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Punto de Partida
Desde que mi huella empezó a dibujarse en el polvo abierto de los tiempos, desde ese ayer que mi memoria enriquece al amparo de los años de hoy, mis pasos han tenido la honrosa verticalidad que propicia la frente en alto y el estómago vacío. Divina oquedad deliciosamente dolorosa, pobre, podría pensarse, porque pocos la comprenden al no sentirla, desde luego, al no experimentarla como tal, vacío de grandeza.
Todo viene a mi memoria en un afortunado torbellino de desorden; aquel gastado disco pujando en cada vuelta, liberándose sin liberarse de aquella música suave, bohemia, evocadora, que me calaba hasta el último hueso y hacía que mi pluma torpe por fin se moviera, y el espejo manchado en el que descubrí que mi risa era una sola, de “Standard” se podría calificar, porque era de un solo color y de un mismo tamaño para cualquiera, para Juanito o Don Juan, o para el mendigo de mirada tristemente agradecida.
Todo por su camino, todo en orden, amando y respetando a nuestros hermanos hombres, a nuestros hermanos perros, a nuestros hermanos gusanos. Las muestras de afecto compartido tenían que estar ahí, en el mismo escenario en donde nacían los pasos verticales.
Es verdad, los oídos crecieron por la más elemental razón biológica, y fue cuando empezaron a poder digerir palabras, y vimos que éstas no siempre caían con la misma suavidad, ni a los mismos terrenos. A veces –muchísimas veces– iban más allá de lo que hubiéramos podido imaginarnos. Y sus proas, otrora amables, se trocaban en guías de inesperados y sangrientos abordajes.
–No culparemos al mar que dar obligada cabida en su seno a buques asesinos, sin escrúpulos, y tantas veces tan ridículamente mercenarios–.
Tanto y tanto decir sin decir nada, mientras nos revolcamos en el insomnio cotidiano. Vueltas y vueltas en esa cama maloliente, impregnada de sudor rancio y de tiempo, ¿Arrepentido tal vez? No, no, arrepentido jamás.
Y ahí está el tiempo muerto, ensangrentado, herido, burlado, traicionado.
Virginidad perforada por las horas implacables, fatales. Y las gargantas gritando, unas pocas, muy pocas, diciendo verdades, y las otras –todas las demás– mintiendo. Pero todas gritan. Qué horrible, qué deprimente que se una la veracidad y la mentira en la tribuna del mundo, de un mundo suicida que no alcanza aún a conocerse, confundido, que no sabe si este agujero es el surco que espera complaciente la semilla, o es la herida producida por una bomba.
Me pareció fuera de tiempo estar en ese olvidado café, haciendo reflexiones solitarias nocturnas. Pensé salirme rápidamente y tratar de encontrar a un amigo para hacerlo partícipe de mis inquietudes y esperanzas. Y en efecto, salí, me puse a caminar por esas calles, y las encontré deliciosamente vacías. Más me dijo la intermitente luz de una lámpara enferma que las voces y miradas agrias de los hombres hechos máquinas de la noche anterior. Debo haber caminado mucho sin rumbo cierto y de pronto, sin saber cómo, estaba frente a una anciana que acariciaba a un gato.
Sentada en el marco de una puerta, me miró fijamente, lo cual me obligó a darle las buenas noches. En lugar de contestar mi saludo, dijo: “Ilusión, hijo, todo es ilusión, todo se queda ahí en el campo de la ilusión, porque si das un paso más se habrá fugado de tu alma el deseo de tener, de haber logrado lo querido. Esa espera, donde se conjuga el temor, la esperanza, y el deseo, es la vida misma, cruda y real, donde uno se sumerge y trata a toda costa de salir para luego no encontrar nada, después de haberlo conseguido. Ve, sigue tu camino, solitario muchacho, que ya mi gatito tiene sueño y tengo que acostarme.” Esbocé una ligera sonrisa a manera de despedida y seguí mi caminata. Me sentí cansado, pero sin ganas de dormir, y volví al punto de partida: el olvidado café.
Un radio portátil a todo volumen, irreverente rompía, en mil pedazos el silencio de la noche, acribillando el ambiente con un “Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le…”
Y a la sombra de esta sombra enardecida, lanzada por aquel radio estúpido, vi la sonrisita necia del cajero que se paseaba triunfante, complacido.
Inverosímil venganza contra el arte.
Y pensé que los gorilas del mundo estaban ahí representados en la cara de tonto de aquel empleado con olor a vacío, a completo vacío.
Me sentí solo, rodeado por un mundo de oquedad infinita. Pensé en lo importante que es vivir con la muerte, para evitar así morir con la vida.
Pero, para lograr esto, se debía seguir trabajando sin desmayo, importando poco las consabidas críticas de los frustrados, de los enemigos gratuitos.
De nuevo me encerré en mi pequeño estudio, sentí la protección de esas cuatro paredes que me separaban encantadoramente de todo y de todos. Debo haber estado mucho tiempo sentado en mi viejo escritorio, escribiendo y escribiendo.
Lo último que recuerdo es un grueso olor a metal recién aceitado, y unas hojas de papel rodando por el suelo. En efecto, esto es lo último que tengo en la memoria.
Me ha explicado que en la sien derecha se me apreciaba un orificio del cual salía un grueso hilo de sangre, y que la oración fúnebre en el panteón no pudo haber sido más cursi.
Ahora me siento más independiente, más platicador –qué hermoso es hablar y que nos entiendan–.
Pero sigo viendo a mis espaldas en ese mundo que ayer tuve, en los cines, en las calles, en los prostíbulos, en los parques, el paso ligero, apresurado hasta la desesperación, de querer disfrutar devorando todo; películas, diarios, revistas, discursos, sonrisas, mujeres, en ese mundo en donde todos quieren ver y sentir todo para, luego, no ver ni sentir nada…

José Luis Llovera
[Continuará la semana próxima…]





























