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El barquito III

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EL_BARQUITO_PARTE_TRES

El barquito

(Tercera parte)

Aquel chico no pasaba del todo desapercibido en el trasatlántico. Su malévola condición era incómoda de mirar, y mejor seguía cada quien en agradables pensamientos. No era la obviedad de su desquicio lo que nos alejaba, sino el odio que anidaba en su alma. Se reflejaba tiranamente en su mirar, que no parecía descansar, como buscando con quién desquitar la ira que llevaba dentro. Más bien por eso la gente prefería ignorarle y dedicarse a cosas placenteras, ya que para el odio interno solo él mismo puede ayudarse.

Esa es la mirada que por momentos fija en mí. Ambos hemos perdido a nuestras familias en aquella explosión del barco; pero veo que depende de la condición mental de la persona como cada quien reaccione.

Inesperadamente, me golpea fuertemente en el pecho y le ordeno con un enérgico grito retroceder, a lo que obedece encorvando la espalda, con la rabia aún brillando en su mirada. ¿Cuánto tiempo más está situación aguantaré? No estoy con una persona de alma sana.

Sé que para él soy una intrusa en su barquito: él llego primero, pero también llegó por casualidad. Ese barquito ni siquiera es de los barcos salvavidas del trasatlántico hundido donde ambos vacacionábamos con nuestras familias; más bien pareciera el barquito de algún pobre pescador que pereció en alta mar. Ignoro cómo este perturbado logró encontrarse con él y, aunque tal vez quiera mantenerse a flote también, dudo que le importe que ambos podamos sobrevivir.

Quien haya perdido este barquito dejó un suspiro de vida. Ahí había algunas latas de atún y botes que llenaba con el agua de lluvia. Le convidaba a aquel muchacho, pero nunca probaba bocado, así que al final todo quedaba para mí.

Apenas tomaba agua, y una que otra vez logró sacar – con una pequeña red que ahí quedaba – algunos peces del mar, los cuales comía vivos, arrancándoles la carne para, con desprecio, tirar los restos al océano, mientras aquellos animales se retorcían de dolorosa frustración bajo la mirada de aquel loco que, una vez saciada el hambre de su pobre metempsícosis, nuevamente comenzaba a pegarse. Pero yo ya lo ignoraba: mientras no sacudiese mucho el barquito y nos fuéramos a voltear, podía sentirme tranquila. ¡Mas no confiada!

Me di cuenta que la amabilidad la ve con desconfianza, porque se pone muy agresivo cuando le hablo con cariño. Así que para convivir con mi único mejor amigo en este barquito debo mostrar mucho carácter, y demostrarle que la que manda soy yo, sin tiranía, ni agresión.

Ya han pasado un par de días sin nada. Dentro de poco la comida escaseará. A aquel chico ya no lo soporto y, aunque mantengo el temple, las lágrimas me traicionan y se derraman en mis mejillas, deletreando mi tristeza de perder a mi familia. En este momento tengo que concentrarme solamente en sobrevivir. El loco, al verme, se enoja más, me quiere golpear, así que me veo obligada a olvidar mis penas. Me levanto con fuerza y le ordeno retroceder.

Mi primer intento no funciona, me amenaza de nuevo con el puño, y esta vez mi mirada de odio lo dice todo. Fue así que decide sentarse de nuevo y tranquilizarse sin chistear. Verse reflejado en mí, tal y como él expresa su odio, lo atemoriza.

Ahora mi miedo no es morir en altamar, sino terminar transformándome en lo que tengo enfrente de mí (como ese loco). Dicen que atraemos lo similar, aunque mi teoría es que son los rasgos que compartimos entre unos y otros lo que hace encontrarnos; pero los rasgos que no tengamos igual, esos son los que nos salvan de terminar como los que se odian así mismos sin cesar. Nuestro Yin y nuestro Yang nos tiran de un lado a otro, del bien a la maldad, de la maldad a la bondad. Solo tenemos que decidir qué parte alimentar.

El viento sopla. Se avecina una tormenta; su camisa, al abrirse, me deja ver una medalla, ¡Es una estrella de David! Creo que ha de ser de las pocas cosas en este mundo con las que siente empatía, y que por eso aún la lleva colgada a su cuello.

La lluvia torrencial comienza a caer. Su mirada se torna diabólica, como si aquello fuese mi culpa. Aquel muchacho culpa a lo que tenga más cerca, porque su condición mental nunca le dejará entender.

[Continuará]

ARMINDA VILLANUEVA

yogo1977@hotmail.es

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