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Parsifal
[Serapio Baqueiro Barrera]
Ayer estuve en Progreso. Y vi, como si por primera vez lo estuviera viendo, el solemne espectáculo del viejo mar sinfónico.
Como si por primera vez lo estuviera viendo, porque la admiración que me produjo en este instante fue igual al sentimiento que me anonadó cuando niño, y se me adentró en el alma el vértigo inacabable de sus olas, haciéndome experimentar la primera sensación del hombre ante las cosas estupendas e inexplicables.
Ayer estuve en el puerto y vi atracada al muelle una barcaza enorme pintada de negro; su aspecto me causó frío, con tal intensidad que, verdaderamente creí, que esta nao estaba llegando tras larga y lenta navegación de un lejano país hiperbóreo.
A un mausoleo flotante es comparable este barco negro; porque sus tripulantes, todos negros, que jamás desde que se enrolaron han puesto los pies en tierra, ¿qué son en realidad más que unos pobres muertos galvanizados por el rebenque…?
Las formidables olas apenas le imprimen un lento balanceo.
Junto a ella se deslizaban raudos los blancos barquichuelos pesqueros; idénticos a las pulcras gaviotas.
¡Las pulcras gaviotas que buscan los cadáveres de los náufragos para devorarles el corazón!… porque desprecian las otras partes del cuerpo, porque sienten repugnancia ante las otras vísceras humanas.
Las gaviotas no cantan, difunden gritos trágicos anunciando la tempestad; gritan y de tristes presagios se nublan los cielos.
Los negros tripulantes, por ser domingo, descansaban sobre la cubierta del buque. Les habían permitido salir a estas pobres bestias de carga del profundo vientre, del antro de la barcaza, para respirar algunas horas el viento libre de la mar.
Uno de ellos tocaba en un acordeón un aire lánguido, una sonatina triste, evocadora de las visiones de un país hiperbóreo.
Sus compañeros escuchaban religiosamente, algunos lloraban…
Cuando un negro llora, parece que es una roca que se ablanda, una piedra que se pone a manar agua cristalina y pura.
Alguien cruelmente quiere negar a los negros el derecho de llorar, y cuando de mal grado concede, dice, que llora lágrimas de tinta que mancha…
Pero otro piensa, y éste tiene razón, que con esta tinta que brota del corazón de un negro como de una fuente de emociones extrañas, se podrían escribir poemas de amor y de dolor, nunca escritos.
El poema de Otelo, el que le surgió de lo más hondo de la fuente de su corazón y le ascendió a los túmidos labios, que semejaban la morada corola de un tulipán.
Tocaba el negro su acordeón y sus compañeros en actitud harpo-crática escuchan.
En el muelle, a esta hora, cuando descendían perpendicularmente los rayos del sol, una muchacha, excéntrica, rubia y blanca, paseaba saltando gentilmente sobre los obstáculos que encontraba a su paso.
Iba tocada con sombrerito que le infundía el aspecto picaresco de un golfillo.
Con una sombrilla de seda verde, apenas un poco más amplia que el sombrerito, pretendía cubrirse del sol, porque aquella sombrillita era un adorno más.
Al llegar junto a la barcaza, la muchacha blonda, atraída tal vez por la fuerza de lo exótico, saltó a su bordo, y la felpa de los ojos de los negros se pringaron de chispitas de un extraño fuego, y el músico, cambiando el tono sentimental de sus vagos lieds, estiraba y encogía rápidamente el fuelle de su acordeón, del cual se fugaba una cabalgata loca de notas, una música rara que tenía ritmos de diana.
Y abría desmesuradamente la bemba y, en el brillante marfil de su dentadura, se reflejaba múltiple la imagen de la muchacha rubia y blanca.
Cuando abandonó la nave, con una risa epiléptica, llenó de espuma las jetas de los negros.
Diario del Sureste. Mérida, 10 de abril de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























