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Casa de Huéspedes
(Primera Parte)
En la casa de Andrés y Susanita
Taciturno y cabizbajo, encorvado por el peso de sus fracasos, Andrés, de oficio violinista, una noche lluviosa llegó a su casa. Con las manos temblorosas por el frío, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta principal del edificio. Con paso lento, y apoyándose sobre el pasamanos, subió las tres escaleras hasta llegar al departamento que habitaba con su familia en el último piso de la vecindad. Lo esperaba su esposa.
“¡Qué vamos a hacer!”, exclamó Susana ante su marido que había perdido el empleo.
“No te apures, mujer; no desesperes. Tengo algunos ahorros que nos alcanzarán para los gastos en tanto consigo otro trabajo”, respondió Andrés.
“Pero si lo que te queda es muy poco, apenas nos alcanza para mal comer… y los gastos de la escuela de los niños…y si se enferman…”
“No te angusties, Susanita. Mañana mismo iré a trabajar con otros dos compañeros en las cantinas. Formaremos un trío, dos guitarras y un violín, el mío. Ya estamos ensayando algunas bonitas canciones. Estoy seguro de que nos irá muy bien; por lo menos sacaremos cada uno para los gastos de nuestras casas.”
Andrés y Susana se habían casado 18 años antes; tenían dos hijos adolescentes: Mauricio y Rubén. A duras penas, Andrés con su violín había podido cubrir los gastos de la casa, tocando a veces con algún conjunto en los cabarets; otras en las peñas, amenizando la charla de los parroquianos, y también de vez en cuando llevando serenatas. Pero ahora la crisis económica del país lo había dejado sin empleo. El restaurant en donde trabajaba había cerrado por quiebra.
“Lo que ganas es muy poco”, insistió la mujer. “Ya no alcanza para el día, ni para los estudios de los muchachos. Si me dejaras ayudarte, yo también puedo trabajar. Podemos recibir jóvenes estudiantes aquí en la casa, y otras personas decentes, como huéspedes. Les rentaremos dos habitaciones, aunque nosotros ocupemos una sola; y a los muchachos los mandamos al cuarto de la azotea. Ellos comprenderán. Son muy buenos hijos. “
“Además se les dará desayuno, comida y cena; y también les lavaremos la ropa a cambio de una paga quincenal. Con eso mejorará nuestra situación. ¡Ya verás que prosperamos!”, concluyó Susanita.
“¡Con un carajo, que no! ¡Te lo he dicho ya! ¡Soy muy hombre para mantener mi hogar sin que mi mujer tenga que trabajar!”, explotó Andrés. Su orgullo machista no le permitía admitir la generosa idea de su esposa. “¡Ni una palabra más sobre el asunto!”, agregó con soberbia. La mujer no se atrevió a responder.
Al día siguiente, muy temprano se despertó Andrés. Antes del desayuno ensayó su violín. El vals “Sobre las Olas” vibró con arpegios armoniosos, y el espíritu de Juventino Rosas deambuló por el ambiente. Otros valses siguieron: “Alejandra”, “Dios Nunca Muere…” Susana, aún dormitando en la cama, se extasiaba hasta las lágrimas con las notas que su esposo liberaba del instrumento.
Después de acicalarse con esmero, vestido con un traje raído, corbata de moño y sombrero al estilo Gardel, Andrés fue al encuentro de sus amigos, dos guitarristas que lo esperaban en un bar cercano para ensayar antes de que los clientes llegaran.

Diligentes, afinaron sus instrumentos y ensayaron hermosas melodías de Agustín Lara, de Gonzalo Curiel, algunas rancheras de José Alfredo, y también de otros compositores famosos.
“Tus valses, Andrés, ya están pasados de moda”, advirtió uno de sus compañeros, y el otro agregó: “Ensayemos algunos sones cubanos, como los de Compai Segundo; gustan a los parroquianos.” Durante tres horas practicaron, y a mediodía comenzó el trabajo con los clientes.
En un principio nadie les hizo caso, por más que requinteaban sus guitarras anunciando las canciones. Los clientes apenas bebían las primeras cervezas, acompañadas con botanas y caldos de camarón servidos en pequeños vasos. “A diez pesos por canción, paisano. Anímese, alegre su reunión.”
“Más tarde”, respondió alguno.
