Chiquita – La Grandeza No Tiene Tamaño

By on septiembre 14, 2016

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Chiquita – La Grandeza No Tiene Tamaño

En la primera página estaba el nombre y el año: “Gloria González León de Alonzo, 2010”. Por las letras – anacrónicas, manuscritas, un tanto inseguras y temblorosas – dedujo que se trataba de una persona de edad madura. Luego observó que los filos de las solapas estaban un tanto desgastados. Enseguida apreció que el libro se leyó hasta cierta página, dado que se observaba una mancha un poco más oscura y continua por el uso.

El ejemplar le parecía había sido traído de aquí para allá, quizá en la espera de los servicios públicos de medicina, en la espera ante una ventanilla de banco, quizá en la sala de espera de algo, o esperando por alguien.

Acometió enseguida la lectura como pocas veces: un ejemplar relativamente inconseguible por el precio, el cual adquirió casi un setenta y cinco por ciento debajo de su valor comercial en las librerías de la ciudad, y por el formato. Ahora solo había visto ediciones de bolsillo, voluminosos y de letra muy pequeña. La vista ya no estaba para estos trotes. El libro estaba en buenas condiciones, quizá solo un diez por ciento de deterioro.

Desde que apareció aquel año deseó leerlo. El autor no es del gremio literario oficialista, del establishment literario, pero sí representativo de los creadores de la diáspora – Antonio Orlando Rodríguez, Ciego de Ávila, Cuba, 1956 – y de la literatura de aquel país. La reconstrucción histórica, los modos y giros del habla cotidiana, los personajes que lo habitan y cuyos destinos se cruzan y descruzan, aquilataban el nombre del premio impreso en la portada

Siguió leyendo en la página 25 y encontró el primer doblez de una hoja sobre la citada página; luego otros en la 39, 41, casi seguidos, uno muy discreto en la 74; los triángulos que quedaron en la epidermis del papel continuaron cada dos o tres páginas – la lectura avanzaba muy lentamente –, el último en la 187; acciones de la anterior dueña, por cierto, que él evitaba en el uso, trato y conservación de los libros que eran suyos porque existen los marcadores de lectura, o cualquier nota, etiqueta, tarjeta, recorte de papel puede suplir el mentado señalador.

Esas señalizaciones parecían como las marcas estratigráficas de un pasado reciente: de cuando la lectura o el lector pasa por estos sitios. Unas veces los dobleces estaban hacia los números pares, y otros hacia los impares. Dedujo lentitud; quizá el estilo o el tema no terminaban de cuajar en el agrado de su poseedora.

Unos días avanzaba dos páginas, otros tres. La lectura se detiene definitivamente en la página 206, Capítulo XI; quizá ya no fue del gusto de la lectora, quizá sintió que la historia perdía fuerza, quizá que se introducía por otros rumbos que no eran ya de su gusto o preferencia.

Haciendo un balance, se dio cuenta que entre la publicación del libro y haberlo conseguido transcurrieron ocho años. Un santiamén en el tiempo y la historia. Lo más importante es que nunca perdió la esperanza de conseguirlo y leerlo.

Este ejemplar pertenece a la colección de una editorial y fue la versión 2008 del premio; antes, de esta misma colección, pudo obtener el de 1998, primera versión del premio que laudó dos obras y dos autores: Margarita está linda la Mar de Sergio Ramírez y Caracol Beach de Eliseo Alberto, uno nicaragüense y el otro cubano. El cubano sitúa en espacios intemporales o en tiempos sin espacio sus historias: podría ser Miami o La Habana. Podían ser cualquier sitio: donde hay más de dos cubanos hay una historia cubana, y habanera, para más señas. Y Ramírez, en León, en la tierra del poeta universal nicaragüense Rubén Darío.

Espiridiona Cenda – “Chiquita” –, una joven matancera de solo veintiséis pulgadas de estatura, llega a Nueva York de fines del siglo XIX, obligada por la circunstancias económicas y militares de su patria, pero con el deseo de triunfar como bailarina y cantante. Es la biografía imaginaria de un personaje real que recrea con libertad, y mediante la fabulación, las aventuras y desventuras, las pasiones amorosas – es una mujer seductora e independiente que se convirtió en celebridad del vodevil – y las ferias de seres excepcionales de una época entre dos siglos

En esta historia el fondo, por lo menos uno de ellos y el detonante de toda, son las guerras de independencia cubanas: la de los diez años y la del 95. Como es ficción, y no tanto una obra o ensayo histórico, el autor se permite conjeturas u opiniones; por ejemplo, que los líderes Máximo Gómez y Antonio Maceo eran hombres decididos y radicales: había que degollar a quien se opusiera a la independencia, había que confiscar o, dado el caso, quemar toda plantación, ingenio y bohío que fuera propiedad o en el que hubiera presencia de españoles.

Jose Martí, en una muestra de valentía, monta a caballo y es en ese mismo momento ejecutado. Cuando el apóstol era un hombre de pensamiento, de letras, un ideólogo, su arrojo de valentía fue para acallar las voces críticas de algunos mambises de hombre culto y, por lo tanto, blandengue.

El personaje principal de esta historia, “Chiquita”, cita personajes que son de relevancia y pertenecen a la tradición poética de Cuba, de Matanzas en particular, José Jacinto Milanés. Cita a compositores criollos de aquellos años – Manuel Saumell, Ignacio Cervantes, Sebastián Iradier – y canciones “Toma, Tomás”, “La suavecita”, “La carcajada”, “Duchas frías”, “La Paloma”, “Chin chin chan”, “La frutera mulata”, “El arreglito”; danzas, contradanzas y habaneras.

Todas estas canciones se pueden escuchar y mirar por YouTube en versiones actuales. La característica principal de ellas es, obviamente, la influencia rítmica y de acordes españoles. Por ser cubanas pensaríamos que suenan como en la actualidad son las canciones. Sin embargo, son parte de la tradición cubana y pertenecen al cimiento y legado que hoy da sentido y unanimidad a las ricas expresiones musicales de la cultura cubana.

El libro es “Chiquita”, de Antonio Orlando Rodríguez, el premio de Alfaguara 2008. 550 páginas. Primera edición, abril de 2008.

Juan José Caamal Canul

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