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Epílogo: Lo que hay adentro de este libro.

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Letras Mayas

Epílogo: Lo que hay adentro de este libro.

Adriana Malvido

Un instante puede cambiar la vida de un hombre. Como le pasó a Jorge Miguel Cocom Pech, aquel niño maya que, un día al abrir su mano, descubrió una semilla de maíz que había sacado de la bolsa izquierda del pantalón de su abuelo Gregorio, un sabio indígena que conocía el lenguaje enigmático de su cultura milenaria. No sin temor, el pequeño supo que su destino era la escritura y la salvaguarda del tesoro más preciado de sus antepasados: el cultivo de la memoria a través de la palabra.

Aquel grano de maíz se hizo palabra, poesía, narración, filosofía, y se unió al semillero de escritores indígenas que actualmente protagonizan un verdadero renacimiento literario individual y colectivo.

En ese contexto aparece la publicación bilingüe del libro de Jorge Miguel Cocom Pech, “El abuelo Gregorio, un sabio maya”.

Originario de Calkiní, Campeche, profesor normalista e ingeniero agrónomo con especialidad en sociología rural, Cocom Pech es, sobre todo, un escritor que da testimonio de cómo vive el pasado maya en el presente; no sólo en las piedras, los monumentos prehispánicos y los códices, sino en las palabras que recorren la historia a través de la tradición oral, las ceremonias de iniciación y también en los sueños.

El abuelo Gregorio, un sabio maya es un relato en prosa, cargado de poesía, que nos cuenta la aventura física y espiritual que Jorge Miguel Cocom Pech vivió a los trece años, cuando fue elegido por su abuelo para conservar y difundir las sagradas enseñanzas, ceremonias y rituales de sus ancestros; conocimientos que se transmiten, desde tiempos inmemoriales, cada tercera generación, es decir, de abuelo a nieto. Pero también, es un libro en el que, junto a la poesía y la fantasía, vibran con fuerza renovada la filosofía, la ética y la cosmovisión de la cultura maya.

“Nunca”, dice Jorge Miguel Cocom Pech, “conocí a nadie superior en el arte de contar cuentos como mi abuelo Gregorio.”

Recostado en una hamaca, aquel viejo sabio les contó a Jorge Miguel Cocom Pech y a sus hermanos y primos las mejores historias jamás contadas. Pero un día fue más allá. Guardó en su bolsillo una serie de semillas y advirtió a sus nietos que aquel que sacara de ahí un grano diferente a los demás, sería el elegido para memorizar las narraciones y, pasado un tiempo, escribirlas.

La mano de Jorge se abrió lentamente y apareció aquella semilla amarilla de maíz,1 diferente a las demás, que lo convirtió en escritor.

Y es que algo distinguía a Jorge de los demás niños. Después de la hora de las narraciones, el abuelo solía pedirles a sus nietos que le contaran aquello que soñaban por las noches. Jorge se sentía extraño en aquella “sociedad de soñadores” porque él no tenía la facultad de recordarlos. El abuelo le dijo: “En el Universo todo sueña y todos sueñan, pero no todos recuerdan; sólo recuerdan sus sueños los limpios de corazón, los limpios de espíritu”.

Jorge transcribe las palabras de don Gregorio:

El hombre, cuando nace a la vida terrenal, ingresa a la geografía de los seres durmientes. Si no trabaja con el poder de su espíritu, si no trabaja con el poder de sus sueños, es un hombre que vive dormido. Los sueños son revelación para la rebelión. Al soñar y recordar tus sueños puedes recobrar el código de tu primigenio y luminoso origen, y volver a la vida… somos fragmentos de luz… pedazos de sol…

En el capítulo “Testimonio de una iniciación”, Cocom Pech describe las ceremonias de petición que su abuelo realizó sobre él cuando tenía trece años; la Prueba del Aire, la Prueba del Agua, la Prueba de la Vida y la Prueba del Fuego para que pudiera recordar sus sueños y se convirtiera en Cazador de Auroras.

Recuerda siempre que, en el universo de la naturaleza, los sueños se convierten en realidad. La lluvia es el sueño del agua. El humo es el sueño del fuego. El azul del cielo es el sueño eterno del aire […] Tú, hombre, ¡tú eres el sueño privilegiado de la Tierra!

El abuelo Gregorio pensaba que la naturaleza es la verdadera depositaria de la sabiduría del Universo. Le enseñó a su nieto a observar el cambio del tiempo, si iba a llover o vendría la sequía, también le habló del tendido de la red de las arañas. Lo entrenó a leer el color de las nubes y a escuchar el canto de los pájaros. También le mostró leer los colores del halo de la Luna y las sombras y que proyectaban los árboles. Y le dió la capacidad de soñar y de convertirse en hombre.

