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Carmen Mendoza
En las frías aguas del Ártico vivían dos jóvenes narvales llamados Anik y Nanuk. Tenían largos colmillos en forma de espiral, tan brillantes que parecían grandes cuernos de unicornios marinos. Eran curiosos, juguetones y mejores amigos.
Una mañana, mientras el sol despertaba sobre los tempranos, Anik dijo emocionada:
––¡Vamos a jugar con las ballenas!
––¿Y mamá? Nos dijo que no nos alejáramos ––respondió Nanuk, dudando.
––¡Solo será un ratito! ––insistió Anik.
Así, desobedecieron y nadaron lejos, entre bloques de hielo delgados.
Al principio todo fue emocionante. Pronto el cielo se nubló y un barco rompehielos apareció. El agua se agitó, el hielo crujió, y los pequeños narvales quedaron atrapados y perdidos.
––¡Tengo miedo! ––lloró Anik.
––Yo también ––dijo Nanuk –– ¡pero tal vez nuestros cuernos puedan ayudarnos!
Recordando las historias de su madre, rozaron sus colmillos mágicos y, con el poder de su unión, una luz azul intensa brilló bajo las gélidas aguas. Esa señal guio a los narvales adultos hasta ellos. ¡Su mamá llegó justo a tiempo!
––Lo sentimos, mamá ––dijeron apenados.
––Me alegra que estén bien –– respondió ella con ternura ––. Hoy aprendieron que desobedecer puede traer peligros, pero también descubrieron la magia de su corazón.
Desde entonces, Anik y Nanuk siguieron explorando, con más cuidado y respeto. Siempre que alguien se perdía, usaban sus cuernos para guiar con amor y sabiduría.
Escuchar a quienes te aman también es una forma de proteger tu magia.
Colorín colorado, dos narvales han nadado,
entre olas y consejos, sus magias han resguardado.




























