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José Juan Cervera
La efigie del prócer, en su mutismo broncíneo, acaso anhele el anonimato que lo redima del escrutinio público y de la interpretación torcida de los hechos que la inexorabilidad del tiempo desfigura.
Si su figura solemne cobrara vida, se apresuraría a enmendar el rótulo adulador que convierte en gloria lo que su memoria íntima define con vocablos más ligeros.
Escultura epónima y placa conmemorativa forman un binomio que aspira a la prescripción simbólica.
Toda huella labrada en mármol se asienta sobre la ilusión de que el pedestal es base de una honra imperecedera.
Una pose y un perfil en relieve son elementos auxiliares de la memoria que puede caducar sin previo aviso.
Impertérrito garante de un puñado de restos áridos, puede cubrirlo el mar o derribarlo un cataclismo incluso después de que su honor perezca al eco de voces desdeñosas.
La monarquía o la república, el entusiasmo popular, o la devoción adusta son bases precarias que declinan más pronto que sus anhelos remotos.
Las glorias largamente cantadas tienen sello precario, tal como dicta la intuición que prefiere callar cuando viejos acordes templan el ambiente.
Si el héroe se viese representado en la figura pétrea que se alza en medio del parque, observaría un gesto que nunca encontró cuando solía mirarse ante el espejo.
Y aquella inscripción empotrada en el pedestal pinta paisajes de vida apócrifa, despojada de sangre cálida.





























