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Letras

José Juan Cervera
Las innovaciones tecnológicas traen consigo cambios en las formas de convivencia y en las costumbres comunitarias, al tiempo que modifican las visiones del mundo aceptadas en las sociedades que acogen esas influencias de flamante cuño. Los sistemas de entretenimiento masivo son un buen ejemplo de ello.
Cuando la industria fílmica se consolidó en el ámbito internacional, haciéndose presente en países considerados exóticos y periféricos desde el punto de vista de las grandes potencias económicas, mostró diversas expresiones de vida en sus figuras animadas, pero también impuso patrones de consumo tanto en centros urbanos como en localidades rurales, hasta instalarse de manera definitiva en las acciones cotidianas del público que formaba.
Hay estudios y referencias que abonan el conocimiento de distintas fases del proceso de recepción de contenidos cinematográficos en Yucatán, como las investigaciones históricas de Gabriel Ramírez, la crónica de Joaquín Tamayo sobre el desaparecido cine Maya de la colonia Alemán, de Mérida, así como el libro Cinema Palacio, de Iván Espadas, que se ocupa de la sala que en Cacalchén, durante varios años, brindó este tipo de espectáculos; el mismo autor prepara otra obra acerca de los establecimientos de dicho ramo que tuvieron presencia en varios municipios del estado. Juan José Caamal Canul rememora, en un escrito de febrero de 2019, el cine que conoció en Tekantó, su poblado natal, describiendo al empleado que se hacía cargo de las proyecciones. Si se indaga un poco más podrán añadirse otros testimonios que recrean hechos significativos ligados a estos espacios hoy en ruinas o con nuevo uso, pero que en su tiempo brindaron entretenimiento seguro a sus concurrentes.
El señor Juan Moguel Pech, nativo de Tekantó y hombre de campo a quien sus amigos recuerdan como un conversador ameno, en enero de 2001 relató algunos sucesos a propósito de las salas cinematográficas establecidas en su pueblo de origen. Así evocó los días de gloria del cine Lido, dotado de butacas cómodas y de una buena pantalla. Antes de éste existió el Regis, destechado y pequeño. La monografía de este municipio, cuyo autor es Wilbert Smith Centurión (2011), data su funcionamiento en la década de 1940, y registra la fundación del Lido en el decenio siguiente.
En su comunicación oral, don Juan refirió que las películas exhibidas en el Regis eran estadunidenses, algunas de ellas mudas. Cuando se hicieron populares las mexicanas, éstas ya tenían sonido y las pregonaban en las calles. Además de los vecinos de Tekantó, iban a verlas moradores de las fincas cercanas y de otras localidades como Citilcum, Sahnacat y Suma. El día en que se proyectó Allá en el rancho grande, esta cinta causó tanto interés que tuvieron que ofrecerla en dos funciones consecutivas, una comenzó a las ocho de la noche, y al terminar ésta tocó turno a la otra.
Dada la fama que la precedía, se programó en cartelera Lo que el viento se llevó, pero justo al comenzar a exhibirla llegó un ventarrón que movió la pantalla de su lugar, la cual fue a dar al horno de panadería de don Felino Coral. Cuando el propietario la sustituyó por una nueva, muchos le preguntaron si también la iba a llevar el viento y él contestaba, con incomodidad manifiesta, que no porque la iba a fijar muy bien en la pared. Fue una enseñanza perdurable que recibió a fuerza de padecer las inclemencias del tiempo y los efectos punzantes de burlas ocasionales.
Hacia los años sesenta, unos cuantos vecinos instalaron en sus casas los primeros televisores que llegaron a Tekantó. Los niños del pueblo se acercaban a las ventanas para ver los programas en blanco y negro de ese entonces. Don Alberto Gamboa compró uno para que su esposa doña Juanita lo tuviera en la sala familiar, pero ella lo puso de espaldas a la calle, ocasionando que nadie más pudiera verlo. Don Alberto se dio cuenta de su acción y le pidió colocarlo en sentido inverso para que otras personas disfrutaran también las imágenes de manera gratuita, ya que en algunas casas cobraban veinte y hasta cincuenta centavos como cuota para apreciar aquellas novedosas transmisiones. Entonces la señora decidió abrir la puerta para que los pequeños entraran libremente, aunque recomendándoles que lo hicieran con los zapatos limpios. Y esta escena se repitió durante muchas tardes en el Tekantó que ya sólo algunos pobladores longevos guardan en la memoria.





























