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El Barrio de la Ermita de Santa Isabel – V

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Capítulo Cuarto

LA ERMITA DE SANTA ISABEL Y LAS CALLES 64 Y 64 A

El parque, la iglesia y el Arco de San Juan en el extremo norte, y la Ermita de Santa Isabel en el otro, por el sur, hacen una entidad urbanística, reconstruida y mejorada por el actual Ayuntamiento de Mérida, que ofrece auténticos atractivos para el turista, y aun para los habitantes de toda la ciudad, por sus características coloniales.

Del parque “Velázquez” –este es su nombre oficial en homenaje al liberal y visionario jefe de los “sanjuanistas”–, se va directamente a la Ermita partiendo del Arco de San Juan por las calles 64 y 64 A, arranque del antiguo Camino Real de Campeche, cuya pavimentación con adoquín francés acaba de inaugurarse, con otras mejoras urbanas en el rumbo, en ocasión al segundo aniversario del Gobierno del señor Luis Torres Mesías, entusiasta impulsor de esas obras.

El recorrido ofrece mucho interés. Es una ruta de abolengo, de larga tradición, y en algunos aspectos pintorescos. Casi una tras otra se suceden las casas de fachadas o con dinteles que sólo por casualidad se han conservado, la mayor parte con detalles de tipo religioso. Se pasa por varias esquinas cuyos nombres servían al viandante hasta hace relativamente pocos años, y a pasar de la nomenclatura numérica, como señales para guiarse en la búsqueda de algún lugar o domicilio. Las relaciones sobre el asesinato de D. Lucas de Gálvez nos dicen que el jinete criminal partió velozmente hacia la calesa del Gobernador desde la esquina de “El Toro” para perpetuar su atentado; viajeros ilustres como Waldeck y Stephens hablan de las esquinas de “El Venadito”, “El Elefante” y “El Monifato”. Entre el Arco de San Juan y la iglesia de Santa Isabel se pasa por las esquinas de “El Clarín”, cruce con la 73; “El Harén”, antes “Los Baños del Harén”, cruce con la 75, donde alguna vez hubo un teatrillo para cómicos de la legua y representaciones de obras regionales, y “El Autogiro”, precedente del helicóptero, que expresa la admiración de algún anónimo vecino por este invento.

Ya hemos dicho que en la misma calle quedan varias construcciones coloniales, una de ellas la de la esquina con la 77, número 537, que se conserva casi completa, y todavía coronando la fachada de la casa número 556, se ve al “Culcal-kin”, cuya fotografía insertamos en esta somera relación: un San Antonio, del que se dice que una bala de cañón en la guerra contra el Imperio de Maximiliano le arrancó al niño que sostenía en la mano y que, por obra y gracia de esta sacrílega mutilación, pasó a los cuentos de espanto con la categoría de cura sin rostro, de alma en pena que por las noches abandonaba su pétreo arco y recogiendo su largo sayal deambulaba aquí y allá, saltando azoteas, asustando a los vecinos con sus leves pasos y haciendo que las viejas se santiguaran. Esta casa del “Culcal-kin”, que con los predios laterales formaron primitivamente uno solo, luce sobre sus puertas sendas cruces ramadas, y en los lados de los dinteles una especie de espirales grabadas en la piedra. Otros detalles dignos de verse se encuentran en las fachadas de las casas números 503, 505, 506 en la que está empotrada la placa que señala el término de la parroquia de Guadalupe, 519 y 556. Es curioso, y no sabemos por qué, que las cruces que se observan en los dinteles de estos predios sean exactamente iguales a los que coronan las dos puertas laterales de Santa Isabel.

Con las que más parecido les hemos encontrado es con las cruces florenzada y flordelisada, heráldicas ambas, con la única diferencia de que éstas son del tipo griego, como el signo de sumar, y aquellas del latino, de eje central perpendicular más largo hacia abajo. Otras se ven de los dos modelos de cruces de ancla, como los de las puertas laterales del templo.

Martin de Palomar, vecino y regidor de Mérida, consigna en instrucción y memoria escrita en 1579, que “… en el campo, fuera de la ciudad, a la parte sur, está una ermita, cuya invocación es del señor San Juan, que hicieron los vecinos por promesa, tomando por abogado a ese Santo contra la langosta que hubo el año de 1552.” Como se ve por esto, el origen de la iglesia de San Juan es bastante más antigua que el de la ermita de Santa Isabel, pero ésta había llegado a ser más importante hacia fines del siglo XVIII.