Al respecto Jorge dijo:

Un día vi cómo unos ladrones se llevaban unas piedras labradas, se lo dije al abuelo y me contestó: “No te preocupes de que se lleven las piedras, preocúpate de que no te roben tus sueños.”

En el capítulo siguiente, el abuelo responde a siete preguntas de su nieto. Y se dan diálogos como éste:

–Abuelo, ¿cómo se llama Dios?

–El nombre del Creador está en el dulce canto de veinte pájaros, que un día puedes localizar.

–¿Qué son las flores?

–Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Luego de contestarle sobre las nubes, las libélulas, las cigarras, las avispas y los sapos, Jorge le pregunta:

–Abuelo, ¿y yo quién soy?

–Tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante… en busca de respuestas sin fin.

En los siguientes capítulos, Jorge y el abuelo se sumergen en la naturaleza para entablar un profundo diálogo con ella; el niño aprende a descifrar el mensaje del canto de las aves y emprende su búsqueda por el secreto del viento. En el camino, impregnado de metáforas y sabiduría, el asombro del niño se apodera del mundo, del hombre, del sentido de la vida y del enorme poder de la libertad.

“El que quiera disfrutar del canto de los pájaros no necesita construir jaulas, sino sembrar árboles”, dice don Gregorio. Y la frase es sólo un ejemplo de enseñanzas milenarias que, más allá de su belleza, sacuden la conciencia.

Al respecto Jorge dijo:

Los pueblos donde comienza la destrucción y la pelea entre hermanos ahuyentan las lluvias, que dejan de caer en la tierra; además, los árboles nos niegan sus frutos y, al poco tiempo, se multiplican las enfermedades. Cuando anida el odio en la cabeza del hombre, la tierra lo castiga negándole sus dones.

Como escribe Carlos Lenkersdorf en su comentario al libro de la edición publicada por la UNAM:

Las enseñanzas del abuelo maya, por bella que sea su forma, no se nos comunican por el mero deleite estético, sino para un llamado de atención porque se trata de la sobrevivencia de nosotros los seres humanos en esta tierra […] Todo el mundo vive y nosotros no somos más que una especie entre otras. No somos tan únicos. Ni tan singulares.2

El abuelo Gregorio, un sabio maya es un libro que enciende todos los sentidos para aprender a mirar el entorno, para aspirar en el aroma del aire el néctar de las flores, para tocar al mundo con el alma, probar los frutos de la huerta con gratitud y, sobre todo, escuchar a la naturaleza, al otro y al ave que todos llevamos dentro. Pero también, y sin miedo, al silencio que es “el lenguaje del espíritu”.

Los diálogos entre Jorge y su abuelo tienen lugar en sitios maravillosos donde conviven con seres fantásticos como el reptil alado; los itzáes, brujos de agua, y muchos más. Pero también perviven en la memoria de Cocom Pech: la Gran Ceiba que atestiguó todo, el aroma del copal, las flores, las plantas y las frutas de la huerta maya; los animales, los grillos y luciérnagas de la noche; los juegos infantiles, los cantos y las fiestas populares y religiosas, ahí donde se expresa el sincretismo y el mestizaje.

Jorge Miguel Cocom Pech recuerda que cuando era pequeño la maestra les pegaba en las manos a él y a su amigo Lak’íin regañándolos: “Para que dentro de la escuela ya no hablen la lengua maya”. Ahora dice, “escribo para recordarle a mi vieja maestra que no se me olvidó mi lengua materna y quiero que otros lo sepan también”.

Y resuenan las palabras de su abuelo: “De ahora en adelante vas a ser insumiso por haber recibido el privilegio de los dones de la libertad”.

El poeta Cocom Pech supo ver que los amaneceres “no son sino el ropaje imperial de los vientos”; aprendió a llamarlos para que lo nombraran hermano y, tiempo después, se convirtió de Cazador de Sueños, en hijo de Cazador de Auroras, tal y como lo anunció el abuelo.

Así, escribió este libro que es flor en la mano de los niños y semilla de maíz en el corazón de los hombres.

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1 Existen diversas variedades en color: blanco, amarillo, rojo y negro. Según los relatos del Popol Vuh y el Chilam Balam de Chumayel, el cuerpo del hombre fue hecho de maíz amarillo.

2 Carlos Lenkersdorf, “Llamado maya”, en Jorge Miguel Cocom Pech, Secretos del abuelo. Muk’ult’an in nool, México, IIFL–UNAM/Centro de Estudios Mayas (Literatura Indígena Bilingüe), 2006, p. 135.

Jorge Miguel Cocom Pech

FIN.

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