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José Juan Cervera
La utopía es un terreno llamado a florecer en exuberancias tangibles cuya atmósfera desprende reverberaciones de una humanidad avezada en proyectarse fuera de moldes caducos.
Las proyecciones lúcidas parten de un deseo cristalino por reavivar el germen de una experiencia cuajada en pálpitos de porvenir.
En el equipaje del éxtasis redentor caben las sutilezas de la física cuántica y de la exploración de las galaxias.
La fusión de caracteres en el núcleo de la vida augura formas que articulan sus esencias en lenguajes incipientes.
La imaginación tiende cimientos que hacen palpable su lozanía secreta.
La clarividencia germinal esparce sangre insepulta en intersticios diurnos mientras espera la noche para fluir con el aliento de los astros.
Entre patrañas guarecidas en aridez existencial brota una luz que desnuda fuerzas en crecimiento y rémoras contumaces.
La utopía yace bajo capas de transparencia que sus antagonistas confunden con el vacío que los engulle bajo el peso de sus desplantes.
El empeño que consagra los dones del constructor de utopías echa raíces en el terreno que irrigan manantiales revelados en conexiones fluidas.
Quien no reconozca la limpidez de tu temple, acaso sea refractario a su propia evolución.




























