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Otzilil

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Otzilil

“Conocer el ayer,

entender el presente,

prepararnos para el mañana

en bien de la Humanidad”

Poco antes que algún extranjero pisara tierras mexicanas, allá en Xul Sacbé –una aldea maya– vivía plenamente, disfrutando de las comodidades que el medio ambiente le ofrecía, la tribu Itzá Kaan. El jefe era Nohoch Itzá, que gozaba de bien ganado prestigio en su grupo, y en los circunvecinos, por sus actos piadosos llenos de ternura y bondad.

Nohoch Itzá tenía como normas venerar a los ancianos y extremar los cuidados de los niños, era convencido de que éstos constituían el futuro de su aldea y de su tribu. Jóvenes y adultos sin distinción de sexos trabajaban mancomunadamente por el bien de la colectividad. Los trabajos de esa época eran muy sencillos; los hombres cazaban, pescaban, recolectaban semillas, raíces, frutos, hacían chozas, acarreaban agua y leña. Las mujeres acompañaban a los hombres y los ayudaban en todos los trabajos a fin de ganar el diario sustento.

En Xul Sacbé el hombre vivía en contacto directo con la naturaleza, era dueño y señor de los recursos naturales existentes en su territorio.

Cabe decir que estaban en la opulencia porque la fauna los proveía de abundante carne, la flora de exquisitos frutos, miel y hierbas medicinales, en su pequeño lago – al que llamaban Si’is Ha’ por lo fresco de sus aguas – había peces de diversas clases. Era, por lo tanto, una comunidad perdida en la selva, bien alimentada, saludable y feliz.

Cierta vez, Nohoch Itzá tuvo unos sueños tan desagradables que lo llenaron de preocupaciones. Vio en sus sueños que en la aldea había nacido una niña rubia de ojos azules, tan flacucha y débil que a todos les daba lástima mirar, y que era objeto de esmerados cuidados, cosa que a él lo llenaba de ira porque se sentía desplazado como jefe de la tribu. Contrariamente a su habitual modo de ser –bueno y comprensible con sus semejantes–, ordenó que la mataran, argumentando para ello que se trataba de un fenómeno que ponía en peligro la tranquilidad del grupo. A esa criatura le fue impuesto el nombre de Otzilil.

Nohoch Itzá no podía apartar de su mente a la inocente niña rubia y flaca sentenciada a muerte por él –que era incapaz de hacer daño al ser más insignificante–. La preocupación lo hizo víctima de numerosas conjeturas; no se explicaba el porqué de su inconsciente conducta. Decidió consultar con Hanal Kaan, curandero y sabio de la tribu que hacía las veces de consejero de máxima confianza.

–“Hanal Kaan,” –le dijo– “es necesario que me saques de la incertidumbre en que he caído, a partir de unos raros sueños que he tenido y que, a decir verdad, me han sacado de quicio. Se trata del nacimiento en nuestra aldea de una niña cuya piel asemeja al color del sol y sus ojos al del cielo. Enclenque y digna de compasión. He visto que todos la cuidan y protegen –quizá por pena, no sé por qué–, pero esa actitud de la gente hacia ella produce en mí un estado de ánimo muy especial; algo así como desconfianza, celo o envidia. Presiento que se está gestando algún movimiento para eliminarme y elegir a otro jefe. Algo inconcebible es el hecho de que a esa niña la llaman Otzilil nombre totalmente desconocido para mí y, por tal, falto de significación.”

Hanal Kaan, hombre de mucha experiencia, cimentaba su fama de sabio y médico de almas, en la confianza que hacía nacer entre sus pacientes, al escucharlos detenidamente y escudriñar con sus vivarachos e inquietantes ojos de penetrante mirada, como buscando en sus reflejos las respuestas correctas a cada caso.

Al terminar de exponer los motivos de su preocupación, Nohoch Itzá aflojó los nervios y se quedó dormido. Así permaneció por espacio de cuatro o cinco horas, tiempo que permitió a Hanal Kaan elucubrar acerca de los sueños de su señor. En los cuarenta años que tenía de ejercer la profesión era la primera vez que se encontraba con una tarea verdaderamente difícil.

