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Viaje a la Ciudad

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Viaje a la Ciudad

Esperó a que apareciera por la puerta el anciano y entonces avanzó dando pasos cortos. Ya que su vista se acostumbró a la semipenumbra, miró acá y luego, poco a poco, hacia allá.

Forzaba la visión. Necesitaba hallar dos lugares.

En el vagón ya había algunas personas sentadas; algunas reflejaban en la cara el tedio de la espera, otras conversaban en voz baja, y unas más – con sus bolsas o subiendo los pies – guardaban el lugar a conocidos que aún no llegaban.

Todos les miraron al pasar.

En el vagón hacía calor, pero el peso del tenate y la prisa por encontrar un lugar preferente le sofocó más.

Localizó dos sitios sin ocupar y se dirigió hasta ahí. Al volver la vista para llamar al abuelo, este le indicó con su sombrero que volviera hacia él y le mostró un par de lugares que habían escapado a su primera y rápida  inspección.

Desanduvo el camino y, al acercarse, el abuelo se había sentado, reservándole el lado de la ventanilla.

El día anterior había llegado a la ciudad. Trajeron aguacates.

Caía la tarde sabatina cuando el tren entró lentamente en reversa a la estación, emitiendo ensordecedores silbidos preventivos.

Pasaron bajo la sombra de los silos de concreto de la harinera y observó el trabajo de los obreros que embolsaban la harina. Otros se asomaban por las ventanas.

El juego de béisbol se detuvo en el campo de los terrenos de “La Plancha”.

Desde que el tren reinició su movimiento, planificó mentalmente sus actividades: salir a las calles iluminadas, mirar la vida citadina, observar las marquesinas y los carteles de los cines, y tomarse un sorbete.

El silbido del tren anunciando la partida lo sacó de sus cavilaciones.

Habían llegado con tiempo de antelación.

Dos horas antes, la abuela había preparado el almuerzo, reunido el equipaje, y después ellos emprendieron el camino a la estación.

Sabían que, de la casa a la terminal de ferrocarriles, les llevaría  alrededor de treinta minutos.

Dos días antes habían trabajado arduamente, utilizando los bajadores de diferentes medidas. El abuelo se mantenía apartado y, mediante indicaciones precisas con el bastón, señalaba qué frutos y cómo debía bajarlos.

Al descender de la mata y contabilizar los aguacates, el abuelo consideró que poco más de la mitad de los frutos no llegarían a la casa.

En el camino los fueron vendiendo o regalando a los vecinos, según el criterio del anciano.

El tren comenzó a moverse y a hacer sus maniobras con la finalidad de salir de los patios de la estación. El abuelo verificó la hora en su reloj pulsera que traía en el bolsillo y, con un imperceptible movimiento de la cabeza, subrayó la concordancia de los tiempos.

Con un ensordecedor silbido, el tren apartaba de las vías vehículos y personas, abriéndose paso hacia su destino.

Las calles, a esa hora de la tarde dominical, estaban vacías.

Era un día dedicado al descanso, a la convivencia familiar, a la celebración vecinal.

Era un tanto extraña esta ciudad sin automóviles y sin personas en la calle.

Imaginó familias alrededor de una mesa platicando, bromeando, sonriendo.

A los muchachos de su edad jugando una “cáscara” en el atrio de la parroquia; a las amigas dándose cita  para ir a la función de cine en la tarde, y cien facetas más que se cumplían al mismo tiempo esta tarde.

Se vio él mismo y al abuelo, la tonalidad del sol de la media tarde, las paredes de los edificios de la calle 57, escuchó sus pasos – juntos, sin emitir palabra alguna – en su camino de retorno a la Estación Central.

Cruzó los brazos y recostó la cabeza sobre el marco de la ventanilla. Entonces vio cómo la ciudad pasaba y finalmente quedaba atrás.

Entristeció, pero también albergó la esperanza de que el abuelo lo trajera nuevamente la próxima vez.

Juan José Caamal Canul

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