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El Silencio de los González

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Letras

Rocío Prieto Valdivia

Aquel domingo la luz, excesivamente clara, delineaba los contornos de los árboles donde los pájaros tejían un canto que chirriaba en la quietud.

El desayuno, dispuesto sobre la caoba, una naturaleza muerta de frutas y pan, ocultaba el silencio que se filtraba entre las sonrisas.

Cuatro rostros, máscaras de una esperanza que se desvanecía.

Las horas se arrastraron, una sucesión de gestos vacíos, una felicidad que crujía bajo la piel.

Los González, una familia de clase media, prisioneros de su propia rutina.

Los domingos, su ritual: la misa de seis, la caminata por las calles, la plazoleta.

Allí, entre el aroma dulzón de los churros, Regina se vio a sí misma: un cuerpo hinchado, grotesco, la memoria de la carne aprisionando una vida.

Una pesadilla viscosa la asaltó. Intentó sonreír, pero el gesto se quebró, una grieta en la porcelana.

La noche cerró sus fauces sobre la casa, puertas que se cerraban como párpados, voces que resonaban en la mente de Regina, ecos de un silencio que gritaba.

El lunes amaneció mudo, un silencio que pesaba como una losa.

Regina preparó el desayuno para cuatro fantasmas, sirviendo platos invisibles, conversando con ecos. Desde la ventana, los Bernal Pineda eran testigos de una danza macabra.

Los domingos, Regina visitaba los jardines del nosocomio donde los ecos de su crimen resonaban entre los árboles.

Los diarios, amarillentos por el tiempo, aún conservaban la noticia: «Regina González y el silencio eterno de su familia».

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