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David García González (v)

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Cuándo vivías en La Sierra, ¿pisaste el bote alguna vez?

Chingáo Pancho López me citó una vez junto con mi papá en la comisaría. Me estaban achacando el embarazo de una chica. Era yo menor de edad en ese entonces, por eso citaron a mi papá. La chica trabajaba en La Sierra con un doctor, era su asistente; yo sabía que el doctor y su esposa se reunían con los ingenieros de la empresa en Colonia a jugar canasta y esas cosas. Precisamente cuando ellos se iban, la chica me llamaba: ‘Daviiiiid, Daviiiiid…’ me llamaba. No quería ir precisamente porque estaba sola. ‘¿Qué, no eres varón?’ me decían mis amigos, pero ella no sólo quería conmigo, había otros muchachos, pero yo no lo sabía. A mí me tocaba los jueves. Aunque era un chavo, ya tenía mi experiencia: mi padrino Natalio me llevaba a la feria de Tizimín, junto con los contratistas de la fábrica. Tenían mucho dinero y les gustaba ir a un lugar non sancto. Mi padrino le pedía permiso a mi papá y me llevaba a ese lugar…Y ya sabes…

Chan huach me decían, porque era hijo de huach. Mi abuelo era don Cheto y le decían el Huach; entonces yo era chan huach, no huachito… Pues un día le hice caso a mis amigos y a la asistente del doctor: me fui con ella y todos felices… Hasta el día que nos citaron a mi papá y a mí por Pancho López en la comisaria…”

Era la hora del almuerzo. Cuando llegamos, estaba parada la muchacha allá en la comisaría. Ya se le notaba la pancita. Como era yo menor de edad, me mandó a la casa mi papá… Uuuuju, estaba yo temblando, esperando qué me iba a hacer o decir mi papá cuando llegue a casa… Al llegar, mi papá iba a darme en la ma…ceta. Mi mamá me aconsejó, me apoyó cuando se lo platiqué. Cuando llegó mi viejo, se interpuso mi jefa. ‘¿Qué vas a hacer?  ¡Porque no le vas a pegar!’, lo confrontó. ‘Lo que este chamaco necesita es consejo, ¡no le vas a pegar! No todo lo vas a arreglar con golpes…

Además, yo no lo busqué, me buscaron,” dice David a manera de justificación con una sonrisa pícara. “Entonces mi papá me dijo resignado: Primera y última. No voy a estar yendo a la comisaría a cada rato. Él averiguó y sacó la verdad: ninguno de los chamacos que nos citaron en la comisaría fuimos los responsables. Ella dijo quién fue, y lo resolvieron.”

Cuando me fui de acá, ya sabía yo manejar. Estuve trabajando de chofer. Manejé camión de tres, ocho toneladas. Me fui a la Ciudad de México a buscar un autobús en el que daba excursiones. Ya trabajaba en la Secretaría de Educación Pública de chofer. Como además sabía de carpintería, reparaba los muebles de la escuela, pintaba. No me quedaba parado. Cuando autorizaron mi cambio, el director de la escuela, Pablo Puc Cambranis, yucateco él, no quería que yo me vaya. Mi plaza se la dejaron a su hijo.

“Trabajaba en el Instituto Mexicano del Seguro Social en Pucté. Cubría descansos, vacaciones y ganaba bien. Ayudaba a las enfermeras, manejaba la ambulancia, hacía la limpieza. La sala de expulsión tenía que estar limpia y la desinfectaba a cada rato. Fíjate, Ariel, ¡asistí tres nacimientos!” me dice, ya en confianza.

En ese tiempo, como hasta ahora, mi esposa siempre me ha apoyado. Ella trabajaba de modista y a veces toda la noche estaba dándole. Me ayudaba mucho. Mis quincenas se las entregaba íntegras. Yo me apoyaba de mis viáticos, aunque también hacía mis chanchullos; como era el encargado de la brigada pues…” dice en voz baja, sonriendo.

Había lana, pero se iba en las chelas, sobre todo después del juego de pelota. Por cierto, gané dos campeonatos de mejor bateador. Era buen pelotero, robador de bases… Jugaba segunda o tercera base. En Cozumel jugaba tercera, segunda o short stop con el equipo “Casa Martín” en un torneo municipal.

Miguel Sosa y Rutilio Rejón jugaban con nosotros, eran de Izamal. Ellos me invitaron un día que me vieron lavando coches en el centro. Rutilio me reconoció y me presentó con el dueño del equipo.

Me fui a Cozumel porque me quitaron trabajo en Laguna Ocon. Entonces me llevó con Waldemar Escamilla, que veía al equipo, y me dieron de todo: zapatos, gorra, traje, todo…

Me buscaron chamba en el set de una película que se estaba filmando, la titularon “El jardín de la Tía Isabel”. Ayudé a hacer el barco que hundieron en la película. Trabajé de carpintero y de ayudante. Para darme el trabajo, me hicieron preguntas como ‘¿Conoces las herramientas?, ¿cómo se llama esta, o esta?’ Se los demostré. ‘¿Cuánto quieres ganar?’ Pues… ‘¿Te parece veinticinco pesos diarios?, ¿de nueve a seis de la tarde?

“El salario era de diecinueve pesos con quince centavos. Como pasaba agua el barco, había que achicar. Ellos dejaban la herramienta tirada y me ofrecieron dormir en el barco. Me pagaban treinta y cinco pesos por noche, aparte de lo que ganaba en el día, y claro que acepté. De noche tiraba mi cordel y sacaba pescado; cuando llegaban ellos en la mañana, veían que estaba comiendo pescado. ‘¿Y cómo le haces?’ ‘Tráiganme todo y yo saco el pescado,’ les dije. Se hicieron mis amigos. Ellos tomaban puro trago, yo les hacía mandados y me daban mi lana.

Continuará…

L.C.C.  Vicente Ariel López Tejero

vicentelote63@gmail.com

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