Canek, Combatiente del Tiempo (XIV)

By on diciembre 1, 2023

Letras

III

5

Martín Galiano y su novia Beatriz no supieron del episodio sino hasta más tarde: una vez que hubo concluido el recital, la pareja había abandonado la sala para refugiarse en el rincón de un apartado corredor de la residencia, donde se la pasaron conversando o haciendo lo que suelen hacer los enamorados a la luz de la luna. Tampoco el gobernador y su esposa se enteraron de lo ocurrido, hasta después, cuando uno de sus guardias personales les fué con el chisme:

–Pero si yo consideraba al Sr. Sánchez todo un caballero –respondió Crespo.

–Todo lo contrario, Su Señoría –aclaró el guardia–. Los indios lo odian y le llaman entre ellos perro rabioso. Incluso algunos encomenderos le dicen así.

–¡Qué barbaridad! –se quejó la señora–. Bien que se merece el sobrenombre. Humillar y patear a un sirviente nada más por un pecadillo… No hay derecho de llegar a tales extremos y menos en Yucatán, donde los indios son mansos de naturaleza. ¿No crees, Pepe?

–Por supuesto, querida –respondió el gobernador con ciertos trastabilleos culpa de las muchas copas ingeridas–, por supuesto. No hay que tomársela con los indios… ¡No señor! No en estas benditas tierras donde no le hacen mal a nadie y obedecen al amo. Pero parece que el Dr. Lorra, que es fuerte como Sansón, puso en su lugar al encomendero Sánchez… esto es –rio– al perro rabioso.

–Pero lo hizo urbi et orbi, como dice el Santo Papa, y eso es lo censurable de todo esto –irrumpió la enfadosa voz del licenciado Maldonado que se hallaba bebiendo de su vaso de horchata próximo a Crespo y a su esposa–. Acaso el señor Sánchez hizo mal en corregir así al criado por su negligencia, pero el Dr. Lorra empeoró las cosas avergonzando en público a un encomendero tan honorable como don Francisco.

–¡Vamos, vamos, licenciado! –replicó Crespo con los ojos semicerrados y la inestabilidad del borracho–. ¡No os hagáis el tonto! El señor Sánchez no tiene nada de honorable; todo lo que tiene es plata, acaso demasiada. Además, es harto conocido por su alcoholismo y su afición por flagelar a sus indios más de la cuenta… Pero ya: por ahora olvidemos este desagradable incidente y dispongámonos a saludar a los tórtolos que aquí vienen.

–¿Tórtolos? –preguntó Maldonado, asentando su horchata en una silla vacía.

–¡Hombre, licenciado! Aquí no hay otros tórtolos que el maestro Galiano y su novia Beatricita, la linda hija de nuestro anfitrión.

La joven pareja se unió al pequeño grupo formado por el gobernador y su esposa, Maldonado y el encomendero Francisco de Reinoso. Todos besaron a la novia y abrazaron a Galiano, con excepción de Maldonado, que se hizo el desentendido. En cierto momento prendió un cigarrillo y aproximándose discretamente al organista, le dijo por lo bajo: “Creo que no hemos sido debidamente presentados, señor…”.

–Galiano, Martin Galiano–respondió el joven que no quiso aludir a lo ocurrido en el jardín de la casa de Reinoso días antes.

–¿De las Islas Canarias?

–No señor, de Sevilla.

–Venimos de mundos diferentes, Sr. Galiano. Yo soy el licenciado Sebastián de Maldonado, fiscal de Yucatán, nacido en la Gran Canaria.

–Es un honor conoceros personalmente, aunque en Yucatán ¿quién no ha oído hablar del licenciado Maldonado?

–En qué concepto, maestro: ¿malo… o peor? –preguntó Maldonado, dejando salir suavemente de su boca el blanco hilo de humo de su cigarrillo.

–En el mejor, por supuesto.

–Os agradezco el cumplido. Y ahora debo añadir que vuestro rostro me es familiar de alguna parte, pero mi mala memoria me impide ubicaros con claridad. No importa, tal vez otro día lo recordaré.

Enseguida ambos se unieron de nuevo a la conversación alrededor del gobernador, justo a tiempo para escuchar a Beatriz ofreciendo disculpas por el desaguisado que había armado Sánchez momentos antes.

