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Educación entre los Mayas

XXVI
LA LÍDER QUICHÉ
En la aldea Chimel había una casa de reuniones semejante a la que existía en la organización administrativa maya tradicional, popolná, y que era el vínculo entre los gobiernos y el pueblo. En el caso de la aldea de Rigoberta, su padre, como principal que era, presidía las juntas y ahí planeó muchas de las estrategias que hubieron de adoptar, contando con la participación muy activa de su esposa y de los hermanos de Rigoberta.
Ella, para sus prácticas comunitarias, que eran principalmente las de instruir a los niños en el catecismo católico, recibía enseñanzas orales en su propia lengua porque los escritos que llevaba el sacerdote que visitaba la aldea cada tres semanas, estaban en español, y además ella no sabía leer. A pesar de estas limitaciones, el religioso les transmitía valores sociales y artísticos que dieron a la comunidad ideas elementales sobre cooperativismo y actividades recreativas que fomentaron agradables acercamientos.
El ejemplo del trabajo de sus padres y su natural sociabilidad, la condujeron a organizarse convenientemente con sus compañeras para que al acudir a las fincas lo hicieran en grupo y no permanecieran aisladas como les ocurría a sus padres, pues la falta de integración lingüística era una de las mayores causas del retraso de las etnias, y hacía a los trabajadores más indefensos.
Desafortunadamente, en la primera temporada trabajando en grupo en la finca, tuvo la pena de que una compañera muriera intoxicada por el efecto de la fumigación de un plantío de algodón. Esta desgracia, otros constantes sufrimientos debidos a la pobreza, la necesidad de entrar en contacto con personas que hablaran el español para tener oportunidad de aprenderlo como recurso indispensable para ayudar a su gente, y además la esperanza de un sueldo remunerativo, la hicieron aceptar ir de sirvienta a casa de un terrateniente, antes de cumplir los trece años. Durante casi un año que pasó en el empleo, a pesar de la marginación en que vivió, obtuvo cierto conocimiento del habla española. Próxima a dejarlo, se entera de que su padre ha sido encarcelado por primera vez, y a partir de entonces se pone al lado de su familia para la defensa de los campesinos a quienes los latifundistas están desalojando de sus aldeas y despojando de sus tierras que habían trabajado arduamente, ganándoselas a la selva y a las montañas.
En la lucha civil de Guatemala, de las más sangrientas de América Latina, cuyo inicio se remonta a los años cincuenta, la familia de Rigoberta se desmembró: sus padres y un hermano murieron torturados y ella se dedicó, por distintos rumbos del territorio, a organizar campesinos y encabezar movilizaciones que culminaron en huelgas y manifestaciones. Para ello, la más fuerte organización campesina, el CUC (Comité de Unidad Campesina), se unió a congregaciones estudiantiles, obreras y religiosas populares, y constituyeron un Frente Popular en el que Rigoberta participa de manera notoria. Insistentemente perseguida, en 1982, en momentos cruciales es protegida por correligionarios, y como miles de guatemaltecos, salió hacia el exilio a México, desde donde hace irradiar su defensa por los derechos de los indígenas de su tierra y de América.
Ante organismos internacionales, como representante del CUC, desarrolló intensa labor por la paz, haciendo que su voz se dejara oír en el lenguaje español que, apenas tres años antes de salir de su país, había aprendido.
La elocuencia de sus comparecencias a lo largo de diez años ante foros internacionales, la hicieron célebre lo mismo en Madrid y Albufeiras en 1983 que en Nairobi (1985), Milán (1987). Toronto y Badajoz (1988), y en París (1989). Aspectos de su vida y su lucha incansables fueron objeto de testimoniales que avivaron favorables sentimientos hacia su causa, todo lo cual condujo a que la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel de la Paz 1992.
Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) la galardonó con el premio «Educación para la Paz». Rigoberta hizo oír su palabra en los más altos foros a favor de la paz en su tierra, clamando por el respeto a todos los indígenas americanos y exhortando a un compromiso universal para hacer justicia a los oprimidos.
Nuestro siempre oportuno periodista local, Marcos Heredia Pérez, comentó en esa oportunidad:
“La indígena de Guatemala, representante no folklórica de las etnias de este continente, en gran parte mestizo, expresó en Oslo, el pasado jueves, conceptos –reiterativos si se quiere– que inducen a la reflexión en un contexto adverso a millones de personas cuya suerte trágica se acepta cínicamente como algo «natural». Nunca antes la voz de las etnias marginadas, humilladas y ofendidas se había elevado tanto como en esta ocasión en boca de esa maya-quiché.”
Candelaria Souza de Fernández
Continuará la próxima semana…





