Las noticias históricas consignan que, con motivo de la plaga del voraz acrídido, como ahora se diría, a que hace referencia el regidor Palomar, se cubrió la luz del sol, y que con ese motivo se echó suertes entre los nombres de algunos santos para tener por patrón al que por ellas saliese, resultando el afortunado San Juan Bautista. Cantósele una misa solemne y cesó la plaga.

En vista de este milagro, por suscripción del vecindario se edificó una ermita que debió ser muy modesta, ya que en la iglesia que hoy existe, y que es de uno de los templos más hermosos y amplios de Mérida, hay una lápida en bajorrelieve con esta inscripción:

SE ACAVO ESTA

Sta. YGLESIA EN 23, DE JUNIO DE 1770

HABIENDOSE ABIERTO LOS CYMTOS. EL DIA

14 de Xbre. De 1769.

Pero entibiada la devoción de los constructores de la primera iglesia, y habiendo aparecido el año de 1618, en la víspera de la festividad de San Juan, tan gran número de langostas que cubrían los campos y caminos, el Obispo, el Gobernador y ambos Cabildos hicieron voto de ir todos los años el día del glorioso Precursor a su Ermita, a cantar una misa con sermón, voto que se ratificó en 1631.

Nuevamente cayó en olvido el agradecimiento oficial al Bautista, pues la gratitud humana rara vez se mantiene sin renovados dones, y otra vez sobrevino una plaga de langostas en 1666 que, entendiéndola como castigo a su flaca devoción, el Gobernador don Francisco de Esquivel y los principales vecinos de Mérida conjuraron marchando en solemne procesión a pie y descalzos a la abandonada ermita. Este voto se cumplió por última vez en 1860, cuando ya soplaban los juaristas vientos de fronda.

Más adelante, después de la calamitosa hambre que asoló esta península por los años de 1669 y 1771, el Dr. Agustín Francisco de Echano reedificó el templo a sus expensas.

En las calles 64 y 64-A especialmente, subsisten casas o construcciones coloniales con sus características de un solo piso, altas de puntal generalmente, con zaguán algunas, y puertas con dinteles sencillos.

Al terminarse la primera pavimentación de Mérida, muchas fachadas se modificaron arbitrariamente no sólo en éste, sino en todos los rumbos de la ciudad, quitándole carácter al conjunto, para sustituirlas con otras híbridas o francamente exóticas, visiblemente de líneas afrancesadas en el norte de la ciudad, convertido en zona residencial de las clases pudientes.

Desaparecieron entonces los balcones corridos y volados que se veían principalmente en las esquinas, entre los últimos el del edificio donde estuvo instalada la famosa Librería Burrel, cruce de las calles 59 y 60; las ventanas de hierro forjado, las hermosas canales de piedras labrada que servían de adorno y, desde luego, los caños o gárgolas que desaguaban los techos en nuestra época de lluvias.

Además de la placa en bajorrelieve empotrada junto al Arco de San Juan, sobre la calle 64, a que nos referimos más adelante detalladamente, existe en esa ruta histórica, donde se bifurca para formar la 64-A y en la casa número 508, una piedra con la siguiente leyenda:

CXIII D.M.

CIII H.J. q. R.

     DE A. AL OR. P.

EJ.V.P. A.D.

MDCCLXV

 

     Término de la Pa-

     rrochia de Guada-

     lupe azia poniente

     sigue de aquí dere-

     cho al Sur.

En el vértice o punta de diamante que forman las calles 64 y 64-A, hay un pequeño monumento con la lápida de mármol en que se asienta:

AL

Gral. CEPEDA PERAZA

Que en la época aciaga del Im-

perio Franco-Austriaco hizo de

esta humilde morada la cuna de

la revolución republicana de

  1. Dedica esta lápida con-

Memorativa

EL

CIRCULO DE ESTUDIANTES

EN ESTA CAPITAL

Mérida, Mzo, 3 de 1888

Honra este monumento la memoria del ilustre fundador del Instituto Literario del Estado.

Humberto Lara y Lara

Continuará la próxima semana…

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