojos de azor”, –clama Rubén; “–Espuma, trémula espuma, –¿por qué no puede durar? –¿Por qué tan pronto se esfuma –en la vida y en el Mar?…” interroga nuestro don Luis, y el autor al dedicarme con su viejo afecto la encajería de los vellones de sus versos tritónicos me dice: –Que el marino sonar de mis poemas –ponga en la frente de tu musa triste –nácares y collares por diademas. –Y que tu numen prócer y bizarro –les dé vida inmortal como les diste –a tus canoros pájaros de barro”, –alusión gentil a mi libro más querido ex cordis.
Ignoramos si nuestro Simbad, en su odisea por las islas encantadas y las ciudades del trópico que evoca ahí, fue como Embajador de la Poesía o Enviado de la Historia, más seguro esto último porque si hay certámenes apolíneos más abundan las asambleas historiográficas; pero el caso es que estos poemas de travesía –con viñetas de nuestro Tzab– son un nuevo florón de ensueño y de gloria para Pepe Núñez, el maestro de la juventud hipocrénide nacional.
Y a fe que pescó más de una sirena –como el marinero de Los mil y un fantasmas del frondoso Dumas– y captó a los delfines funámbulos de la onda amarga, y dijo su elogio a las Ciudades del Tránsito: La Habana, Panamá, el Callao, y atravesó los jardines de la reina de las Islas Encantadas del mar antillano, y elevó su Oración fervorosa a la Cruz del Sur –la presentida, siglos antes del periplo de Colón, por el Dante, y evocó ante una romántica viajera a Harry, a Loti, a Jack London, Handsum, Farrere y Kipling, mientras los hipocampos curvaban sus colas sobre el azul eterno, fino tul del mar.
Con las maravillosas fosforescencias de las procelas ecuatoriales, así se enjoyan las frases de Núñez y Domínguez.
Reflejan, como los cristales de policromías suntuosas con que soñara Baudelaire, sus emociones de Ulsida.
Cabalgando sobre la onda, se embelesa en decirnos las peripecias de un Capitán Cook del Arte.
Y como los argonautas que recorrieron los litorales del continente con Magallanes y Vespucio, recoge la visión virgen de tierras y piélagos cromáticos.
Y ha anudado a su lira una nueva cuerda que suena como las jarcias de los viejos pataches de antiguas travesías o con los misteriosos ruidos de las antenas marcónicas de los steamers de hoy.
Y canta a Neptuno su nueva fermata que es acorde con las excelencias del verso libre y las innovaciones de la Musa Nueva.
Y no por eso resbala en las extravagancias que en veces escombran a los citaredas de la última barca.
Por ello su Musa conserva la inmortal prestancia de Venus, pero una venus tropical y acanelada, digna hermana de la Virginia de Saint–Pierre.
Y si de Aztlán parte a Panamá, evocando a los viejos galeones hispanos, su arribada al puerto feliz de su triunfo desafía a los Morgan y Sir Francis Drake de la crítica marrullera.
Pescador de perlas, no va a Islandia la brumosa, sino a Otahití, la untada de Sol y barnizada de esplendores hechicerescos.
Que nuestro antiguo camarada –el exaltador de la literatura yucateca, de años atrás– sienta aquí el latido cordial de nuestro elogio bien sentido, bien ponderado, ajustado a los méritos de su nueva obra.
¡Excelente Ulises, hoy, en el punto del novel rimar!
Diario del Sureste. Mérida, 8 de octubre de 1935, pp. 3, 5.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