–No tenéis porque ofrecer disculpas, preciosa –le dijo doña María–. No ha sido vuestra culpa. Cosas como esas ocurren en todas las fiestas.

De pronto se dejó ver el apuesto rostro de Argáiz, el anfitrión:

–No tendremos más alboroto por esta noche –anunció con cara de satisfacción–. He despachado a mi compadre y a su esposa en mi calesa, instruyendo al cochero que los deposite sanos y salvos en su residencia.

–Qué alivio –comentó doña María Ignacia.

–El problema estribó en que mi compadre –explicó Argáiz– ya había bebido no sé cuántas botellas de vino a lo largo del día y llegó al recital borracho como una cuba. Es de lamentarse lo ocurrido y que mi invitado haya pegado de patadas al pobre Diódoro Pech, nuestro camarero, que es sólo un muchacho con poca experiencia en el servicio, que propició, acaso sin proponérselo, el lamentable accidente. La oportuna intervención del Dr. Lorra impidió que le rompieran las costillas…

–Para algo que sirviera ese lunático –se burló Maldonado–…

–¡Ay, licenciado! –protestó doña María– ¿Por qué le llamáis lunático? Es un doctor de la iglesia…

–Porque es un lunático, señora –insistió Maldonado–. No lo estoy inventando: toda Mérida lo tiene por loco; vive solo en su capilla de San Cristóbal, duerme en una hamaca deshilachada, y almuerza de pie cualquier cosa en los sucios puestos de comida de la placita. Pero su peor pecado es su pasión por los indios a los que defiende a capa y espada sin medir las consecuencias en sus actos.

El maestro Galiano pensó que había llegado el momento en que tenía algo que decir.

–Bueno –explicó–, yo he acudido a algunas de sus misas, licenciado, y siempre habla con elocuencia y sabiduría. En una fonda de San Cristóbal hemos tomado café y conversado largamente, y creo que es un hombre brillante, dueño de una conversación inteligente que no tiene nada de lunática. Lo siento, licenciado, pero no estoy de acuerdo con vos.

–¡Hombre, muchacho! –Maldonado esbozó una sonrisa burlesca–. Vos sois libre de pensar lo que os plazca, pero no me convenceréis de que Lorra no está rematadamente loco.

El gobernador, aplastado en su silla con la mirada perdida del ebrio, golpeó con fuerza dos veces en el piso con su bastón:

–¡Basta caballeros! –exclamó–. No hemos venido a la casa del Sr. Argáiz a discutir las virtudes o defectos del Dr. Lorra. Si el párroco ama o no a los indios es cosa suya. Nosotros estamos aquí para pasarla bien, una vez deleitados con el recital de la no menos bella y talentosa Beatriz. Escuchad: ya están sonando las gigas y las contradanzas y podremos gozar el baile; yo, por lo menos, mirando a los bailadores.

Al ver al gobernador de tan buen humor, el joven Galiano aprovechó la ocasión para acercarse a Crespo:

–Perdonad Vuestra Señoría –le dijo–, sólo desearía recordaros el asunto que ya hemos tratado.

–¿A qué asunto os referís, muchacho?

–Al puesto de Maestro de capilla de la ciudad, ¿recordáis?

–¡Hombre, cómo me voy a olvidar! Pero ya os he dicho que esas cosas toman tiempo. Tened un poco de paciencia.

Y golpeando de nuevo el suelo con su bastón a modo de beat, comenzó a seguir el ritmo de la contradanza, cuya melodía silbaba libremente. En esas estaba cuando vió pasar al camarero, que ya no era el vapuleado Diódoro sino un criado más entendido en el oficio. Crespo cortó el hilo de sus silbidos:

–¡Ea, camarero!

–Sí, Vuestra Señoría –dijo el criado–. ¿Qué mandáis?

–Sírveme otra copa, viejo, pero cuida de no ser visto por mi esposa –precisó Crespo.

–¿Más vino, Su Señoría?

–No, ya me harté del vino. Que sea ajenjo.

–Enseguida, Su Señoría –dijo el camarero y fue por el ajenjo.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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