Visitas: 0
Letras

IX
1
–Renata no me vayas a fallar.
–¿Cuándo te he fallado, amiga? Ahí voy a estar. Pero no creas que me gusta hacer esos papelitos de Celestina. Al final siempre quedas mal, te lo advierto.
–Tú sabes que para esas cosas no puedo confiar en nadie.
–Pues la verdad es que no deberías confiarle a nadie esas cosas, son muy íntimas. Pero, bueno, vamos a ver qué se puede hacer.
–Okey. Te espero esta tarde a las seis en El Patio Azul.
–Ahí nos vemos.
Al momento de colgar el teléfono ya se había arrepentido de ceder a lo que consideraba un capricho de Sonia, pero le debía varias. Sin embargo, más que la lealtad, fue la curiosidad por conocer a quien puso de cabeza la vanidad de su amiga la que hizo que aceptara ir a hablar con una desconocida sobre las virtudes y buenas intenciones de Sonia.
Se conocían de años, según decían ellas mismas, pero en realidad su amistad la trabaron en los últimos semestres de la Universidad, cuando su homosexualidad las identificó y juntas entraron al mundo gay, dominado en ese entonces por viejas políticas y periodistas sin pelos en la lengua. Salieron en pareja con sus primeros amores, e incluso fueron novias de unas hermanas que les llevaban más de diez años. Esa vida fortaleció su relación de amistad, pero luego se enfrió cuando cada una tuvo que afrontar la vida real y el fecundo trabajo para poder mantenerse.
‘No sé por qué nos hemos distanciado,’ preguntaba Renata. ‘Lo importante es que seguimos siendo amigas, aunque nos veamos poco,’ aseguraba Sonia. Rara vez se veían, pero se hablaban en las fechas importantes, aunque ella siempre olvidaba el día exacto del cumpleaños de Renata, y solía felicitarla varios días después.
Para una misión tan delicada, Sonia no podía pensar en nadie más que Renata. Confiaba en que su amiga haría un buen papel encandilándole a Karina, pues ya habían pasado por eso antes y ella misma la había hecho de Celestina de alguna conquista de su amiga, a la que después había tenido que consolar tras la decepción. Era el momento de cobrar esa «buena acción», creía.
El problema se resumía en que Karina no le hacía caso, por más indirectas, frases encantadoras, regalos sorpresa y demás.
–Ya he invertido mucho en la relación –le explicó a su amiga–. Creo que ya es justo que me haga caso. Además, ¿qué quiere Karina? Yo soy una buena muchacha… Claro que tú sabes que tengo mi carácter, pero no me dejo de nadie. Además –presumía–, me han sentado bien el ejercicio y las dietas. Estoy como de veinte y tengo mis admiradoras.
Esta última frase le recordó a la chica flacucha que le presentaron en una fiesta y no dejó de mirarla e insistirle que bailaran. Sonia no le hizo caso y la flacucha termino yéndose sola a su casa, mientras ella seguía la fiesta en una discoteca con unas chicas que acababa de conocer.
–No te hubieras ido a vivir con ella así tan rápido si no creías que había esperanzas –le sentenció Renata–. Ahora estás doblemente atrapada porque, si no te hace caso, ¿qué vas a hacer? Vas a tener que buscar otro lugar donde vivir.
–Tenía que hacer mi lucha, ella me interesa mucho.
–Sí, amiga, pero te presionas y la presionas a ella. La vas a terminar cansando.
–O convenciendo.
–Ten cuidado, Sonia. Vas a salir raspada
Pero no escuchaba, estaba encaprichada con Karina y no la iba a soltar tan fácilmente. Estaba segura de que la chica iba a terminar tarde o temprano enamorada de ella, y estaba dispuesta a esperar a que ese momento llegara.
Patricia Gorostieta
Continuará la próxima semana…





























