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La extinta Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado

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Los seres humanos vivimos entre cosas, objetos y afectos, muchas veces acumulados sin sentido. Legajos de vida que son ignorados, sin pensar para que los almacenamos. Seguramente los guardamos con la ilusión de que nos puedan ser útiles en algún momento, quizás aguardando la posibilidad de ser revividos, para escribir de ellos desde la redención de los afectos, para crearles historias, para alegrar o entristecer nuestras vidas al contemplarlos. Tal vez para compartir su utilidad simbólica con otros. Acaso para nada, probablemente para la inutilidad y la basura cuando dejemos de respirar.

Nuestras fotografías son parte de ellos. Son expresiones, metáforas y simbolismos de las realidades que hemos vivido. En mi computadora salvaguardo una carpeta rotulada con la leyenda “Fotos Escuela de Escritores”; al abrirla se despliega una columna de trescientas ochenta fotografías archivadas. La carpeta navega entre muchos otros archivos que forman parte de mi preciada colección de registros académicos, laborales, familiares y recreativos; y que desde hace cerca de ocho años había sido simplemente ignorada.

Nos encontramos a días cercanos del festejo que marca el calendario cívico, escolar y cultural como “El día del Maestro”, por ello me pareció significativo rescatar algunas para honrar y recordar a un sector de profesores que merecen ser reconocidos, y en automático recordar a esa escuela que ya solo existe en nuestros recuerdos.

Quienes tuvimos la fortuna de transitar y hacer historia en la extinta “Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado” no me dejarán mentir: las fotografías eran un elemento importante de la dinámica escolar diaria. El pase de lista a los profesores era captándolos en una imagen testimonio, una estampa que validara su presencia física en la tarea que se les había encomendado. Imagino deben existir cientos de ellas más en otros archivos de compañeros y en otros lugares más que desconozco.

Hace años publiqué un ensayo acerca de la fotografía narrativa. Hoy se antoja rescatar algunos elementos que cité en ese texto para reutilizarlos junto a algunas muestras del archivo que nos ocupa.

Rememorarlas una a una, es imposible, son muchas imágenes para narrar. Simplemente les invito a recrear la mirada y la memoria con unas cuantas muestra que adornan este texto. Recordemos juntos a algunos profesores para agradecer la enseñanza, el acompañamiento, las risas, las confidencias personales, sobre todo aquella de su tardado pago cada quincena; el simbolismo de ello, sus significados y significantes. Recordemos al mismo tiempo ese edificio de construcción antigua, denominado por la Faculta de Arquitectura de la UADY como monumento arquipatrimonial.

Dicha escuela se ubicaba al interior del edificio del Centro Estatal de Bellas Artes, lugar que en la antigüedad fue conocido como un hospital asilo para enfermos mentales llamado “Leandro León Ayala”. Pienso que esta extinta escuela será recordada como un espacio físico y simbólico donde la posibilidad de pensar, interrogar, y elaborar en sentido literario los entornos prefabricados y la creatividad era la materia prima de un ambicioso programa curricular académico de formación literaria.

El Programa fue generado a instancias del gobierno del Estado de Yucatán a través del Instituto de Cultura y del consejo Nacional para la Cultura y las Artes, avalado por la SOGEM. Con una oferta educativa ambiciosa y duración de dos años, el plan de estudios comprendía 22 asignaturas que abordaban desde la escritura creativa hasta la filosofía, la literatura a lo largo de la humanidad y el análisis literario. Era una ruta formativa por los géneros de poesía, cuento, ensayo, novela, redacción periodística, composición dramática, además de guion para cine, radio y televisión. Adicional al programa académico general, la institución contaba con una amplia oferta de talleres de verano y otros de corta duración atendiendo a públicos específicos y también educación en línea por la plataforma REDALICY.

Ese espacio simplemente desapareció un día, mas nunca los recuerdos, las anécdotas e historias misteriosas que forman parte de nuestros aprendizajes.

