El apurado trance de la rima

By on abril 29, 2021

Enrique Fernández Ledesma y Ramón López Velarde.

José Juan Cervera

La camaradería entre escritores puede ocupar un capítulo especial en sus registros biográficos, sobre todo cuando además comparten inquietudes, motivos y temas en el desarrollo de sus obras. Sin embargo, fuera del acompañamiento en los afectos de la vida, son las cualidades individuales que se ejercitan en el oficio las que propician una huella más o menos perdurable en la conciencia colectiva y en el canon que la afianza.

                    Enrique Fernández Ledesma y Ramón López Velarde cultivaron una amistad estrecha; ambos nacieron en Zacatecas en 1888, aunque en distintas localidades, si bien Porfirio Martínez Peñaloza sostiene que el primero de ellos vino al mundo en Aguascalientes, capital del estado del mismo nombre donde los dos residieron durante sus estudios de bachillerato fundando, junto con el jalisciense Pedro de Alba, la revista Bohemio. En 1919, Fernández Ledesma publicó su único poemario: Con la sed en los labios, en tanto que López Velarde dio a la luz Zozobra, título que siguió a La sangre devota, de 1916.

                    Los libros de los dos amigos muestran semejanzas en la percepción del universo que recrean: los recuerdos provincianos, la admiración que despierta la presencia femenina y el comprensivo tratamiento poético de la doncellez, la sublimación del deseo, la referencia a elementos litúrgicos y algunos aspectos más. Incluso aparecieron con el sello de la misma casa impresora: Ediciones México Moderno. Aun si se quisiera pasar por alto el propósito expreso de compararlos, es inevitable hacerlo debido a las circunstancias coincidentes que obran sobre ellos.

                    Con la sed en los labios –que al decir de algunos biógrafos de su autor tuvo como nombre original En el remanso de mi vida– se configura en una discreta medianía que, sin carecer de méritos, no alcanza las cumbres líricas en que el libro de su paisano posó su acento, intenso y deslumbrante merced a la profusión de recursos técnicos y estilísticos que en él concurren. Su expresión convencional de las emociones y la monotonía que lo domina impiden una calidad a prueba del tiempo y sólo le aseguran un lugar testimonial en la historia de la literatura mexicana.

                    El volumen abre sus páginas con un introito que le dedica López Velarde, en el que rememora experiencias e impresiones de la infancia, entre ellas “el prístino lucero que te indujo / al apurado trance de la rima”.

                    Los poemas de Fernández Ledesma cosechan aciertos cuando describen contenidos anecdóticos que cabrían también en relatos ajenos a la forma versificada; un ejemplo de ello se encuentra en aquél en que un viajero llega a un establecimiento y, después de elogiar de muchas maneras la exuberante lozanía de la moza que lo atiende, se limita a pedirle una bebida de las que ahí se expenden, ante lo cual ella reflexiona: “Mi boca es fresca, él tiene sed, / y sin embargo bebe vino. / ¡Estos señores! Yo también / estoy sedienta; mas, ¿qué vino / he de beber para mi sed?” Algo parecido se observa en la composición que evoca la taza en que un niño se propuso capturar la huella de los labios de la primera mujer que conmovió sus sentidos.

                    Con toda seguridad, Fernández Ledesma logró reunir suficientes evidencias que le permitieron percatarse de que la poesía no entrañaba un terreno fértil para delinear con trazo firme su personalidad literaria, y por tal motivo se adentró en otros géneros en los que obtuvo frutos de mayor peso como lo demuestra, entre otros ejemplos, su libro de ensayos Espejos antiguos, de edición póstuma, en los que hace gala de una prosa pulida y serena.

                    Bienaventurados los escritores que fijan raíces en el punto exacto donde las musas los acogen sin reservas.

 

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