Canil Bej

By on noviembre 29, 2016

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Canil Bej

Han pasado muchos años y aún no he podido olvidar un suceso que les voy a contar. Es algo difícil de creer, pero aseguro que así sucedió.

Por razones de mi trabajo como maestro, andaba en lejanas, incomunicadas y pequeñas comunidades rurales del oriente de mi Estado, cuyos habitantes adultos fueron mis asesores en ese difícil arte de entender a la humanidad, sus problemas, la forma de enfrentarlos y encontrarles solución con los conocimientos que heredaron de sus antepasados, los mayas.

En esa ocasión, cerca de la una de la tarde, hora en que el sol sofoca a los caminantes, iba precisamente a pie por el rumbo de Mucel, en viaje de retorno de la bella Zací, después de hacer las compras de lo más indispensable para una quincena. No tenía compañía y, cuando se anda solo por esos rumbos, hay que estar alerta.

Escuchaba el canto de los pájaros y de los gallos; esto último, anunciando la proximidad de alguna vivienda. De pronto, se hizo silencio, y a poco rato comencé a oír un llanto triste, acompañado de sollozos que indicaban que quien lloraba hacía mucho rato que lo hacía, y ya se había cansado.

Al poco rato vi un jacal y, a medida que me acercaba a él, percibía con claridad el triste llanto. Me ganó la curiosidad y quise averiguar que ocurría.

Me paré en la puerta y saludé: “¡Buenas tardes! ¡Buenas tardes!”

Al no obtener respuesta, pedí un poco de agua para calmar mi sed, en la seguridad que me la darían porque en esos rumbos jamás niegan ese favor.

Me atendió una jovencita que me dijo:

-“¿Qué quieres?”

-“Un poco de agua, por favor.”

-“Já, está bueno, ahorita.”

Y fue por el agua, que trajo en una blanca jícara. Dándomela me dijo:

-“Mi mamá está curando a mi hermanita.”

Mientras daba cuenta del preciado líquido, de reojo pude ver la siguiente escena: acostada en un chinchorro estaba una pequeña niña como de tres años, cubierta únicamente con un desteñido hipil y con los brazos extendidos en forma de cruz. Era la que lloraba. Presentaba en el tobillo del pie izquierdo, y en la muñeca de su mano derecha, sendos granos duros y blancos, a punto de reventar.

Eso era lo que le producía tanto dolor, y era peor cuando chocaba con algo, o si se los tocaban. Ahí estaba su mamá, con un pedazo de taza en la mano, dispuesta a cortar los granos, “para drenarlos, sacar todo lo malo hasta que la sangre que escurriera fuera roja,” según dijo, y luego aplicar en las heridas una pasta que previamente había preparado moliendo una serie de hierbas. Con eso, pronto dejaría de sufrir la niña.

En otra hamaca de henequén tan pequeña, dura y vieja como la que ocupaba Chan X-Leonor – así se llamaba la niña –, estaba su abuelo, padre de X-Canda, la mamá, quien era una joven viuda. Por mi presencia, el abuelo se puso de pie, presentándose primero:

-“Soy H-Tino.”

Y luego vino a saludarme cariñosamente y a decirme.

-“La niña a la que están curando es mi nieta, es inquieta como una ardilla, traviesa como chiva y terca como una mula cuando ya no quiere andar; nos preocupamos mucho de ella, pero ella nos descuida y sale a corretear a la calle, subirse a los árboles, la batea, el canché y las albarradas. Nos gana, corre más rápido que nosotros y no pasa día que no esté con dolencia. Todavía hace unos días yo mismo le curé sus piececitos que estaban infectados con pulgas de los cochinos, no sé si las conoce, les dicen alchic. Se introducen bajo la piel y primero producen una comezón agradable, pero se reproducen rápidamente, formando unas bolsitas que hinchan las partes del cuerpo que invaden, y entonces producen intensos dolores que, si es en los pies, el atacado no puede caminar. Esos malditos animales viven en el polvo y son de temporada, como ahora en la que estamos: hay mucho sol y no llueve. Eso de los alchiques no es nada, ya la ha mordido una culebra de regular tamaño que trató de quitarle al gato y que, afortunadamente, no era venenosa; pero el gato la rasguñó por jalarle su alimento. Varias veces se ha caído en la pila de agua donde beben los animales, entre ellos las abejas, que la han picado tanto que ya ni les hace caso. Lo que ahora tiene no estamos seguros qué es, porque anda correteando a las palomas, las gallinas, perros y gatos; también se sube a las albarradas. Según la forma, color, dureza y dolor de los granos, pensamos que le picaron su sombra por el Canil Bej.

Me sorprendió que dijera Don H-Tino que a la niña le picaron su sombra y por eso exclamé:

-“¡Cómo, Don H-Tino! ¡No es posible! No hay nada que pueda agarrar, tocar, y menos picar a la sombra de una persona.”

