Crónicas de Cine, El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos

By on diciembre 19, 2014

 

13 años después de haberse estrenado “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” llega a su conclusión, al parecer, el relato cinematográfico de dos de las historias más veneradas de J.R.R. Tolkien: El Hobbit y El Señor de los Anillos”. El capítulo final, similar a lo sucedido con la saga de la Guerra de las Galaxias, viene siendo la precuela a esa trilogía: la historia del hobbit que vivía en un agujero en la tierra.

El Hobbit fue escrito a partir de las historias que contaba Tolkien a sus hijos antes de dormir y, además, está fuertemente revestido del clima de la posguerra que vivieron los ingleses (Tolkien nació sudafricano, por cierto) por lo que hay muchas alegorías y metáforas en sus historias que apuntan a lo que se vivió en la segunda guerra mundial. Al analizar tanto la historia de Tolkien como la película obtenemos el mensaje, la moraleja, de la historia: el oro (las riquezas, el poder) corrompen incluso a los hombres con los ideales más nobles.

Poseyendo la cuarta parte de la extensión del Señor de los Anillos, Jackson y su equipo alargaron la historia para filmar otras tres películas de la Tercera Edad de la Tierra Media. Parafraseando a Bilbo en La Comunidad del Anillo, se siente como si fuera mantequilla que ha sido aplicada sobre demasiados panes.

La Batalla de los Cinco Ejércitos es, antes que nada, otro logro visual de Peter Jackson y de Weta Digital. Con la experiencia de los años, el manejo de las perspectivas forzadas, de los panoramas digitalizados, de las batallas y de muchos de los personajes (Azog y Bolg, por ejemplo) son magníficos ejemplos de lo que la técnica ha avanzado en este período de tiempo. Mención aparte, por la riqueza de los detalles, merecen Smaug, el dragón, y Erebor, la fortaleza originalmente construida por los enanos pero que se convirtió en la guarida de Smaug y del oro y joyas que amasó.

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En la película, después de la destrucción por Smaug de la villa flotante en la que vivía Bardo, los elfos, comandados por Thranduil, emplazan a batalla a los enanos para recuperar una joya muy preciada para ellos y que Thorin, cegado por la ambición al observar los tesoros que Smaug ha recolectado a través de los años, se niega a entregar “porque todo es suyo”. A punto de pelear a muerte por esa joya, Bilbo le entrega “el corazón de la montaña” a Bardo y Thranduil para negociar con Thorin y evitar que se maten. Mientras todo esto sucede, Azog y Bolg han diseñado

Elementos no presentes en la historia original de Tolkien son muchos: la historia de amor de Kili y Tauriel, el Nigromante y los Nazgul, las apariciones de Galadriel, Elrond, Saruman (que en la época que relata la película aún era “Mago Blanco”) y Legolas, Alfrid. El punto que más contendieron los herederos de Tolkien, y que tal vez nos impida ver que El Silmarillion llegue a las pantallas de tan agraviados que se sienten, fue precisamente éste: que no se respetó la historia de Tolkien y que Jackson contó la suya. No lo perdonan.

La película de Peter Jackson entretiene, pero está muy lejos de la trilogía inicial de El Señor de los Anillos. Tal vez sea que hemos visto tantos avances en la cinematografía –lo que ha logrado Marvel con sus películas, por ejemplo, y la aplicación de la técnica de body-motion-capture que inició Jackson y que ahora se aplica en muchas otras como las nuevas reediciones del Planeta de los Simios– definitivamente afectan la impresión del cinéfilo y le roban un poco el poder de asombrarse ante las pinceladas digitales de Weta. Todo lo vemos “normal”, sin apreciar los detalles, sin imaginarnos el cuidado que se debe tener al armar la edición final, o los méritos de los actores que deben trabajar ante una pantalla verde y seguir instrucciones sobre la imaginaria escenografía que les rodea, sin verla porque será agregada digitalmente al filme.

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A pesar de contar con buenos actores, no pudimos apreciarlos. Así, Thorin (interpretado por Richard Armitage) únicamente demuestra emoción hacia el final de la película y nos deja con el deseo de haberlo visto un poco más alejado de su representación huraña y paranoica del rey de los enanos, y más cercano a ese Thorin que vemos después de la batalla. Orlando Bloom no alcanza a superar al Legolas del Señor de los Anillos, Martin Short (Bilbo) apenas descuella a pesar de, supuestamente, ser el protagonista del filme, y hasta Gandalf (Sir Ian Kellen) no logra contagiarnos como lo hizo en la trilogía inicial. No es culpa de los actores que no logren convencernos, sino del director.

En resumen, se trata de una buena película, cuidadosa en algunos detalles, pero que se ve muy apresurada en otros (lo filmado en la villa flotante después del ataque de Smaug francamente está para olvidarse, en mi opinión). Ni siquiera explica cuáles son los cinco ejércitos a los que alude el título, así que hay que llevar la cuenta de los que aparecen en la pantalla para llegar a esa cifra.

Peter Jackson tal vez quiso que esta trilogía de El Hobbit sirviera como lo que es: una precuela para que los espectadores entonces dirigieran su atención a su obra maestra de hace más de una década.

Pero a aquellos que hemos seguido estas historias desde esos días nos quedó a deber…

Ahora que está libre, será interesante ver qué películas nos ofrecerá. Ojalá y Guillermo del Toro, quien participó en la elaboración del guión, influya en él y nos presente más historias fantásticas.

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Gerardo Saviola

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