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Por El Umbral de la Memoria

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Por el umbral de la memoria(1)

Por El Umbral de la Memoria

La calle 59 y librerías de Mérida

De pronto se cruza el umbral de la memoria, o te asomas a la ventana del ayer. Entonces miras lugares y personas que has dejado de ver, de transitar cotidianamente por las calles, pero que perviven en la mente, en los recuerdos.

Miras en el buzón del pasado donde el oleaje de un inmenso mar – invisible, pero implacable – va moldeando el entorno y trastocando las imágenes: como si el hoy fuera ayer, o el mañana lo que ha transcurrido sin que vuelva a ser.

Aún se recuerda el trajín de personas, el ir y venir de jóvenes, adultos y niños por la calle 59, la antigua calle de Porfirio Díaz. El cruce de la esquina 68 por 59 convocaba a más de un meridano; en ese lugar estaba el Cinema 59, y también una de las pocas librerías citadinas o locales – entre las más importantes de aquellos años – que tomaba su nombre del autor de la Divina Comedia, quizá rememorando, “parafraseando”, o inspirándose en la  Shakespeare and Company,  la librería independiente situada en el quinto distrito de París.

Shakespeare and Company fue fundada por George Whitman y Sylvia Beach, quien también fue la primera en publicar el libro de Joyce – Ulises – en 1922. Por ella pasaron los autores norteamericanos avecindados en la Ciudad Luz, en la Europa de entreguerras. En la actualidad es una librería y biblioteca especializada en literatura anglosajona y punto de peregrinaje obligado de los bibliófilos. Hay muchas razones para recordar a esta librería. Para la ubicada en Mérida, ¿habrá algo por lo cual recordarla?

También estaba enfrente de estos locales un reconocido restaurant de comida árabe que ya no está en el lugar, que fue movido más al norte, por la calle 60, y que es de grato recuerdo y de permanente visita para los sibaritas de la Blanca Mérida.

Entonces, el transeúnte en aquella librería podía asomarse por los ventanales y mirar la mesa de novedades, observar y comprar, si estaba en la medida de sus posibilidades, algunos de aquellos libros. Quizá entrar y mirar tantos libros y colecciones, las ediciones de la editorial Diana que traía los libros de García Márquez. No se conocían Alfaguara, ni Anagrama, y los pocos libros que llegaban eran de precios elevados, dado que se catalogaban como libros de editoriales extranjeras. Ahora es tan común encontrarlos hasta en las librerías de segunda mano.

Se podía mirar la cartelera del Cinema 59, anunciando la película de la semana, y los próximos estrenos.

Ascender por las escalinatas nos colocaba metro y medio por encima del nivel de piso; al entrar a la sala, descendíamos entre las butacas – casi sin darnos cuenta – esa altura, para estar de nueva cuenta a nivel de piso, a escasos metros de la pantalla de proyección.

Propaganda comercial y turística de la ciudad. (Archivo personal)
Propaganda comercial y turística de la ciudad. (Archivo personal)

Terminada la función, se salía por el estacionamiento posterior, hacia la calle 68. Entonces uno miraba a ambos lados; por uno veía las luces azules y verdes de neón del Hotel San Luis, y por el otro las luces amarillas de vapor de mercurio de la calle 59, porque en ese tiempo la iluminación urbana, las lámparas de las calles principales eran de las conocidas como colonial mexicano, y las aceras de la 59 eran de adocretos hexagonales.

La esquina tenía un movimiento inusual. Aún sigue ahí el hotel, antes Autel 59 y ahora Ambassador. Recordamos que en aquel lugar había una agencia de viajes, Rutas del Mayab, y una sucursal de la rentadora de autos Budget y dispensaban, para los visitantes, planos de la ciudad.

De esos recuerdos y experiencias he podido localizar un plano de los puntos principales, de los espacios con historia por visitar, de la oferta turística, apuntalado con la propaganda de aquella época.

Plano turístico de la ciudad con perspectiva, se indican los lugares principales del centro. (Archivo personal)
Plano turístico de la ciudad con perspectiva, se indican los lugares principales del centro. (Archivo personal)

Ahora toca preguntarnos: ¿quién pudo ser el autor, el dibujante anónimo, de ese plano del centro de la ciudad, que representó los lugares más interesantes de aquel microcosmos, que está realizado con cierta perspectiva de sus edificios y lugares más frecuentados y emblemáticos, los cuales todo meridano o yucateco puede reconocer porque somos la ciudad?