Recuerdo algunas de nuestras charlas sobre las energías y las voces de los que ahí vivieron en su locura, en su extrema inteligencia, o en su dolor y abandono. Temáticas que, para los que nos quedábamos hasta muy tarde, eran recurrentes en el silencio de ese antiguo edificio, además de motivo de creatividad y narrativa oral, pretexto para convocar el efecto “cutis horripilación cutánea”, o sea, los pelitos de punta o piel de gallina. Imaginar o escuchar el crujir de la madera, una risa lejana, casi un lamento, o frases sueltas, fragmentos de poemas, diálogos incompletos flotando en el aire; eran parte de nuestros ejercicios creativos de escritores emergentes.

Esa escuela y sus maestros no solo eran para aprender a escribir. Era un lugar para aprender a pensar diferente, a sentir demasiado, a leer el mundo como nos lo cuenta Michel Petit.

Me gusta pensar que esos antiguos pacientes se convirtieron en almas amables impregnadas en esas trescientas ochenta fotos, que nos prestaron su locura, su genio y su dolor para escribir historias, para ser leídas y compartidas.

Cuando nos volvemos a encontrar con ellas —con las fotografías—, experimentamos emociones y sentimientos. Significa que nos conectamos con las historias que transmiten, dado que son eternizadoras de un pasado que nos recuerdan que somos memoria, que ella es un caleidoscopio, una alegoría que nos hace imaginar y reconstruir en palabras lo que merodea en nuestros territorios personales. Nos regresan al momento de ser captados y juegan un importante papel en los procesos mentales y, sobre todo, en los creativos, encontrando su propio espacio entre las artes visuales al ser capaces de crear símbolos a través de sus imágenes.

Hablar del magisterio, la fotografías y la literatura parece fácil, pero no lo es. Es entrar a territorios complejos de la creación artística, de sociología, de política, de pedagogía y de un montón de conceptos más. Temas atemporales que no merecen ser insultados con simplismos; dejemos eso para los expertos.

La intención de esta colaboración gira en torno a ofrendar a esa escuela y a sus maestros, desde el recuerdo a su labor, una demostración de nuestro cariño con estos testimonios y construcción de relatos. Sería fascinante intervenir cada una de las fotografías para hacerle su historia, convertirlas en auténticas fotografías narrativas y potenciar la literatura impersonal o subjetiva. Son tantas que sería imposible en este texto. Desde este dicho, la imagen fotográfica renuncia así a cualquier finalidad exclusivamente estética o ilustrativa, puesto que reproducen la realidad, respondiendo a un nuevo concepto de verdad.

Pensemos en estas fotografías como un grupo de voces hablando con un ruido tácito a nuestros ojos, cuestionando la realidad, obligándonos a trabajar con la memoria. En ellas hay historias que se cuentan por si solas y otras que se crean para contar la historia, para convertirlas en fotografías narrativas, y para eso no hay reglas, aunque si se pueden enumerar elementos utilizados por su valor y para darles sentido.

Para convertir una imagen en fotografía narrativa necesitamos solamente un retrato nítido que cuente con: Un protagonista, que nos sirva para hacer una referencia física, el cual puede ser un ser humano, un objeto o un animal; una atmósfera especial en la que ocurrirá una historia; una consecuente referencia temporal vista como contexto explicito e implícito, y finalmente, que esta sea capaz de trasmitir una emoción. Les comparto entonces unas cuantas para que hagamos cada uno nuestra historia de lo que nos engrandece y hace sentir importantes al colocar en nuestras semblanzas: “Egresado de la Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado”.

Mi reconocimiento a los que están en las imágenes, a los que ya trascendieron dejando sus lecciones, y a los que no aparecen en ninguna imagen, pero están presentes en nuestra memoria y recuerdos.

Gracias, muchas gracias, Maestros, por lo que son y por lo que nos enseñaron.

MAR GÓMEZ

acuzomac61@hotmail.es

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