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Oscar Contreras Tovar
Había una vez, en un claro del bosque australiano, una pequeña aldea donde vivía una pequeña canguro llamada Karen. Durante sus primeros meses de vida, vivió cómoda, calientita y protegida dentro del bolsillo marsupial de su mamá, Mamá Roo. Allí sentía el latido de su corazón, el vaivén de sus brincos, las dulces voces de canciones, poesías y palabras de apapachos que su mamá inventaba, porque su mamá era una poetisa.
Un día, como todos los canguritos, Karen creció lo suficiente para dejar la bolsa.
–Ya estás lista para saltar por ti misma, mi amor –le dijo Mamá Roo, con una sonrisa que escondía un pellizquito en el corazón.
Así, Karen comenzó su nueva etapa.
Primer día de escuela. Karen estaba nerviosa, iba a conocer nuevos amigos. Al llegar a la escuela, vio al pequeño koala, al tierno wombat, al serio equidna y a un tímido ornitorrinco, todos con sus mochilas y de la mano de sus mamás.
Las maestras los recibieron, formaron y dirigieron a los salones.
En clase, ya sentada, la maestra les pidió sacaran su cuaderno, lápiz, y colores. Algo la sorprendió. Cuando abrió su mochila, cada útil escolar estaba ordenado como por arte de magia: los lápices en una bolsita con cierre, los colores por tonalidad, el cuaderno forrado con su nombre… Todo estaba dispuesto de manera que fuera fácil encontrarlos.
–Esto lo hizo mamá –pensó Karen, y se le dibujó una sonrisa.
A la hora del recreo, abrió su lonchera. Dentro había un sándwich perfectamente empaquetado, acompañado de una nota escrita con hojas de eucalipto que decía: «Te amo, salta alto», y un cilindro con jugo de zarzamora.
Mientras comía, miró a su alrededor.
Vio a una pequeña koala con un moño en su perfecto peinado, a un demonio de Tasmania con su camisa impecablemente planchada, a una wombat con una bufanda tejida a mano… Cada uno llevaba un pedacito de su mamá con ellos, aunque ellas no estuvieran allí.
–“Ya no estamos en la bolsa de mamá, pero todas ellas siguen con nosotros, solo que ya no en una bolsa» –pensó.
De regreso a casa, al final del día, Karen observó cómo los demás animalitos volvían con sus uniformes sucios, con restos de tierra en las rodillas y despeinados. Observó algo más: las figuras maternales los esperaban con sonrisas. Se imaginó a sus compañeros llegando a su casa, las mamás cambiando sus ropas y lavándolas, preparando la cena y tapándolos en sus camas. Karen sintió una emoción caliente en el pecho. El mismo calor que antes sentía en la bolsa de su mamá.
Cuando llegó a casa, Karen dejó caer la mochila al suelo, y se lanzó directo a los brazos de Mamá Roo.
–¡Gracias, mami, por estar siempre conmigo, aunque ya no esté en tu bolsa! –le dijo apretándola fuerte.
Mamá Roo la abrazó más fuerte aún, acariciándole las orejitas.
–Mi amor… Tú siempre estarás en la mía, porque mi bolsa ahora está en mi corazón.
Así, mientras afuera el sol bajaba entre los árboles y los grillos comenzaban a cantar, Karen entendió que el amor de una madre nunca se va, solo cambia de forma. A veces es una lonchera, otras una mochila organizada, una oración… Pero siempre está allí.
Pasó mucho tiempo y Karen, en un intercambio escolar a otro país, mientras viajaba hacia Texas recordó el primer día de escuela, cuando aprendió a ver el amor de su mamá en los detalles pequeños. Aunque hoy volaba muy lejos de su mamá, en el fondo de su corazón sabía que aún vivía, de alguna manera tan real, en la bolsa más cálida del mundo.
FIN





