Somos los que damos vida y movimiento con las ideas, con capitales, con el trabajo de nuestras manos, nuestras voces, ideas, o con nuestro sentimiento – risas y lágrimas, tristezas y alegrías –, con nuestra celebraciones familiares, barriales y comunitarias, con el bullir e ímpetus de los niños y jóvenes que han vuelto el centro meridano casi una ciudad escolar.

Con nuestros andares por toda la ciudad, puliendo y devastando las aceras, es imposible decir que esta ciudad es la misma. Todos hemos cambiado, ella y nosotros, así como nuestras ópticas y nuestros proyectos, truncos o realizados.

Desde la distancia y lejanía del ámbito citadino, percibo cada madrugada el incipiente rumor que se vuelve estruendo, que se vuelve estridencia dentro de estridencias, tal como es el sino de esta ciudad.

A continuación: un relato breve, imaginado, pero con elementos tomados de la realidad de aquel momento, quizá de todo momento.

Paraíso

Casi todas las tardes, se quedaba mirando aquella maqueta.

Pasaba siempre por aquella calle y aquel hotel, Autel, como se leía en su fachada principal. No podía resistir acercarme a aquel paño de cristal; poco a poco ver primero mi imagen reflejada en él, y luego miraba aquella arena de la playa, la mar turquesa, palmeras, las piedras que se sumergían en la mar; las gibas, excepto aquella  invasión o detalles que afeaban el lugar como el hotel, las palapas, bañistas acostados, sentados, jugando voleibol; la avenida, automóviles, ciclistas y restoranes a escala mínima.

Siempre era por las tardes cuando me encontraba llenando algunos formatos, tomando algunas llamadas de los agentes de turismo, siempre realizando alguna ocupación, era cuando sentíamos una sombra e, inmediatamente, la presencia de aquel  viejo, mirando la maqueta de los condominios de la compañía en la playa del Caribe.

Cerraba los ojos y aspiraba fuertemente, sintiendo la fresca brisa marina, los efluvios salinos. Aguzaba los oídos para poder, primero, convocar con la memoria y entonces escuchar el arrullo maternal que surgía de los labios de la olas y sus caricias en la arena, los graznidos de las aves. Pero no puedo escuchar las risas de los que disfrutan esa playa de aguas turquesas y cristalinas; siento cómo una voluta enorme de agua barre y limpia esa playa de los gritos de los deportistas, de los ritmos tropicales que brotan como flores de las radios o estéreos.

Al principio nos inspiraba desconfianza que aquel anciano sucio y desgarbado se acercara y tocase el cristal, que dejase su bolsa grasienta, e intentara hacer alguna barbaridad. Pero solo se detenía a cierta distancia, se quedaba mirando la maqueta, cerraba los ojos, se agitaba, para luego retirarse.

Rápido nos acostumbramos a ni siquiera mirarle. Sabíamos que pasaba a una hora determinada, y luego se retiraba, hasta el día siguiente. Cuando teníamos algún cliente le explicábamos la anécdota, lo miraban y volvíamos a nuestros asuntos.

Piensan que soy un viejo loco y sucio, que se muere de ganas de ir a esa playa, cuando en realidad nací y crecí cerca del mar y en un lugar semejante, reconocible por la arena, el azul turquesa del agua, las rocas salientes y sus palmeras.

“En fin. Como les digo”, explicaba el jefe a un grupo de turistas alemanes, “es un nuevo espacio turístico con casas tradicionales, senderos, puentes de madera; todo apegado al primitivismo de nuestra zona, además de selva de por medio, hotel y condominios, restoranes, calles pavimentadas, con todos los servicios que pueda tener un espacio distante y cercano a la civilización, de la que ustedes huyen pero que a la vez desean tener, en caso de que lo requieran, a la mano.”

“Es un lugar paradisíaco que localizamos mediante satélite y que habitaba un campesino anciano y trastornado, con su familia igual o peor que él. Los expulsamos, porque pensamos que era demasiada belleza para un solo hombre semisalvaje. Así nuestros socios inversionistas decidieron convertir el lugar en un espacio para vivir y compartir con nuestros amigos extranjeros.”

Regresaré allí. Es mi casa, son mis terrenos, es mi Mar, es mi… Soy el mar, soy la naturaleza que caigo sobre los diablos del capital y reinstaura la armonía entre sus habitantes y la naturaleza.