-“Bueno,” -dijo Don H-Tino con toda la calma del mundo- “allá en tu pueblo tal vez no, pero aquí en los montes del oriente de nuestro Estado, sí. Los Canil Bej son culebritas que viven a la vera de los caminos, sobre las hierbas o entre las piedras; son como gusanitos transparentes, casi invisibles que, cuando la gente pasa cerca de ellos, le pican su sombra. La víctima, al momento no siente nada, pues no la pican a ella sino a su sombra; pero, pasando algún tiempo, aparecen en la piel unas manchas blancas, encarnadas o negras, según el color del Canil Bej que le picó su sombra. Hay Canil Bej blanco, Canil Bej rojo y Canil Bej negro. Esas partes de la piel comienzan a hincharse y a producir calentura, dolor de cabeza e inapetencia; son tumores que, cuando ya están maduros, se cortan con el filo de una taza o vidrio limpio, se le saca toda la materia y se exprimen con fuerza para que salga todo lo malo. Una vez hecho eso, se lavan las heridas con agua de limón, se secan, y se les pone una pasta preparada con hierbas” -según receta de Don H-Tino: “siete hojas de chaya del monte asadas, tres de xucul o verdolaga, 13 de xanab mucuy o sandalia de la tortolita; media hoja de xk’o’och’axx (higuerilla de monte o huarumbo) y 33 hojas de hierbabuena.”

La niña, que escuchaba con atención lo que decía su abuelito, comprendió que debía dejar de llorar, permitir que la curen y aguantar el dolor. Una vez terminada la curación en la forma y cuidados que dijo Don H-Tino, Chan X-Leonor se quedó dormida, muy quietecita en su dura hamaca de henequén. Al verla tan calmada, me despedí de la mamá, del abuelo y continué mi viaje. Me faltaba para llegar a Mucel lo menos 25 kilómetros, que en tiempo serían unas cinco horas.

En ese lapso, pasaba en mi mente el suceso que ya he contado, y todavía dudaba que el Canil Bej pica la sombra de las personas y les hace mal.

Llegando a mi destino, lo primero que hice fue ir a ver a Don Antonio Azcorra, vecino del lugar y reconocido curandero del rumbo, para contarle la experiencia. Él se encargó de ampliar la explicación. Entre otras cosas, me dijo:

-“Muy buena medicina le pusieron, y a tiempo. Cuando no es así, las hinchazones desaparecen al sacar uno la materia, pero se vuelven a hinchar una y otra vez, debilitando al enfermo hasta que se muere… Lo raro es que esos granos, tumores o heridas, como les quieras llamar, no se transmiten a otra persona, aunque estén cerca del enfermo, lo cuiden, le den su comida e incluso coman en el mismo plato. Para que sufran esa enfermedad, les tiene que picar la sombra por el bendito Canil Bej.”

-“¿Y por qué le dices bendito, si hace tanta maldad?” -pregunté.

-“Porque pensando que es bendito ‘es la contra’ y nunca me atacará.”

Notando mi desconcierto, mi amigo Don Antonio Azcorra, me dijo:

-“¡Ya! Deja de pensar en ese asunto. La niña Chan X-Leonor, como le dices, pronto se pondrá bien y dejará de sufrir, tendrá dulces y agradables sueños por efecto de la medicina, especialmente por la hierbabuena que es fresca y olorosa.”

Pasados los días de la quincena, de nuevo fui a Valladolid pero, como aún no olvidaba a Chan X-Leonor, a la vuelta fui a visitarla, llevándole de regalo una hamaquita blanca y suave de hilera, panes y dulces. Ya no estaba acostada y, al preguntar por ella, el abuelito exclamó:

-“¡Hum! Anda en lo mismo: tras los perros, gatos, gallinas y cochinos, pues no tiene otros juguetes; no descansa la inocente, las cosas que le pasan, por malas que sean, pronto las olvida. Dios la cuida porque aquí todos tenemos que trabajar; si no lo hacemos, no comemos.”

Pedí que me permitieran verla y en el acto comenzaron a llamarla:

-“Chan X-Leonor, ven Chan X-Leonor, ven…”

Después de largo rato, se presentó. Primero acechó como un gatito tímido o desconfiado, luego como xux que quiere picar, y después como manso cordero. Así, ya quietecita, pude apreciar lo negrita que estaba por el sol.

La llamé por su nombre, y enseguida se acercó a mí. La abracé en silencio, le di un beso, y miré las partes donde tenía sus granos. Con sorpresa observé que no había quedado marca alguna.

Me despedí de ellos, continué mi marcha, y durante todo el camino iba repitiendo:

-“¡Bendito Canil Bej! ¡Bendito Canil Bej! ¡Bendito Canil Bej! ¡Bendito Canil Bej!”

Muulmeyajv_1

Elly Marby Yerves Ceballos

Continuará la próxima semana…

2 Comments

  1. Claudio Ramírez

    diciembre 4, 2016 at 6:41 pm

    Muy buen relato. Gracias.

  2. César Ramón Glez. Rosado.

    diciembre 8, 2016 at 8:57 pm

    Saludos Maestro Elly Marby. Felicitaciones por sus interesantes y amenos relatos.

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