Era la hora de la comida. El de los pollos rostizados comenzó su labor: “Éntrele a la rifa, mi señor, a dos pesos el número.” En un momento agotaba sus números, y la clientela devoraba pollo tras pollo, acompañándolos de generosos tragos de cerveza, o de jaibol.
Mientras tanto, Andrés y sus amigos seguían ofreciendo sus canciones sin resultado. Fue pasado mucho tiempo cuando alguien los contrató y, al calor de las copas, también otros se animaron.
La algarabía en la cantina poco a poco subía de tono, conforme los clientes ingerían sus bebidas. Las canciones, entremezcladas con el escándalo de las palabras gruesas y las altisonantes carcajadas, apenas se escuchaban. “Ay, amor ya no me quieras tanto; ay, amor, olvídate de mí”, cantaba el trío, imitando a Los Panchos.
“Échense un trago con nosotros”, invitaban los clientes a los trovadores y así, de mesa en mesa, de copa en copa, de canción en canción, y entre la densa neblina del humo de los cigarrillos, las horas se desbocaron hasta pasada la medianoche.
A Andrés le costaba trabajo resistir las invitaciones. Era miembro de Alcohólicos Anónimos. Padecía esta enfermedad que grandes problemas le ocasionaba. Sin embargo, tratándose del trabajo… pues… un solo trago. “¿Qué tanto es tantito?”, se decía a sí mismo. Su fuerza de voluntad se doblegaba a cada invitación, y muy pronto se volvía imparable el deseo de seguir bebiendo.
Muy entrada la noche, llegó a su casa. Susana le reprochó: “Mira cómo vienes. Volviste a tomar. Llevabas un año de no hacerlo; qué van a decir el doctor que te trata y tus compañeros de AA.”
“Qué digan misa…”, respondió trastabillando. “Es mi trabajo, mujer. No fue mucho, pero mira cuánto dinero traigo. Nos fue bien”, y depositó los arrugados billetes en las manos de su esposa. Así, día tras día, tocando su violín, Andrés rompió sus promesas, la voluntad se le hizo añicos, y volvió a las andadas de la bohemia y el alcohol.
Los primeros huéspedes
A Susanita no le convenció el nuevo trabajo de su esposo. Imponiéndose a las prohibiciones de su marido, decidió buscar huéspedes para contar con dinero propio y ayudar a Andrés, mientras encontraba otra ocupación que no fuese en las cantinas.
Primero llegó un hermano: Anastasio – a quien llamaban Tachito –, profesor de oficio ya entrado en años que también gustaba de las copas. Vivía solo: se había separado de su mujer.
En la escuela, Tachito conocía a un joven maestro – Julián – que, además de ejercer la docencia, era estudiante de la carrera de Periodismo en la Universidad. Andaba en busca de un lugar en dónde vivir; rentaba un cuarto incómodo en la azotea de un edificio. Por Tachito se enteró de la casa de huéspedes de Susanita.
Sin pensarlo más, se fue a vivir con ellos, pagando por los servicios una cómoda cantidad de dinero a la quincena. Compartiría una habitación con su compañero de trabajo. Aun así, pensó, estaría más cómodo que en la azotea, en donde el baño se ubicaba fuera de su cuarto, además de ser de uso común con las personas del servicio doméstico, casi todas mujeres y madres solteras algunas.
Los habitantes de la azotea se referían al lugar como “Un rincón cerca del cielo”, como el nombre de una película de Pedro Infante. Una gran fotografía del difunto actor en un altar con flores, recibía el homenaje de sus admiradoras. Los cuartos eran de madera y de tabiques sin pintura. Los tendederos de ropa, en jaulas de alambrado, cuando soplaba el viento parecían barcos de vela en medio de una tormenta, y los lavaderos el centro de los chismes de las trabajadoras domésticas en donde el joven profesor era noticia frecuente: Que si estaba guapo, que a ver quién de ellas se acostaba primero con él, que si alguna ya lo había hecho…
Julián era muy apreciado por la comunidad de la azotea. Había organizado una pequeña escuela en la que alfabetizaba a las muchachas que no sabían leer, además de apoyarlas para continuar sus estudios. Aunque le parecía simpático el ambiente, aspiraba a algo mejor. Con cierta tristeza, un día dejó esas alturas para mudarse a la casa de huéspedes de Susanita.
