Inicio Nuestras Raíces Libros, Dedicatorias, Vidas y Destino

Libros, Dedicatorias, Vidas y Destino

18
0

Visitas: 9

Dedicatorias_portada

Libros, Dedicatorias, Vidas y Destino

Durante mis paseos por los tianguis de la ciudad – Madero, Nora Quintana, Mulsay, San Roque,  Mercado Lucas de Gálvez – se me ha presentado la fortuna de encontrar libros de segunda mano, otros que en las librerías pasarían como descatalogados, algunos más arrumbados en el desván yucateco de las cosas por tirar (la acera), y muchos más que se nos presentan como no aquilatados en su  valor literario, ya por los propietarios o por los oferentes de los citados mercados populares.

Encontré un conjunto de libros. Con dedicatorias incluidas.

Inquirí al amigo vendedor dónde y cómo los había obtenido, si se los ofrecieron en venta por alguna persona, o si el los pidió en compra en algún domicilio. Respondió que los encontró en una chatarrería por el rumbo de Juan Pablo II, al poniente de la ciudad, que los halló como papel de desecho.

Junto a estos ejemplares rescatados encontré otros títulos: de José María Gironella, Ricardo Daumy, Torcuato Luca de Tena, Taylor Caldwell, Poesía Completa de Nicolás Guillén – en la edición Letras Cubanas de 1972 –, Los últimos días del Presidente Madero de M. Márquez Sterling, Vicente Blasco Ibañez, Marco Almazán, revistas de tauromaquia, de crónicas y leyendas de la ciudad de México, etc.

No nos fijemos en el tipo u orientación ideológica de algunas de las lecturas, sino en el hecho de que en la basura se halló una biblioteca.

No diremos que lo anterior es algo que nos ponga a pensar; en realidad nos da mucho qué pensar.

En otra colaboración citaré ejemplares que en lo personal he encontrado en cartoneras, es decir lugares donde se compra papel y cartón para reciclar.

Para qué esperar otra ocasión. Quizá este es el momento de decir lo poco que algunas personas valoran los libros, que quizá no saben qué hacer con estos objetos. Una de sus utilidades es leerlos, y de ahí se derivan muchas cosas, más interesantes y trascendentes.

Mucho de lo que se vende por acá sale de los tiraderos de la ciudad, de las chatarrerías, de las cartoneras, otros de las bolsas de basura del norte de la ciudad. Unos tianguistas ofrecen ropa vieja, cargadores de teléfonos celulares, estuches vacíos de licores, perfumes, alhajas y, entre todas estas chucherías, libros a diez pesos cada uno: “Historia del ojo” de Georges Bataille, “Veintiún cuentos” de Graham Greene con un sello que dice Biblioteca CUM Monterrey, “El Imperio perdido” de José María Pérez Gay   Editorial Cal y Arena, “La hora del diablo” de Fernando Pessoa. Todos tienen arrugas, huellas, manchas de humedad, moho y polvo, nada que no se combata con orearlos y una buena limpieza.

 En otra ocasión, por destrucción de los materiales de la institución-empresa donde trabajo, encontré una loma de periódicos, revistas, catálogos, todo listo para ser triturado, compactado, hacer dados y mandar al centro del país para hacer papel reciclado y aprovechar las materias primas. En la cima: muchos libros atados, algunos mojados con residuos orgánicos; perdidos para siempre, los salvables fueron: “Breve historia de la educación en Yucatán, desde los mayas hasta el siglo XX” de Fidelio Quintal Martin, Maldonado editores; “Jesús, alias el Cristo” de Rius, Grijalbo; “Cuentos mayas” de Domingo Dzul Poot, Maldonado editores.

Alguien me ofrece un mueble: una estantería con libros. Deja su casa del centro de la ciudad, emigra al norte: Nortemérida, el lugar con el que todos sueñan. Me dice que si no voy ese mismo día por los libros, los sacará a la puerta. No quiere saber más nada de ellos. Van algunos títulos: “El juicio de amparo” de Ignacio Burgoa; “Teoría del Estado”; “La paz de Dios y del Rey”; “La conquista de la selva lacandona”, de Jan de Vos; “Fuentes herbolarias yucatecas del siglo XVIII”; “Man on the moon”. Los registro y catalogo como fondo FR23102014.

Para el curioso impertinente, todo ejemplar salido de las prensas – locales, foráneas y extranjeras;  ayer, hoy y siempre – es una  recompensa y una oportunidad de leer lo que en su momento no se dio. Ya lo dijo alguna vez: “No puedo leer lo que quiero, pero sí quiero leer lo que puedo.”

Los libros a que me refiero, el punto toral de esta colaboración, son de temática periodística, sobre la prensa escrita. Todos tenían una característica común: estaban dedicados a Leopoldo Cortes González.

El nombre del personaje me causó intriga. ¿Quién era la persona a quien los autores habían dedicado estos libros? ¿Qué papel cumplía o cumplió en el medio periodístico? ¿Cuál era el mérito ante los autores por lo cual le habían dedicado sus obras?

