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Rosy Murillo
Hoy, como todos los días de este largo verano,
me despertó el canto invisible de un colibrí.
No lo veo, pero lo escucho. Sé que revolotea entre las flores del patio,
como si cada pétalo escondiera un secreto nuevo.
Me quedo quieta, con mi taza preferida en mano, es la de flores rosas. Mientras tanto, a través de ella, observo cómo la vida ocurre mientras uno está ocupado pensando en cosas que ni han sucedido.
Sin embargo, lo pequeño —ese aleteo casi mágico— tiene el poder de detenerme.
Tal vez por eso amo el verano:
porque me obliga a bajar el ritmo,
a sudar la impaciencia,
a ver de nuevo lo que siempre estuvo ahí.




