Tenía proyectos, como muchos jóvenes en la etapa formativa. Su propósito era recibirse y ejercer la profesión en su estado natal, en algún periódico de la ciudad capital. Se interesaba en la política. La huelga de los médicos y el “plantón” de protesta en el Zócalo de la Ciudad de México le habían impresionado y era crítico del autoritarismo del presidente de la república.

Tenía una novia, Georgina, más para compartir los tiempos libres que por estar verdaderamente enamorado. “Mi novia”, pensaba, “es un poco frívola y eso no me agrada: insiste en que la acompañe al Ángel en la Avenida Reforma cuanta ocasión se presente para vitorear a la selección de fútbol por sus triunfos.”
En las manifestaciones la gente, eufórica, gritaba agitando los brazos: “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!” Él se sentía incómodo, fuera de lugar, pero a Georgina le gustaba. Nada más por complacerla, solía acompañarla a tales festejos patrioteros. Ella se sentía realizada, plena de emoción, auténticamente mexicana, después de participar en los tumultos. “¡Es que se siente, Julián, se siente en lo más hondo del pecho!”, decía, mientras le reprochaba al novio su indiferencia ante esas muestras de júbilo desmedido.
En la nueva casa, Julián conoció a los hijos de Andrés y de Susana, estudiantes de preparatoria que, además de sus ocupaciones escolares, tenían un conjunto de Rock con algunos compañeros de escuela. “Es la onda A gogó”, decían los muchachos. Mauricio, el mayor, tocaba la batería y soñaba con llegar a ser con el tiempo un baterista de renombre. Rubén, el menor, la guitarra eléctrica; aunque no demostraba tener los talentos de su hermano como para dedicarse a la música, aspiraba a estudiar alguna carrera del área administrativa sin que aún se definiera su vocación.
Muy pronto Julián se sintió en confianza. Se le atendía bien en cuanto a las comidas y la ropa aunque, como compartía el cuarto con Tachito, tuvo que soportar por un breve tiempo los ronquidos del compañero.
Para tratar de evitar esa molestia, se le ocurrió hacer una broma a su amigo cuando éste roncaba a pierna suelta después de una parranda
“¡Tachito, vengo por ti!”, gritaba Julián con voz cavernosa, como si fuera la muerte que viniera a buscarle, y de inmediato se hacía el dormido. Tachito despertaba sobresaltado. El corazón le latía de prisa. Miraba por todos lados con los ojos desorbitados por el susto, pero nada… Se volvía a dormir y otra vez escuchaba los diabólicos llamados.
Esta broma la repitió Julián durante algún tiempo, pero ni así logró aplacar los ronquidos de Tachito, que tuvo que visitar al psiquiatra para consultar sobre las supuestas voces que escuchaba. El médico le dijo que podría ser principio del delirium tremens, enfermedad propia de los alcohólicos. Pero fue inútil, y Julián, cansado de simular a la parca, claudicó en sus intentos de corregir los ronquidos de su colega.
Cierta madrugada, cuando el frío calaba los huesos y la llovizna caía como agujas que punzan los rostros, se escucharon golpes en la puerta de la casa, y gemidos de alguien que pedía auxilio. Julián acudió a abrir y encontró a Tachito semidesnudo, descalzo, llorando desconsolado, en completo estado de ebriedad.
Le habían despojado los ladrones de su ropa y de su cartera con algún dinero. Y es que el día anterior en la escuela cobraron sus aguinaldos él y Julián, que decidió comprarse un traje y zapatos nuevos en una tienda de nombre “Sastre de Reyes”, enfrente del Teatro Blanquita.
Tachito pensó que él no sería menos. También compró lo suyo e, imitando a su amigo, adquirió un elegante flux azul pavo, camisa blanca, corbata de seda con lunares negros en fondo rojo, y flamantes zapatos de charol. Al día siguiente los estrenaría para encontrarse con sus amigos de cantina en el festejo de fin de año.
¡Qué se iba a imaginar que los rateros lo despojarían de sus flamantes prendas cuando, pasado de copas, retornaba a la casa! La escena era la vez cómica y trágica.
Susanita entendió el problema y cambió a Tachito a un cuarto de azotea, si bien Julián hubo de pagar un poco más por disfrutar la habitación en privacía.
[Continuará…]
César Ramón González Rosado





























