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Baldemar, Un Obrero Sensible

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Apuntes desde mi Casa

Cuando se construyó la casa que todavía habitamos, nos recomendaron a un trabajador llamado Baldemar Flores Mendoza, de Ciudad Díaz Ordaz, para que se hiciera cargo de la albañilería en jornada completa. Tan pronto la obra fue habitable –aunque faltaba bastante por hacer– nos cambiamos a ella. Baldemar se alojó en la pieza del fondo del patio y le proporcionamos un televisor para que se distrajera en las noches.

En una ocasión, con los buenos modales que tanto le apreciábamos, nos dijo que en vez de la televisión prefería algunos libros para entretenerse. Lo invitamos a pasar a la biblioteca para que escogiera a su gusto y, después de dos semanas, se acercó solicitando un momento disponible para hacer un comentario. Dijo haber terminado a completa satisfacción Cien años de soledad y quería compartir su entusiasmo opinando que, si en sus manos estuviera, le daría un premio al autor. Tres meses después, García Márquez recibió el Nobel de Literatura, así que aplaudimos no precisamente los honores al escritor colombiano sino el atinado discernimiento de un obrero sensible.

Nos asombraba con sus juicios sobre los libros que fue devorando hasta en horas de la madrugada. De repente decía: «Ya no me gustó Carlos Fuentes, se ha vuelto un pesado» (y eso era cierto); o «Canek es una obra maestra» (cierto, también), y en este tono, libro tras libro…

Como todo habitante de la franja ribereña tamaulipeca, Baldemar era un hombre confiable y de palabra. Con su vestimenta gastada, sus ásperas manos y el cabello blanqueado por el polvo, trajinaba todo el día de manera aparentemente incansable. A la hora de la comida acostumbraba dirigir amables expresiones a la confección de los platillos, de los que daba cuenta con apetito voraz y luego, en sus momentos de descanso, jugaba con nuestros hijos. Entrada la tarde, se sentaba en la banqueta del patio, a leer.

Durante una temporada estuvo entre nosotros mi amiga Maritza Arrigunaga; acuciosa observadora que siempre ha sido, hizo un descubrimiento: después de su baño y con la camisa planchada, Baldemar se parecía mucho al actor Harrison Ford, entonces los niños comenzaron a referirse a él como Indiana Jones, actitud que imitaron los vecinitos de la cuadra, quienes venían a jugar a casa todas las tardes, sin falta.

En virtud de que eran chiquillos bien cuidados, tenían escasas oportunidades de realizar acciones intrépidas, pero considerando que Indiana Jones convivía con ellos, en un pacto secreto del que nos enteramos veinte años después, bajo su vigilancia repetidas veces subieron a la azotea, desde donde arrojaban piedras al patio. Todos querían parecerse a él, por eso algunas ocasiones consintió en embarrarlos de mezcla o empolvarlos con tierra para luego lavarlos a manguerazos; les permitió acarrear ladrillos y tuvo que curar algún dedo machucado. Cuando ya no podían hacer travesuras afuera porque el invierno se presentaba crudo, los enseñó a jugar dominó en la cocina y les pedía sus comics como prenda, evitando la costumbre de la apuesta. Al conjuro de la «Protección Indiana», a escondidas se hartaron de frutas verdes con chile, de chamoyes y tamarindos, vedados para ellos por norma nutricional. En aquellos días no nos explicábamos la inusitada devoción de la palomilla por nuestro trabajador.

Con el devenir del tiempo, Baldemar Jones se convirtió en amigo de la familia. Algunas veces ha regresado para realizar trabajos, muchas otras como visita amistosa que celebramos con una parrillada en el jardín. Invariablemente pasa la mano, ufano, sobre la barra del asador que construyó y ríe a carcajadas cuando recuerda las ocurrencias de nuestros muchachos. Hemos asistido a las bodas de los suyos, todos profesionistas y personas de bien, como él y su esposa. Dice que sigue disfrutando de la lectura, a pesar de los problemas con su vista y del insuficiente acervo de la biblioteca de su pueblo. Yo lo noto cansado, cojea de una pierna y el cabello se le ha encanecido, pero su espíritu permanece férreo, igual que el del aventurero personaje del cine.

Nos enorgullece el acercamiento afectivo con Baldemar, quien dejó las resonancias de sus críticas literarias y de su cariñosa complicidad con los niños sólidamente mezcladas con la piedra, el cemento y la argamasa que sostienen las paredes de nuestro domicilio familiar.

Paloma Bello

Continuará la próxima semana…

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