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Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

Eréndira y… ¡Qué Me Duran Los Charros!
–“¿Por qué no?” contesté rápida y estúpidamente. La verdad es que desde que vi al caballo me imaginé montando en él, pero no creí que fuera tan rápido.
–“¡Órale!” dijo el dueño, ofreciéndome la rienda.
La tomé y quise subir, pero no alcancé el estribo. Era demasiado alto para mí. La gente guardaba silencio, preguntándose quizá quién era ese loco que se apareció de pronto y que evidentemente no sabía montar. Aclaro que sí sabía pero, comparado con ellos que montan antes de caminar, pues…
Pascual del Real, que así se llamaba el muchacho de la voz traviesa, se acercó más, y con un ligero golpe en las canillas, hizo que el caballo se “abriera” y me dijo: “Súbale rápido.”
Lo hice.
Agregó: “No le suelte la rienda. Llévelo cortito.”
Di vuelta al animal y lo conduje por donde había llegado el camión momentos antes, simplemente caminando. Me sentía observado por la gente.
Al llegar a la esquina, que estaba como a 25 metros, quebré a la izquierda y seguí avanzando despacio. Un hombre salió de su casa y me saludó: “Buenos días, señor.”
Naturalmente, yo le iba a contestar, pero sólo alcancé a decir: “Bue…”
El caballo dio un arrancón que yo resistí de milagro. Mi cabeza estuvo a punto de quedarse en el lugar. Mis piernas se cerraron en torno del salvaje que ya corría como una exhalación. Quise frenarlo, pero él tenía sus propios planes y decidió que era momento de correr y dar al estorbo que llevaba encima un escarmiento.
No conseguí detenerlo; me incliné cuanto pude sobre la manzana de la silla para que el viento, que amenazaba con dejarme calvo prematuramente, no me arrancara de la montura; aquel viento que me estropeaba los oídos, junto con el ruido de sus cascos, sobre todo cuando pasamos por el puente del canal de riego, en donde sus cascos retumbaron como si quisieran destrozarlo.
¿Cómo lo iba a detener?
Vi delante de mí una gran explanada de un diámetro, calculo, de unos cien metros, y fui modificando la trayectoria de la carrera. El caballo obedeció a la dirección. Rodeamos, y afortunadamente iniciamos el retorno sin que el noble bruto cediera en su velocidad, y sin derribar al bruto que llevaba sobre sí.
Al entrar al poblado, la gente, que ya era más que antes, llenaba la calle en la esquina por la que había salido. Ante aquel obstáculo, el caballo no tuvo otra opción que detenerse, mal de su pesar.
En cuanto calculé que ya podía hacerlo, me tiré y entregué la rienda a Pascual quien, caminando delante de él, se lo llevó para que no se parara del todo después del tremendo esfuerzo.
Uno de ellos me preguntó muy serio: “¿Por qué le dio carrera?
–“No. Yo no le di carrera. De pronto se soltó corriendo yo no sé por qué.”
–“No. Usté sí le dio carrera, señor,” dijo el hombre que me había saludado. Después supe que se llama Jesús Ruedas. “Usté quiso saludarme y levantó la mano. Esa era la señal para que el animal corriera.”
–“¡…!”
Resultó que el precioso güero era el campeón de carreras de toda la región, según me dijeron.
Mientras conversábamos, mis piernas temblaban y, lo mismo que al caballo, no las podía controlar.
Pascual del Real regresó con el caballo y me preguntó: “¿No vio mis garritas –su ropa– que tenía detrás de la silla?”
–“¿Qué garritas iba a ver? Se habrán caído en el camino, pero yo solo pensaba en no quedarme tirado también.”
La gente rió y empezaron entonces las presentaciones y una linda amistad que duraría todo el tiempo que estuve –dos años– en Eréndira, y aún después.
Pregunté por la casa del maestro y por las Autoridades, y un grupo se dirigió conmigo otra vez a donde el camión se había detenido. Alguien había asentado mis cosas a un lado.
Ahí enfrente, en la mera esquina, cerrando un cuadro de unos 30 metros por lado, estaba la casita que me alojaría por dos años. Eran dos cuartitos con una pequeñísima estancia de metro y medio enfrente de la puerta, todo con piso de tierra. Cada cuartito medía menos de tres por tres metros y no había patio, aunque sí un terreno bastante grande detrás, abierto hacia la calle y enfrente de la escuelita que me quedaba de lado cruzando la calle.
MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE
Continuará la próxima semana…





