Una de las dedicatorias decía “Por ser un conocedor de las cosas de Yucatán”; otra: “Hermano de armas en el palenque de la letras.”

La respuesta me fue dada al leer uno de los ejemplares: se refería a la persona como un antiguo obrero de los talleres de impresión, un linotipista, trabajo honorable y de loable reconocimiento por muchos años en los medios impresos diarios, hasta que la técnica de formación cambió por el offset.

El libro es “Memorias de un periodista”, de Felipe Escalante Ruz, fallecido el 23 de febrero del 2014.

El ejemplar es un valioso testimonio de una época, unos años, del reporterismo, de la prensa, de cómo se vivía el día a día intramuros el periódico al cual dedicó gran parte de su vida.

Las batallas en la redacción con las dos posturas encontradas – falta de tacto una y con diplomacia la otra – a la hora de trabajar la edición de las notas reporteriles, responsabilidades que caían sobre los hijos del director, refiriéndose a Abel y Mario.

Por supuesto que, como todo libro, deja muchas interrogantes. No aclara o clarifica puntos o aspectos los cuales, por supuesto, tuvo que vivir el autor, y que darían o aportarían pedazos al rompecabezas que es o será siempre la historia de nuestra ciudad y entidad.

 Digamos que el libro, para llamarse Memorias, deja lagunas y terrenos accidentados sin transitar. Si fuera un libro de ficción pues la técnica es interesante, pues hay cosas que no le toca decir al autor: queda en mente y en la imaginación del lector inferir y continuar.

Quizá para los que vivieron la época el libro no representa mayor problema: es un referente, y “al buen entendedor pocas palabras”. Pero tomando en cuenta las nuevas y futuras generaciones, ya que nos referimos al recordatorio, al ser un libro de hechos reales y verificables quizá debió titularse Incidencias.

Citemos algunas perlas: algún periodista que fue político nacido y crecido en un partido, y luego gobernador de la entidad por otro; o cómo se vivieron los eventos de 1972 que concluyeron con la muerte de un líder obrero y estudiantil; el trabajo de otros periodistas y políticos que luego fallecieron en Alemania; la historia de un eminente urólogo que tuvo su clínica en la calle 69, cerca del parque de San Juan.

El libro toca de refilón a reporteros como Olayo, quien no es más que el eminente y enérgico Olayo Ojeda, que fue director de la peparatoria República de México.

Quizá faltó profundizar en la historia y el carácter de las personas que transitan en sus páginas.

Destaca en el libro la postura disciplinada del periodista, casi de soldado: toda acción, todo comentario o confidencia por parte de políticos, periodistas o ciudadanos de a pie, consideraba el autor necesario referírselo a sus mandos superiores. Esto nos indicaría que había un ambiente muy característico en aquel medio laboral.

Quizá fue un libro que debió circular en la redacción, administración y los talleres del propio medio impreso, pues resulta muy a modo siendo doctrinario, casi como un texto para la capacitación del personal trabajando o a punto de trabajar en él.

Por supuesto, aporta datos y hechos, referencias que nos invitan acudir a la hemeroteca a consultar y leer por nosotros mismos.

También hace alusión a otro medio de comunicación impreso oficialista, en el cual sus reporteros eran “impuntuales para acudir a cubrir sus notas” (p.9); que, cuando acudían a cubrirlas, no alimentaban sus notas con investigaciones de ningún tipo (p.24); que postergaban la publicación de sus notas de última hora, y que era tan oficialista que la jefatura de redacción era un cargo político (p.110).

Por supuesto, el autor enfatiza que era puntual, que no sabía nada de tal o cuál concierto musical, pero que se preocupó por acopiar datos de las enciclopedias a la mano para cumplir con la encomienda; que aquel medio no contó con la fortuna de que el autor de estas memorias fuera el jefe de redacción, sino otro de apellido Duch Colell; y que siempre se mantuvo fiel a su escuela, a su casa editorial, a la cual llama templo de la cultura de la vida peninsular.

Podría continuar con el juego del autor de no citar al rotativo al que se refiere, porque no lo cita en ningún momento, pero hay que llamar a las cosas por su nombre: era el Diario del Sureste.

En lo particular, considero que lo coloca, sin querer, en su justa medida y dimensión, ya que le importaba a él y a los directivos. El Sureste estaba presente, cumplía su función de informar a otros sectores a la cual los demás no llegaban, pese a las circunstancias señaladas.

No sé si al autor le alcanzó la vida para enterarse de que muchos de los muchachos de la prensa que trabajaron, y aún trabajan ahí, obtuvieron su bautizo de tinta y papel en el medio al que alude. Vueltas da el destino o este siempre termina por alcanzarnos.

Quizá el autor debió moderar la purificación o la eugenesia periodística de los iluminados que allí trabajaron o trabajan. Hace muchos años que sabemos que el destino del hombre es el mestizaje.

Sus páginas guardan preciosos dardos, parafraseando aquella sección – primero en un medio español de circulación  internacional y que luego devino en libro – El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, en referencia a las palabras ya en desuso.

Valoro el libro desde la postura de que se utilizan palabras anacrónicas o en total desempleo, pero que nos procuran placer al leerlas e investigar sobre ellas.

