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Rita Cetina Gutiérrez
Magnífica hasta el cielo
te alzabas imponente,
tú, gloria de los reinos,
espléndida ciudad;
delicia de Semiramis,
orgullo de Nabuco,
de Oriente predilecta,
de Nínive rival.
El Éufrates bañaba
tus mágicos pensiles,
formando de tu suelo
magnífico un edén;
de impenetrables muros
y fuertes defendida,
tranquila reposabas
confiando en tu poder.
Felice te adormías,
gozando mil placeres
rodeada por do quiera
de gloria y esplendor;
altiva en tu grandeza
al mundo contemplabas,
rindiendo del destino
la furia y el rencor.
Mas, ¡ay! que llegó un día
tristísimo de duelo,
de lágrimas, de luto,
de horrible maldición;
en que tu regia pompa,
tu altivo poderío
trocóse para siempre
en cruel desolación.
Del hijo de Cambises
el indomable ejército,
hasta tus fuertes muros
resuelto penetró;
holló tu virgen suelo
del invasor la planta,
corrió la sangre a mares
y tu poder cayó.
Soberbia ciudad de oro,
orgullo de la tierra,
cayó sobre tu suelo
de Dios la maldición;
las santas profecías
tu ruina predijeron,
y desde entonces, ¡ay! triste
tu ruina comenzó.
Tus torres y palacios
cayeron a la tierra,
de Belo el templo hermoso
que gloria tuya fue;
tus altas atalayas,
tus ídolos queridos,
¡ay! todo por el suelo
rodó con tu poder.
En vano el Macedonio
tu antiguo poderío,
tu pompa y tu grandeza
te quiso devolver;
la muerte prematura
del vencedor de Persia,
altiva Babilonia,
tu muerte fue también.
Pasaron, ¡ay! los siglos,
pasaron las edades,
y nadie más tu imperio
osó restablecer;
estaba decretado
que ruina sólo fueses:
cumplióse la sentencia…
¡y todo ruina fue!
Ahora, ni vestigios
existen de tu gloria;
pues todo son escombros,
silencio y soledad;
ningún mortal habita
tu desolado suelo,
a fieras y reptiles
tan sólo abrigo das.
Ni el hijo del desierto
en ti su tienda planta,
pues huye amedrentado
de espanto y de pavor;
desamparada y sola
entre despojos yaces,
y el mundo te contempla
con triste compasión.
¡Hermosa ciudad de oro,
orgullo de la tierra,
cayó sobre tu suelo
de Dios la maldición!
Trocóse tu grandeza
y tu esplendor primero,
en soledad, escombros,
silencio y destrucción.
Violetas. Periódico Literario. Veracruz, tomo I, 1869, pp. 186-187.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