Pensaba: “Niña con piel color de sol y ojos de cielo, enfermiza y aun así venerada por todos, puede ser que se trate de una representación de Kinich K’ak’moo, dios del fuego respetado por toda nuestra raza, por temor de su cólera, –anuncia desgracia–. En ese caso la reacción de mi señor es toda justa, ya que en él no anidan rencores contra nadie, –pero por tener la ineludible responsabilidad de protegernos, mandó a matar a la niña de sus sueños, para devolverla al cielo de donde había venido, según el color de sus ojos. Si no fuera así, puede ser que se trate de un aviso celestial para prevenirnos de alguien o de algo desconocido.”

Sumido en sus cavilaciones estaba cuando la voz de Nohoch Itzá lo hizo recordar que ya era tiempo que le diera alguna respuesta a su preocupación.

–“Dime, por favor, mi incomparable Hanal Kaan, ¿has encontrado explicación sensata a los sueños que me atormentan?”

–“No, señor, aún no, pero si está dispuesto a contestar algunas preguntas, tal vez después de algún tiempo pueda aproximarse a la verdad.”

–“Dime, soy todo oídos.”

–“¿Hija de quien es esa niña que miras en tus sueños?”

–“De Xkan Lol, la doncella más hermosa de Xul Sacbé.”

–“¿Y su padre?”

–“Desconocido. Entre nosotros y entre las tribus vecinas, no hay hombre que se le parezca.”

–“¿Respetas a Kinich K’ak’moo?”

–“¡Jamás!

–“Era urgente hacer esa pregunta ya que, según mis deducciones, es él quien nos está anunciando desgracias. Se trata tal vez de algún k’az i’k que pudiera acarrear fuego hasta nuestras chozas y acabar con toda la aldea; también existe la posibilidad de que se cumpla la profecía de los Ah Kinoob que dice:

“DEL CHUNKA’AN BAJARÁN POR VOLUNTAD DE KU, EXTRANJEROS BLANCOS A DOMINAR EL MAYAB”

“Esto sería lo peor, porque tiene relación con el nombre que dan a la niña, con Otzilil. Está escrito que, cuando en nuestras tierras habiten otras razas, habrá Otzilil en ellas. En ese sentido, Otzilil significa lo que queda de la guerra: miseria, hambre, odio, intranquilidad, esclavitud, amargura.”

–“¡Ya, ya, ya!” –repuso Nohoch Itzá llevándose las manos a la cabeza, como si fuera presa de intenso dolor y añadió: –“¡No sigas, por favor, que tus palabras hieren mi alma!”

Después de meditar profundamente por largo rato, decididamente dijo:

–“Es preciso preparar a la gente para que cuando eso sea defiendan lo suyo a como dé lugar, entendidos de que es preferible vivir en la muerte que morir en la esclavitud.”

La sesión se dio por terminada y Nohoch Itzá, visiblemente atribulado, se retiró a su hogar, del que desde entonces raras veces salía.

Aquel hombre bondadoso y confiado se volvió desconfiado y escurridizo. Y, como dijo, se dedicó personalmente a preparar a la juventud en las duras tareas de la guerra. Tenía la convicción plena de que en cualquier momento su aldea sería asaltada por extranjeros blancos como Hanal Kaan le había dicho.

No se sabe a ciencia cierta cuanto tiempo se estuvieron preparando los jóvenes de Xul Sacbé para defender su suelo, su hogar y su familia. Lo cierto es que durante un buen período no hubo motivos de inquietud y poco a poco fueron recobrando la calma, hasta que volvieron nuevamente a la acostumbrada tranquilidad.

La juventud de Xul Sacbé obtuvo, con los ejercicios, magnífica condición física; la aldea se hizo famosa por la habilidad de sus guerreros y porque, a pesar de las cualidades que poseían, era gente pacífica, dada al orden y respetuosa de la vida de sus semejantes. No eran vulgares buscapleitos, ni deseaban sostener luchas intercomunales; tenían claro el conocimiento de que en el Mayab todos eran iguales y de la misma raza.

