Quiéreme, papá

By on junio 25, 2020

Carta de Kafka a su padre

Aída López

 “… y vosotros, padres, no provoquéis la ira a vuestros hijos,

sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”.

Efesios 6:4

La figura paterna ha sido ponderada desde la religión católica con Dios Padre, el Imperio Romano con Flavio Orestes –quien nombró emperador a su hijo Rómulo Augústulo a los 12 años–, pasando por la psicología con Sigmund Freud y Jacques Lacan, así como en la literatura, cuyos intríngulis han sido abordados por escritores de todas las épocas como son Jane Austen, Mario Vargas Llosa, Franz Kafka, y actualmente Jorge Volpi y Manuel Vilas, entre muchos otros.

La palabra patrimonio, cuyo significado es lo recibido por línea paterna (patri y monium) involucra no solo bienes materiales, sino que en este contexto abarca costumbres, aficiones, actitudes y visiones. En sinnúmero de casos, profesiones u oficios han sido fuertemente influenciados por el padre, como podemos apreciar en artistas de la talla de Pablo Picasso, Johann Strauss, W.A. Mozart, Giacomo Puccini; asimismo, otros han extendido su quehacer, si no en la misma disciplina, sí en una complementaria, como es el caso del pintor francés Pierre-Auguste Renoir y sus hijos: el director de cine Jean Renoir y el actor Pierre Renoir.

Según la Teoría Freudiana, el Principio de deber o SUPERYÓ está regulado por los padres en cuanto a la represión, conciencia moral, rectitud, inhibición del ELLO (ID) y la búsqueda de perfección; de ahí la importancia en configurar la personalidad del niño, quien guarda en el inconsciente el mundo interno de fantasías, recuerdos y deseos que le sirven para interpretar el afecto de sus genitores. Lacan le da un peso importante a la figura paterna en la estructura psíquica debido a que con la función del padre se alcanza la familia humana, distinta de la biológica, encausada únicamente para los cuidados básicos.

La variedad en los métodos de crianza, que van desde los autoritarios hasta los permisivos, pasando por los democráticos y, en su peor versión, los indiferentes o negligentes, marcan la diferencia en el desarrollo de los individuos. Actualmente, se ha introducido una nueva categoría: padre tóxico, para referirse al tipo de padre demandante, celoso, humillante, exigente, manipulador, bipolar, maltratador, intransigente, dominante, amenazante, cuyos hijos en la adultez se sienten inseguros, subestimados, sumisos e indignos, interfiriendo en la madurez emocional e independencia que conducen a la autorrealización.

En “Carta al padre”, Franz Kafka escribe a Hermann, su padre, una serie de reproches por el trato recibido siendo niño, que se extendió hasta la edad madura. La misiva escrita y fechada en Schelesen, Bohemia, en noviembre de 1919, comienza dando respuesta al señor Kafka respecto a la afirmación del escritor de que le tenía miedo, respuesta que en concordancia tarda en llegar por el mismo temor. Franz, en un acto introspectivo, reflexiona las razones de escribirlas en vez de conversarlas. “La magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento” refiere, sin dejar de llamarlo “Querido padre”.

A través del manuscrito, Kafka expone situaciones y pasajes del estilo de crianza que lo marcaron. Aquí unos puntos a considerar respecto al trato de su padre:

Demandante. Hermann Kafka reprochaba que, a pesar de haber sacrificado todo para que su hijo tuviera sustento y una vida cómoda, este no se lo agradecía al no llevarle siquiera una entrada para el teatro, siendo muy distinto con sus amigos, calificando su comportamiento de egoísta, indiferente e ingrato.

Celoso. “Yo siempre te he querido, aunque no como ellos”, afirmaba Hermann, esto para comparar su forma de educar a Kafka con la de otros padres. Bastaba con que el joven mostrase interés por alguna persona para que el señor, sin considerar sus sentimientos ni respeto a su opinión, insultara, difamara y calumniara a personas inocentes, incluyendo a sus dos únicas novias.

Humillante. Kafka enfatiza el modo irónico de su padre cuando lo veía contento con algo o alguien: “Yo vi cosas mejores”, “Me conmueves con tus preocupaciones”, “No tengo la cabeza tan descansada”, “Trata de comprar algo con eso”, “Qué acontecimiento”, son algunas de las expresiones desmoralizantes a las que recurría.

