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Tinta en el tiempo

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Oswaldo Baqueiro Anduze. Foto cortesía de la familia Baqueiro Brito.

Clemente López Trujillo

Oswaldo Baqueiro Anduze – Arte antiguo de México – El control de los milagros – Menén-destrozos y menén-díscolos – El Diario de No Yucatán – Recado a Antonio Mediz Bolio

Se le ha hecho justicia a un gran escritor mexicano de Yucatán: Oswaldo Baqueiro Anduze. De hondo pensamiento disciplinado a pesar de que siempre anduvo entre atisbos –¡y qué atisbos luminosos!–, perteneció a la generación de escritores y artistas que ahora están a punto de salvar y reafirmar a la provincia cultural yucateca. Oswaldo Baqueiro Anduze murió en esta capital mexicana el 16 de junio de 1945, cargado de juventud y de problemas morales y económicos que se confabularon para darle el golpe definitivo, del que sólo se vuelve para abrazarse en la verticalidad del nombre y en la gloria del renombre.

El último libro suyo, Los mayas. Fin de una cultura, Imprenta de la Cámara de Diputados, México, 1941, fue recibido con equilibrados elogios por la crítica extranjera. Los especialistas en cuestiones mayas, especialmente norteamericanos, saludaron la obra como una nueva y original aportación a los estudios mayísticos. En México, una que otra alusión, de paso, a ras de máquina de escribir y de linotipo. Nada más.

A Baqueiro Anduze se le comienza ahora a hacer justicia. Paul Westheim, crítico alemán de reconocida capacidad en todas partes, ha lanzado la primera piedra en su libro Arte antiguo de México, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1950, traducido del original alemán por Mariana Frenk. César Garizurieta, visiblemente emocionado, como decimos, me pasó al costo (35 pesos el ejemplar) la noticia. Y la que voy a transcribir es la primera cita, la de entrada, perteneciente a la tercera parte, “La voluntad creadora”, “El arte feudal de los mayas”, p. 235:

“Existe un estudio de Oswaldo Baqueiro Anduze (Los mayas. Fin de una cultura), contribución importante a la investigación mayista, en el cual la decadencia y extinción del Imperio Maya se explica por los extremos a que llegó este feudalismo, para cuyos usufructuarios la religión no era sino un instrumento que sabían manejar hábilmente para alcanzar y mantener el poder. Baqueiro Anduze, como indica el título de su libro, parte de la estructura social que prevalece en el momento de la ruina del Imperio Maya, pero la evolución que expone tiene su origen en el Antiguo Imperio. Además, como veremos más tarde, los hallazgos arqueológicos proporcionan ahí la prueba de indicios”.

P. 238: “El manejo del calendario ritual, el control de los milagros (Baqueiro Anduze) es privilegio de los sacerdotes”.

P. 247: “Lo que expone Baqueiro Anduze al tratar de explicar la tendencia antropomórfica de la teogonía maya corrobora esta tesis: “Un dios –dice–, un sacerdote, representados por un tigre, no significan la deificación del tigre, sino que aquel dios o aquel príncipe participan de las más distintivas características de aquella alimaña: indómito coraje, implacable fiereza, poderosa energía. Con el tiempo la palabra tigre, o sea, balam, adquirirá en la terminología religiosa una significación esotérica…”

Recuerdo lo que dijeron los dos diarios que se publican en Mérida, el 17 de junio de 1945, al día siguiente de la muerte de Baqueiro Anduze. Diario de Yucatán: “Víctima de cruel dolencia, en las primeras horas de la mañana de ayer dejó de existir en la capital de la República, donde residía desde hace algunos años, el joven y culto escritor don Oswaldo Baqueiro Anduze, hijo del extinto literato don Serapio Baqueiro Barrera (Parsifal). El señor Baqueiro Anduze colaboró en periódicos de esta ciudad y de la metrópoli y fue autor de varios ensayos literarios e históricos”. Y el “descanse en paz y reciban sus deudos…”

Diario del Sureste publicó una amplísima nota en la que se informaba al pueblo yucateco y del sureste de México quién fue en vida Baqueiro Anduze. Y en tanto este diario cabeceaba: “Falleció en la metrópoli el destacado escritor yucateco Oswaldo Baqueiro Anduze”, el de enfrente, el que se autollama Diario de Yucatán: “Defunción en México”, como si se tratase de cualquier hijo de vecino.