Destaca una palabra ya poco utilizada – y esto lo digo porque recientemente conversé con unas amistades y les dije que en los bailes de los pueblos era frecuente que los muchachos pasaran antes al ambigú para darse valor y luego sacar a las chicas a bailar – que los amigos me pidieron esclarecer o traducir.

Esta palabra la utilizamos para referirnos al bar que se instala en la parte posterior, o lejana, a donde se realiza el baile popular. El autor (p.131) la utiliza como una palabra anterior a buffet, ambigú que se decía en los bailes de los abuelos. Parece ser la acepción correcta.

Averiguando, supimos que es una palabra de origen francés relacionada con la gastronomía: “He conocido muy poca gente que conozca el significado de esa palabra. …hay costumbre en los restaurantes escuchar de boca del director o maître decir: ¿pasan a cenar o prefieren tomar algo en el Ambigú?”, refiriéndose, claro está, a la barra del bar). Según la Real Academia de la Lengua Española la palabra ambigú significa: Bufé” (Fernando Martínez. Director de la revista Ambigú).

Otra acepción es la que se refiere al Bar de un local público: ambigú de un teatro, de un salón de baile.

Algunas palabras que se emplean en el citado texto – las cito a continuación – son todo un disfrute.

Albura prosódica: como fortaleza y dureza en la construcción de las frases y oraciones.

Erostrato: Eróstrato o Heróstrato, pastor de Éfeso, convertido en incendiario; fue responsable de la destrucción del templo de Artemisa de Éfeso; en palabras actuales, pirómano.

Festines de vultúridos – por buitre.

Hiperdulía: término en la religión católica exclusivamente designado al culto que se rinde a la Virgen María.

Atrabiliario: Que tiene mal carácter y se irrita con facilidad; otra acepción es “raro o extravagante.”

Nutrida cáfila de manifestantes: Conjunto de personas, animales o cosas (carretas, carruajes), especialmente si están en movimiento y andan unos tras otros.

Guardar la debida sindéresis: Capacidad natural para juzgar rectamente, con acierto.

Celajes: conjunto de nubes.

Murga: género artístico que combina música y teatro; esta denominación también aplica a las agrupaciones que desarrollan este tipo de manifestación artística, muy frecuentes en tiempos de carnaval y en otras festividades: comparsa.

Así, por el estilo, el libro ofrece muchas más.

Post scriptum

Dedicatorias_1

En Milenio Novedades encontramos una nota acerca de Leopoldo Cortés González, propietario de uno de los comercios más antiguos del Centro Histórico que cerró sus puertas: la tienda de ropa “Almacenes Polo”, en la calle 62 entre 65 y 67, en el “Edificio Luz”.

Explica el artículo que don Polo es parte de la historia de Mérida. Divide su vida, al igual que una corrida de toros, en tres tercios: el primero, cuando trabajó como linotipista en “Novedades” de la Ciudad de México; el segundo como impulsor del cuerpo de bomberos de Mérida; y el tercero en la charrería.

En 1953 empezó su carrera en la Cámara de Comercio, y desde ahí empezó a organizar colectas para la construcción del actual edificio, en la Avenida Itzáes.

En el segundo tercio conoció a Javier Gutiérrez, abarrotero y propietario de un carro de bomberos que solo tenía un tanque de agua y mangueras que salían a izquierda y derecha. En 1968 gestiona ante el gobierno de Glendora, California, Estados Unidos, otro carro, de medio uso. Luego, propuso a la Cámara de Comercio la venta de un predio en la calle 69 entre 60 y 62, y con el dinero de esa operación se edificó la Estación Sur, en la 56 con 75. (1)

En el último tercio de su vida fue invitado a trabajar con y por la Asociación de Charros de Yucatán, en la Colonia Alemán. El presidente municipal Víctor Correa Rachó le ofreció ser el presidente de la Comisión Taurina. Contrapropuso ser vocal o tesorero; quedó como tesorero. Luego fue nombrado Presidente de la Comisión Taurina Municipal, donde trabajó por 11 años.

Don Polo comentó que, a sus 92 años, “es hora de leer o releer lo que hice, y corregir todo lo malo que nunca logré corregir; tengo varios libros, entre ellos edité un libro mío que se llama ‘Sol y sombra’, pero no estoy conforme; tengo “en prensas” mi segundo libro que se llama “Por la puerta grande”.

Hoy, enero de 2016, ignoramos qué es de él. Pero sí qué fue de, y ahora es, parte de su biblioteca.

Juan José Caamal Canul

Bibliografía

Escalante Ruz. Felipe. Marzo de 1998. Memorias de un periodista. Ediciones especiales.

http://www.ambigu.net/

http://www.wordreference.com/definicion/ambig%C3%BA

Joel González/SIPSE. Antiguo comercio del centro cierra sus puertas después de 60 años. 5 de Septiembre de 2014. http://sipse.com/milenio/cierra-antiguo-comercio-centro-historico-merida-almacenes-polo-110701.html

 

Notas:

  • La dirección correcta es 73-A

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.