Fidel Castro Ruz, La Muerte de un Dictador

By on noviembre 29, 2016

Perspectiva

Foto de David Hume Kennerly/Getty Images

Foto de David Hume Kennerly/Getty Images

Fidel Castro Ruz, La Muerte de un Dictador

“Lloren por nosotros, oprimidos en miedo,

Encadenados y esposados,

La libertad ahogada, viviendo en temor

Desde que el Tirano tomó el poder”

Tyrant, Judas Priest

“Ha muerto Fidel Castro Ruz, pero no ha muerto la dictadura mafiosa” expresó la dirigente social cubana que vive en aquella isla caribeña y que encabeza a las Damas de Blanco, denunciantes de las violaciones a los derechos humanos en la isla, esposas muchas de ellas de prisioneros políticos y de conciencia.

Para muchos de nosotros, Fidel Castro fue una figura política que personificó muchas cosas buenas, y otras tantas cosas malas. Junto con el Che Guevara, un sanguinario guerrillero a quien los románticos también han convertido en un adalid de la “gente buena” sin prestar atención a la cuota de sangre que cobró a sus víctimas, Fidel guio a su pueblo en el levantamiento armado que buscaba revertir las condiciones desiguales en que se vivía en Cuba durante la dictadura de Batista. Posteriormente, Fidel colaboró con aquellos que dieron caza al Che Guevara, y se erigió como el líder y máximo dirigente de Cuba, sin elecciones de por medio, por casi medio siglo.

Fidel astutamente se alineó con la Unión Soviética, adoptando el socialismo como doctrina política, consintiendo en convertirse en el satélite y espía más cercano al “imperialismo” yanqui, a cambio de la tutela y ayuda económica de los soviets, hasta que los problemas del Kremlin fueron lo suficientemente graves como para que tuvieran que dedicarse a atender lo que les corroía por dentro, lo mismo que vive Cuba, por cierto, dejando a su suerte a quien había sido su aliado. El socialismo no es algo que a la larga sea apreciado por el ser humano, y las paupérrimas condiciones en que vivían los habitantes, aunadas a la corrupción y lujos de los encargados de la política soviética, fueron canalizados por Gorbachov y el movimiento de renovación social que alimentó su glasnost y su perestroika, que a su vez se habían alimentado de lo que había detonado Lech Walessa con Solidarnöz en Polonia, llevando a la disolución de la otrora orgullosa U.R.S.S.

A pesar de lo que vio suceder en aquella potencia, Fidel desperdició otros treinta años después de la caída de la cortina de hierro, empeñado en seguir un modelo que todos vimos que había fracasado rotundamente, demasiado orgulloso y embebido en sus palabras, revestidas ya de soberbia manifiesta.

Fidel fue quien impulsó el orgullo y patriotismo cubano hasta las nubes ante las intromisiones de los Estados Unidos en su país, efectivamente repeliéndolos tanto a través de las armas (Bahía de Cochinos, Playa Girón) como a través de acciones que impulsaron la cultura, la educación, los deportes, convirtiendo lo que era un ataque dirigido a él en una afrenta a todo el pueblo cubano, derrotando y humillando en la palestra mundial muchas veces a los norteamericanos.

También son de aplaudirle las incontables ocasiones en que prestó ayuda humanitaria, dentro de sus limitaciones, a países asolados por epidemias o desastres naturales; así como asegurar un plato de comida, también dentro de sus limitaciones, a todos los cubanos que vivían en pobreza extrema. El nivel cultural del pueblo cubano y el nivel de atención en cuestiones de salud son alabados en todo el mundo. Pero es evidente que no existe la libertad de expresión que, por ejemplo, tenemos en México.

Tal y como ha sucedido incontables veces en la historia de nuestro atribulado país, Fidel enarboló la bandera de la revolución con la mejor de las intenciones iniciales, para ser corrompido por el poder y, al hacerlo, condenando a su pueblo a una vida de privaciones de las que él no sufrió ninguna. ¿Alguno de ustedes lo vio mal vestido, comiendo yuca o las raciones que el resto de su pueblo tenía que soportar, o lo vio siendo impedido acceder a las zonas destinadas como “únicamente” para el turismo extranjero? ¿Cuántas veces pudieron visitar otros países sus gobernados, mientras él conocía el mundo a sus expensas? ¿Y qué tal el ejemplo que dejó a sus “ahijados”, otros “iluminados” que probaron las mieles del poder y no lo desean soltar sino hasta morir – como sucedió con Hugo Chávez –, algo que Daniel Ortega, Evo Morales, Nicolás Maduro, Rafael Correa y otros en esa caterva de lidercillos continúan haciendo, cambiando las constituciones a modo, originalmente democráticas, de sus países?

Pero tal vez lo más vergonzoso en la historia de la dictadura que protagonizó Fidel por casi cincuenta años fue que nunca aceptó disidencia alguna, encarcelando y desapareciendo a todos aquellos que osaban cuestionar su liderazgo, llamando lumpen a todos aquellos que decidieron escapar de la situación que vivían en la isla, buscando el sueño americano – léase mejores horizontes –, a través del puerto de Mariel. ¿Y cuántos cubanos, de todas las edades, perdieron la vida en frágiles embarcaciones que se hacían a la mar, intentando llegar a las costas de Estados Unidos? ¿Cuántos más dejaron a sus familias buscando algo mejor, una promesa de un mejor futuro? ¿Es eso una señal de que todo iba bien en la isla?

Fidel no fue capaz de entender que un buen político – hablo de los ideólogos, no de los corruptos mexicanos que ya conocemos y que abundan – debe negociar incluso con aquellos que disienten de su manera de pensar, buscando siempre maneras de beneficiar a su pueblo, abriendo sus fronteras a la inversión, tendiendo puentes y lazos con todo el mundo, en vez de convertirse en el adalid de una pelea que ya no tenía razón de ser. No aplaudo las sanciones norteamericanas a Cuba, quiero dejarlo claro, pero tampoco aplaudo la cerrazón de los dictadores, y Fidel lo fue, estrangulando las ilusiones de varias generaciones de su gente.

Fue hasta que su hermano Raúl lo relevó en el poder que la historia cubana comenzó a cambiar. Si bien lentamente, las puertas cubanas que se han abierto al mundo difícilmente serán cerradas nuevamente, y acaso el pueblo cubano ahora pueda recibir más de lo que requiere, sin tener que recurrir a lo que ha hecho por tantos años.

Desde esta perspectiva, se fue Fidel y ciertamente la Historia no lo absolverá como pretendía. Creo que le dará el lugar que muchos otros antes han ocupado, considerándolo tan solo uno más de los que fueron buenos líderes revolucionarios en sus inicios, pero intransigentes dictadores cuando lograron el poder.

Gerardo Saviola

gerardo.saviola@gmail.com

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