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El escenario en la Tierra
Oscar Contreras Tovar
La mañana de un miércoles, mientras esperábamos en el salón con incertidumbre quién sería el invitado en la clase de Ecología Mediática, de pronto se abrió la puerta. Por ella entró la comunicóloga Liliana Moreno Reynoso que, con su personalidad, inmediatamente nos impactó. Quedamos en silencio. La mayoría ni idea teníamos del gran personaje que estaba ahí frente a nosotros, pero lo percibimos.
Nos saludó y, tras el encuentro, nos llevó a la pasión, resiliencia y poder transformador del arte en su diario vivir como actriz y productora. Originaria de Ensenada, Baja California, nos compartió parte de su trayectoria y, sin darse cuenta, nos dio una lección de vida.
Liliana comenzó con voz fuerte: “¿De qué vas a vivir si haces arte como hobby?” Lo dijo con una sonrisa nostálgica, con la fuerza de quien ha escuchado esa frase durante años de los seres queridos que debieron apoyarla siempre. Nos contó que empezó a actuar a los 10 años, escondiéndose de sus padres para asistir a ensayos de teatro en la Casa de la Cultura. Hoy, a sus 50 años, ha trabajado en radio, televisión, cine y doblaje, y su filmografía ya está en Google.
Nos dijo también cómo el teatro fue su primer refugio, y a la vez su mayor escuela. Con esfuerzo, disciplina, y muchas caídas, logró abrirse paso. En 2005 obtuvo un papel protagónico en cine junto al actor Fernando Ciangherotti, una experiencia que marcó su carrera y le reveló lo distinto que es actuar para teatro que para cine.
“Hay que reformular la técnica,” nos dijo. Eso aplica también para cada etapa de la vida.
La clave, según ella, está en combinar el arte con la comunicación. “El arte sana,” repitió varias veces. Actuar, para Liliana, no es solo interpretar, es en muchas ocasiones “improvisar”; es conocer tu cuerpo, tus emociones, vaciarse y llenarse otra vez; es química emocional, es conectar, curarse y también sanar a otros.
Nos habló acerca del poder de las palabras. Nos confesó que durante años se dijo a sí misma que era tonta, que no podía, que de eso no se vivía. “No lo hagan,” advirtió. “La palabra tiene poder.” Fue hasta que dejó de autosabotearse que empezó a florecer.
Nos explicó que, para interpretar un personaje, se empieza desde cómo se llama; luego, con la sinopsis, arrancas el personaje y te lo pones. Después analizas el texto, la información para ponernos el personaje, luego analizas el texto, buscas información. ¿Cómo se ve y cómo lo ven los demás, y cómo te ven, para armar también escenarios y las partes psicológicas del personaje?
«Yo prefiero cine y usar el método Stanislavski, cambiarte el nombre y te metes en el personaje.» Mientras la actriz hablaba, me golpeaba el recuerdo de las clases del tercer semestre de la maestra Daniela Rentería Díaz, quien hace del aula un escenario de aprendizaje activo, estimulante. Me llevó a recordar a Erving Goffman sociólogo canadiense (1922-1982).
Fue inevitable recordar y comparar las experiencias de Liliana con los conceptos del científico acerca de las “actuaciones” de la interacción social, la identidad y la presentación del yo en la vida cotidiana, esa idea de que en la vida común somos como actores en un escenario social, representando roles según el contexto y la audiencia.
Lo que la actriz nos mostró fue, en esencia, una exploración práctica de esa teoría: el manejo del espacio, la intención en la mirada, la coherencia entre lo que decimos y cómo lo decimos. Para que la actriz nos haga entender la importancia de la presencia escénica, no basta con memorizar un guion, hay que habitar el personaje con el cuerpo, la voz y la mirada. En términos de Goffman, esto se relaciona con el concepto de frente escénico (“front stage”), donde todo elemento vestimenta, postura, entonación, contribuye a proyectar una identidad ante el público.
Así como un actor cuida cada detalle de su personaje, en la vida cotidiana moldeamos nuestra imagen para ajustarla a las expectativas de la situación. Un doctor es un personaje de respeto frente a los pacientes; pero es otro en un fin de semana con sus familiares y amigos.
Otro de sus puntos centrales fue la coherencia entre el mensaje verbal y el no verbal para transmitir emociones corporales. Para Goffman esto forma parte de la expresión intencional y no intencional: aquello que controlamos deliberadamente y lo que se filtra sin querer, pero que el público igualmente interpreta. En ambos mundos, el teatral y el social, un gesto mal colocado o un tono inadecuado puede “romper” la escena, incomodarte, que descubran que no eres lo que tratas de aparentar o manipular.
Aquí viene lo impresionante.
La actriz da a entender que actuar no es “fingir”, sino vivir de manera auténtica el rol. Goffman, aunque reconoce que toda interacción es una representación, también señala que no siempre hay falsedad en el acto: podemos “interiorizar tanto un papel que este se convierta en una extensión de nuestro yo”. Esto conecta con la idea de que el rol no es una máscara impuesta, sino una parte legítima de nuestra identidad.
Lo interesante del enfoque de Goffman es que la actuación no es necesariamente una farsa. La vida social nos exige cumplir con diferentes roles según el contexto, y esta capacidad de adaptación refleja nuestra habilidad para manejar las relaciones humanas. Un ejemplo relevante hoy en día es cómo nos comportamos de manera distinta en redes sociales, según el tipo de plataforma. En LinkedIn, por ejemplo, la «actuación» es formal, dirigida a un público profesional, mientras que, en otras redes como Instagram, la actuación puede ser más casual o enfocada en lo personal.





