Exigente. Kafka nunca pudo llegar a ser la persona que su padre hubiera deseado ya que, al morir sus dos hermanos varones, todos los anhelos recayeron en el joven que se sentía débil frente a la figura paterna fuerte, saludable, superior, perseverante y con presencia de ánimo. “Tú solo puedes tratar a un niño de lo mismo con que estás hecho”, escribe con amargura.

Manipulador. La insensibilidad del señor Kafka se manifiesta en la celebración de conductas o discursos que van con su ideología, sin importarle si eso abona al porvenir de su hijo, a la vez que desprecia lo que no se alinea a su forma de pensar. “Todos mis pensamientos, en apariencia independientes de ti, llevaban desde el principio el peso de tu veredicto adverso. Era alentando cuando realizaba bien el saludo militar, siendo que no sería un soldado”.

Bipolar. Kafka reclama a su papá la diferencia de trato y estado de ánimo hacia él en comparación con los extraños. En este punto hace la primera alusión a un insecto al referir que, mientras él se desarrollaba lentamente, su padre era un hombre hecho que podría aplastarlo sin dejar nada de él.

Maltratador. Kafka relata con claridad un suceso en sus primeros años: una noche lloraba, pidiendo agua para tomar, y la respuesta amenazante y violenta de su padre fue sacarlo de la cama y dejarlo solo en el balcón, en camisa, con la puerta cerrada. En este punto el escritor reconoce su obediencia, pero con el alto costo del daño interior por la desmesura del castigo. Durante años tuvo la visión de un gigante que podía llegar en cualquier momento de la noche para sacarlo de la cama y dejarlo afuera.

Intransigente. Kafka refiere la imposibilidad de mantener un diálogo tranquilo con su padre, si no estuviera de acuerdo de antemano con el asunto. “Tu temperamento dominante no lo permite”.

Dominante. El señor Kafka atribuía su carácter al nerviosismo cardiaco que lo aquejaba los últimos años, cuando siempre fue así; por ese mal eliminaba toda posibilidad de contradicción. “Ni una palabra de protesta”, mientras levantaba la mano. “Te destrozaré como un pez”. 

Amenazante. El escrito refiere las veces que el padre corrió alrededor de la mesa del comedor con la intención de asir al “hijo desobediente”, y la madre tenía que rescatarlo de la furia real o fingida, lo que terminaba resultando en clemencia que Kafka interpretaba como un regalo inmerecido.

Derivado de los recursos educativos de su padre, Franz se convirtió en un joven tímido, nulificado, callado, de lenguaje entrecortado y tartamudo, inseguro y culpígeno, huyendo de todo lo que significara una cercanía con el tirano, desde el alejamiento al negocio familiar hasta la distancia con sus hermanas y su madre.

El papel de su mamá como “batidor en una cacería” se ajusta al concepto de maternidad de Lacan donde ella es el contacto amoroso, hasta que irrumpe el padre para imponer la ley. Si bien Hermann nunca tocó físicamente a sus hijos, los gritos, el enrojecimiento de su rostro y ademanes calaron hondo la psique del pequeño, enjuto y débil Franz, quien nunca logró concretar un matrimonio por considerarse inhabilitado para conquistar la libertad e independencia que conlleva, aunado a la creencia en su incapacidad de educar a los hijos.

En 1915, Franz publicó “La metamorfosis”, cuyo protagonista un día despierta convertido en un insecto despreciable para el rígido padre, la madre débil y la hermana compasiva. A medida que nos introducimos al caótico mundo del escritor expuesto en la misiva, no podemos dejar de hacer una analogía entre ambas obras: la primera, una metáfora de su vida, y la segunda, un texto no ficcionado de su percepción de los años vividos junto a su padre déspota.

Si bien en el escrito reconoce a un hombre entregado a la familia, simpático para los extraños, buen orador, entre otras cualidades, éstas deslucen por el carácter desamorado y enérgico con la intención de crecer hijos fuertes, logrando el efecto contrario.

Franz murió de tuberculosis a los 40 años, cinco posteriores a la carta, la cual se publicó de manera póstuma. Su padre falleció años después, ensombrecido por los reclamos de un hijo con el que nunca logró tener una relación sana, una que justificara sus esfuerzos por lo que él consideró una buena educación.

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