Nohoch Itzá, sin embargo, obstinado en sus trágicos pensamientos y cansado por las fatigas que cada día le producía el intenso trabajo al que se había sujetado, cayó enfermo, más bien encaprichado, y por más esfuerzos que hicieron notables yerbateros de la región, sucumbió rodeado de sus familiares y sus más cercanos colaboradores.

Poco antes de ausentarse para siempre, nombró a su hijo Chan Itzá heredero de su cargo y le hizo jurar que lucharía hasta vencer o morir en contra de cualquier invasión extranjera.

–“Has de fijarte”– le dijo – “que, para tener a alguien como enemigo, es preciso que éste sea blanco y procedente de lugares extraños. Cuidado con combatir a nuestros hermanos de raza, porque entonces la maldición de los dioses caerá sobre ti y los tuyos.”

–“Padre,”– respondió Chan Itzá– “en esta tierra todos somos mayas. Estoy seguro que el día en que cualquiera aldea sea atacada por extranjeros, será motivo suficiente para que nos unamos y con un solo frente lograremos poner a salvo todos nuestros bienes. Muere en paz y tranquilidad, que tu obligación en este mundo la has cumplido a satisfacción de nuestra tribu; gracias, padre, por haber sido tan bueno y por todas tus enseñanzas. Me esforzaré por hacer todo cuanto esté de mi parte por imitarte.”

Veinte años más tarde, comenzaron a oír en Xul Sacbé las noticias de que unos cazadores habían visto perdidos en el bosque a unos hombres barbudos vestidos de modo diferente, al parecer, hambrientos y sedientos.

Luego se supo que a esos hombres los había hecho prisioneros Poloc Itzá, jefe de una aldea cercana al mar.

Se desconoce de qué medios se valieron los extranjeros para hacerse amigos de Poloc Itzá: es muy probable que le hubieran obsequiado todo lo que llevaban encima. El caso es que uno de ellos se casó con Lol Be’, hija de Poloc Itzá, y de esta unión nació una niña rubia de ojos azules y enfermiza –como la que soñaba Nohoch Itzá –. Así mismo, esa niña era querida y respetada por los vecinos de su aldea.

Mas, a pesar de todos los cuidados que le prodigaron, pronto murió de una enfermedad desconocida: se le llenó el cuerpo de ampollas que luego se iban reventando y de las heridas manaba abundante aguadija que producía insoportable ardor y mal olor. Los curanderos bautizaron a esa enfermedad k’ak’ porque se propagó con increíble rapidez, como lo hace el fuego con las hojas secas del bosque, y porque los enfermos parecía que morían de horribles quemaduras. No tardó en desaparecer la tribu de Poloc Itzá, luego otra y otra, hasta que llegó a Xul Sacbé, en donde sus curanderos lograron salvar muchas vidas aplicando a los enfermos gelatina de sábila, planta de hojas gruesa semejante al henequén, pero más pequeñas. Fue la primera desgracia que sortearon merced a la preparación que habían recibido de Nohoch Itzá.

Pocos años después, el Mayab fue invadido por los españoles y, aunque los naturales se defendieron con toda bravura, al fin fueron sometidos, sin excluir a los vecinos de Xul Sacbé.

El resto, supongo queridos lectores que ya habrán de imaginarlo, después de la guerra hubo en el Mayab Otzilil que, como aseguró Hanal Kaan, fue miseria, hambre, odio, intranquilidad, esclavitud y amargura.

Los españoles sentaron sus reales en esta parte del nuevo Mundo y despojaron a los indios de sus tierras, los esclavizaron, atentaron contra sus costumbres, destruyeron sus templos e implantaron su cultura e idioma.

–“Colorín colorado, mi cuento ha terminado. ¿Les gustó? Si les gustó, me alegro, ésa fue mi principal intención, hacer que quien lea este cuento pase un rato de solaz esparcimiento.”

“Pensadora”

Q.F.B. LEYDI DEL SOCORRO YERVES MEDINA

Continuará la próxima semana…

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