Soy… 

Fin

Regresando al umbral de la historia, podemos citar incluso negocios que han desaparecido o cambiado de lugar. Por ejemplo, las empresas asociadas a un edificio determinado, como Burrel – la cual ya no es más – se trasladaron a un céntrico local reducido en espacio donde nadie lo imagina, y a diversas sucursales por distintos puntos de la ciudad.

Ticket de precio de los libros en venta en la guarda, un ex libris. (Archivo personal)
Ticket de precio de los libros en venta en la guarda, un ex libris. (Archivo personal)
Predio de la librería Burrel. Obsérvese que el ex libris es semejante a la imagen, e incluye hasta los cables de la lámpara de iluminación urbana.
Predio de la librería Burrel. Obsérvese que el ex libris es semejante a la imagen, e incluye hasta los cables de la lámpara de iluminación urbana.

La Literaria con su particular arquitectura, con aquella dama – doña Sonia – encargada de la librería, espacio mínimo – un pasillo – que estaba en un entrepiso, con vista a la papelería, atenta siempre a las solicitudes de los clientes y con la cual se podía hablar de tal o cual tema, y que más tarde emprendió su propia librería – la Zamná  – que estuvo  sobre la calle 61 a escaso metros de la iglesia y ex hospital de san Juan de Dios, ex  templo del Rosario, ex  Museo de la Ciudad. Hoy la librería está al interior de los locales en la planta alta, según indica el directorio del recibidor.

Ilustración de la fachada de la librería y papelería La Literaria. Al reverso de este documento, que la empresa obsequiaba a principios de cada ciclo escolar, se encontraba un calendario para registrar los horarios de asignaturas (Archivo personal)
Ilustración de la fachada de la librería y papelería La Literaria. Al reverso de este documento, que la empresa obsequiaba a principios de cada ciclo escolar, se encontraba un calendario para registrar los horarios de asignaturas (Archivo personal)

Queda para otros hablar de esos espacios que hoy han desaparecido, pero no las esquinas o los edificios reconvertidos en tienda de avíos para costura, mercerías o boneterías. Y eso es que dicen que hay crisis laboral y una fuerte competencia entre sastres y modistas y la plantas maquiladoras, pues las personas prefieren ir a comprar ropa o trajes hechos industrialmente.

Esta ciudad sobrevive a otra ciudad, quizá más interesada en la venta de encajes, telas o alfileres.

Cosas para una población manipulada por las inercias económicas de los eventos cíclicos; carnavales, cuaresmas, fines de cursos, temporadas vacacionales, regresos a clases, fiestas patrias, hanal pixanes, halloween, posadas, navidades, día de reyes, y de nuevo a comenzar.

Ya en el siglo XIX, dice Víctor Suarez Molina, esta ciudad contaba con algunos libreros no del todo dedicados a ello. En sus negocios, además de libros, se vendían todo tipo de objetos: comestibles, mercería, quincallería y productos medicinales.

Al establecerse la imprenta en la entidad los impresores, a la par que editaban o imprimían libros, folletos y periódicos, también los traían de la ciudad de México, de La Habana o España.

Uno de los primeros comerciantes de libros en Mérida fue Jorge Torre, el cual anuncia en el número tres del periódico la Lealtad Yucateca del 2 de junio de 1820 que “en la Plaza de la Verdura, en la tienda de George Torre se vende el periódico en comento a un Real, el tomo primero de Clamores de la fidelidad republicana de la edición de 1814 de Jose Matías Quintana a 5 pesos, así como obras en prosa y verso del mismo autor.”

La Plaza de la Verdura no es ni más ni menos que la que derivó luego en La Placita, que hoy conocemos como Bazar García Rejón, según nos refiere Gonzalo Cámara Zavala en su Catálogo Histórico de Mérida (p. 40)

La ciudad continúa su marcha, nosotros la remontamos y el destino no se percibe. Por supuesto, todos y cada uno pernoctamos en los hogares respectivos, como escala cotidiana de nuestro plan mayor: la vida misma y los proyectos existenciales.

Los recuerdos se nos adelantan y el futuro convive con nosotros, o se rezaga.

Estamos en Mérida, seguimos…

Juan José Caamal Canul

Bibliografía

Suarez Molina, Víctor M. Los libreros de Mérida en el siglo XIX y algunos más del siglo XX. Ediciones de la librería universitaria.

Cámara Zavala, Gonzalo. Catálogo Histórico de Mérida con los nombres de las calles. Editorial Área Maya, edición facsimilar. 1977 José Díaz Bolio.

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