Oswaldo fue hijo de Serapio Baqueiro Barrera (Parsifal) y nieto de Serapio Baqueiro Preve, distinguido historiador y gobernador de Yucatán. Oswaldo y yo, si la memoria no me es infiel, publicamos nuestras primeras cosas, ¡oh!, manes de Lorenzo López Evia (Cascabel), primo hermano de mi padre, en el diario de Carlos R. Menéndez, que por entonces (1920 o 1921) publicada ¡toda la producción de todos los poetas y escritores de la época!, “con ciertas reservas, mi querido Clemente”, decíame don Manuel Sales cepeda que se mostraba en aquellos años severamente Escéptico.

Las dichas reservas se agudizaron (aquí pienso en la reservación de mi pasaje) en lo que tocaba a Aurelio Velázquez, Oswaldo Baqueiro, a mí y alguno o algunos otros, ¿Por qué? (Pero esta es harina de otro costal que está en camino). Y llegaron las cosas a como están ahora: menén-destrozadas.

Los escritores y artistas, entre los más jóvenes y acaso menos maduros, nos colocamos al lado –¡y dentro! – de una realidad yucateca que, si es posible discutir, es imposible destruir. Dentro de una realidad cultural y social y política que está, afortunadamente, reafirmándose en el régimen alemanista. Y fue en el Diario del Sureste en donde nos agrupamos y comenzamos a presentar batalla al Diario de Yucatán. Y comenzamos a respirar, y respirar, lo dijo don Miguel de Unamuno, es ganar una batalla. Y seguimos respirando. Y ante la menén-destrucción intentada surgió el menén-desquiciamiento realizado. ¡Y Amenén!

Todo es posible explicarse… y justificarse. El historiador de mañana que pretenda reunir datos para un nuevo tomo de 90 años de historia de Yucatán (1911-2001) tropezará, y serán extraordinarios tropezones, con tantísimas lamentables omisiones al hojear el Diario de No Yucatán que “ignora”, ¡oh, las comillas menén-desesperantes! Todos los actos públicos de los escritores y artistas yucatecos que no se mueven y conmueven a la sombra, cobijo y amparo del viejo periodista e historiador de las viejas investigaciones histórico-periodísticas.

Pero no es posible detener el progreso de la cultura. “Bárbaros, las ideas no se matan”, decía Sarmiento. Agreguemos que cuando mueren, mueren solas, como muere el hombre solo, que decía Pascal. Y el historiador de mañana tendrá necesaria y “fatalmente” que recurrir al Diario del Sureste, laboratorio, desde hace muchos años, de la verdadera, de la auténtica, de la indestructible cultura de Yucatán. Indestructible, se ha dicho, y ¡por qué no decirlo!, nos gustaría, nos reanimaría un menén-desquite.

¡Ah!, pero terminamos con estas palabras de Baqueiro Anduze: “¡Oh, si la historia se preocupase menos, mucho menos de la verdad histórica!”.

Recados. Don Antonio Mediz Bolio. Le debo mi respuesta a su admirable Carta lírico-política. Sólo puedo decirle, emocionado, que es una síntesis, emoción de la realidad y realidad emocionada de nuestro nunca ¡muy bien! amado Yucatán. A su carta le debió poner, recordando un delicioso título de don Alfonso Reyes, Yucatán en una nuez, ¡Adelante, don Antonio, hacia donde están las tumbas de nuestros queridos muertos, para glorificarlos, y donde alientan los hombres que viven, nuestros amados hermanos por la sangre y por el espíritu y por el corazón, para abrazarlos en la llama de la sensibilidad que adelgaza, afina y enaltece! Y mis más cordiales recuerdos a don Manuel Pasos Peniche, correcto varón, ciudadano incorruptible e insuperable amigo, que cuenta entre los de nuestra sensibilidad, la que no está, ni siquiera, a prueba de bombas yucatecas.

 

El Nacional. México, D. F., 5 de agosto de 1951, primera sección, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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