El Danzón en México – XV

By on mayo 13, 2021

Entre Corcheas

Tomado de “El Veraz”, San Juan de Puerto Rico. Fuente: Archivo AHGA.

ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA

Con mi columna anterior di por terminados los artículos con las investigaciones sobre “El Danzón en México”, así como las referencias históricas cubanas y nacionales sobre el tema.

El orden que siguieron dio forma para en esta pandemia, con el “Quédate en casa” que lleva 15 meses, terminara otro libro -van cinco-, dedicándole unas cinco horas diarias a pergeñar líneas poéticas, ensayos y a ordenar pensamientos literarios en general.

He dejado a un lado la pintura. Creo poder trabajar en ella en futuro próximo unas tres horas al día, pues mi nieto Godofredo me obsequió unos lentes lupa para que pueda pintar y utilizar las dos manos con la espátula y los pinceles; trabajaré alguna nueva temática pictórica bajo la supervisión de mi hija Patricia, que dirige el Creative Studio” TrishArt”.

Preparé unas líneas a manera de prólogo. Estarán en la página uno del libro sobre este género musical nacido en Cuba que México adopta. Ambos países seguirán unidos por su tradición musical, desde la danza, el danzón, el bolero, la rumba, la conga, el mambo, el chachachá; en Yucatán sus raíces troveras son de Cienfuegos, y Sancti Spíritus, y hasta el bambuco colombiano nos llegó con Pelón y Marín, y Wills y Escobar, -trovadores colombianos quienes al inicio del siglo anterior transportaron ese cántico de amor de La Habana a Mérida en Yucatán; este otro género musical –el bambuco– que se consolidó como la música cubana, caminando paralelamente la historia musical de Cuba, Colombia y México.

En mi genética la música corre por las venas desde cuatro generaciones anteriores a la mía. Mi bisabuelo Rafael Acosta Benítez, empresario y comerciante mayorista, en su domicilio sostuvo y dio cabida a un Conjunto de Cuerdas de la Familia Acosta en el que tocaban sus hijas profesionalmente: Alicia, violinista; Felipa, cellista, Margot, pianista, y también participó como cellista el que fuera mi maestro de música en Mérida, Don Carlos Marrufo Cetina.

«La calidad de esa Orquesta de Cuerdas era de primera pues su director fue primero el Maestro Gerónimo Baqueiro Foster, catalogado como el primer musicólogo de México en el siglo anterior –corrían los años treinta. Cuando viajó para establecerse en la Ciudad de México lo sustituyó en la batuta otro grande de la música en Yucatán, el Maestro Don Luis Garavito, que acababa de regresar de Nueva York dejando la Sinfónica de ese lugar como violín concertino. Seguiré revisando mis archivos, pues creo tener dos fotografías que atestiguan lo escrito, tomadas en el gran corredor del jardín del primer patio de la casa en la calle 55 entre 62 X 64, calle musical pues allí habitaban las familias del Dr. Patrón, destacado cellista de la época y, frente a su casa, la familia Cárdenas Pinelo, padres de “Guty”, músico compositor y uno de los tres grandes pioneros de la trovadoresca de Yucatán.

«La siguiente generación fue decisiva para mi persona. Recién nacido, a los 21 días viajé con mi madre a la Ciudad de México para establecernos con mi padre, que ya trabajaba en el staff de yucatecos que dirigía Don Neguib Simón. Mi tía abuela Felipa “Tita” nunca dejó a mi madre, pues la motivó, junto con su hermana Alicia, a que aprendiera a tocar el violín y posteriormente el piano. Escuché a Schumann, algunos clásicos y música moderna de los años cuarenta en los que sobresalía el bolero y el fox.

«Desde niño quise estudiar pintura, pero me dijeron que provenía de una familia de músicos. Se reunieron muchos factores para ello: nuestro hogar estaba en las calles de Acerina en la Col. Estrella, cercana a la Villa de Guadalupe; en la calle siguiente, Amatista, vivía la familia Domínguez que presidía Don Abel Domínguez, director de la “Marimba Orquesta Lira de San Cristóbal” de los Hermanos Domínguez, una gran familia de artistas.

«La tía Felipa me enseñó las primeras letras, pero Serafina, la hija de Don Abel, fue la maestra privada que me enseñó a leer. Sus hermanos Ramiro y Gustavo pusieron notas en mis manos, en una marimba de cinco octavas, y le dijeron a mi madre por qué no le pedían a Guadalupe Rey que me iniciara en el piano. Lo lograron: tomé clases durante cinco años. La culminación fue un recital de dos alumnos: Santiago González “Cachín”, de 18 años, y yo, por cumplir 10, que presenté cuatro obras de Schumann. Fue mi primer concierto, y único, pues luego viajé a Monterrey a terminar mi primaria.

«Nunca me volví a sentar a tocar el piano. Eso no me separó de la música: leo pautados, canto en coros, soy miembro del Colegio de Músicos de Yucatán, escribo música y soy cantilenista de un buen número de canciones. Creo ser un buen promotor cultural y divulgador de la música latina y de otras partes del mundo.

«Mi deseo desde niño de pintar se dio desde mi adolescencia. Trabajé con pintores profesionales de Yucatán, Campeche y del Distrito Federal. Poseo una currícula que demuestra mi quehacer pictórico tanto en caballete, con exposiciones colectivas y personales, como en el muralismo.

«Cuba me hizo acercarme al Danzón y otros géneros musicales. Esta serie de artículos publicados semanalmente en el Diario del Sureste han permitido dar otra versión, que no es cubana, de las etapas del “Danzón en México”, con testimoniales históricos de su evolución dentro de los giros político-sociales de cada época en un país diferente al Caribe Cubano. Ahí, por la fuerza de su música, existen otros aspectos políticos, sociales y religiosos que nutren en forma diferente. Dentro de su estructura formal se da la diferencia –no así el sabor– de comunicarse con la música y el baile en lugares abiertos o foros cerrados, la religiosidad de bailar y sentir el ritmo, frenesí y contacto físico de esta música inmortal.»

Alfonso Hiram García Acosta

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