Oktoberfest 2018

By on octubre 25, 2018

Perspectiva

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La noche que va del sábado al domingo en que nuestro horario de verano regresa a nuestro tradicional horario, para lo cual retrasaremos nuestros relojes una hora, con lo cual podremos disfrutar una hora más de sueño, será la del próximo 27 de octubre. Esa noche, como hace más de 20 años, un grupo de amigos de mi padre y otros que se han convertido en familia tendremos el gusto de reunirnos y brindar por un año más de vida y de amistad en nuestro ya tradicional Oktoberfest, en Alter Haus, la sede oficial.

Como sucede con muchas efemérides, nuestro Oktoberfest tuvo orígenes que nunca se consideró perduraran como lo han hecho, naciendo de lo informal, evolucionando a lo formal en cuanto a su celebración. Inicialmente era una reunión de unos cuantos compañeros de trabajo en casa de alguien, para la cual se llevaba –o encargaba– cervezas y comida, además de sillas y mesas, con la intención de pasar un rato agradable rememorando y compartiendo historias comunes, muchas originadas de la convivencia diaria en el trabajo, renovando amistades, haciendo nuevas, reforzando lazos de amistad.

Con el paso del tiempo, los hijos nos fuimos incorporando, los preparativos adquirieron sofisticación y requirieron antelación, creció el número de invitados, adquirió complejidad la logística. Ahora participan los nietos de aquellos que iniciaron con esas reuniones, todos conociendo y familiarizándonos con las raíces de nuestra ya extendida familia, todos haciendo votos porque esa amistad se conserve, pase lo que pase. Así pues, en el Oktoberfest festejamos primeramente la amistad que nos une y nos unirá, aun cuando no estemos presentes, creando vivencias y recuerdos que perdurarán.

A nivel local, también desde hace varios años, descendientes de alemanes que viven en la ciudad, a los cuales se unieron otros restauranteros y emprendedores, han establecido un festejo anual bajo el cobijo del Oktoberfest de la nación germana. Con mi padre y hermanos hemos intentado participar en cada uno de ellos, cuando los ha habido, con el fin de probar no solo la cerveza característica de la celebración –la cual tiene que cumplir con requisitos específicos para ostentarse como tal– sino también algunos platillos preparados, posiblemente tropicalizados pues parten de los recuerdos de muchos de esos descendientes, a la usanza de la nación teutona, convirtiendo el evento en una celebración a la cerveza y a la comida, sin faltar los postres, en un evento que inicia en viernes y finaliza hasta el domingo por la noche.

Pues bien, asistimos al de este año, y he aquí algunas impresiones al respecto que acaso lleguen a oídos y ojos del comité organizador para su consideración durante la organización del evento del 2019.

El lugar donde se festejó me pareció adecuado, suficientemente ventilado, con suficientes mesas y sillas; con acceso por el Periférico, el estacionamiento no fue problema, ni fue necesario pagar por él; los sanitarios fueron del tipo portátil y que se renta, y no me dio la impresión de que su número fuera insuficiente. Bien la animación y la música típica, que nos alentaba a brindar con ellos.

El negrito en el arroz fueron, a mi parecer, los precios: me parecieron exageradamente altos, haciendo que la experiencia no fuera nada barata. Por principio de cuentas, el acceso por adulto costó $85, lo cual permitía participar en la rifa de algunos artículos donados por los organizadores y las empresas participantes. Ya en el interior, si se deseaba degustar una cerveza alemana (Spaten, Hofbräu, Franziskaner, Löwenbräu, Becks y otras), debía pagar $90 por cada una, en presentación de medio litro; también había cerveza nacional, tanto de marcas conocidas como artesanales, a menor precio. Si se deseaba una lata de refresco, había que pagar $25 por una lata de 355 ml; en algunos locales, un plato de papas fritas costaba $45; uno con una salchicha preparada a la “alemana”, acompañado con una telera y chucrut, no costaba menos de $85; platos más sofisticados en otros restaurantes costaban el doble y un poco más. En resumen, un platillo más una cerveza más la entrada hacían que por persona se gastaran $255, sin incluir postre. Multiplique esa cantidad por la cantidad de adultos que normalmente conforme su familia y lo acompañe a estos eventos y comprenderá a qué me refiero.

Al platicar al respecto, nos quedó la duda acerca de si los precios fijados eran necesarios para cubrir el costo de la renta del piso y local, o si se pusieron de acuerdo entre todos para, graciosamente, deslizarnos la daga, confiados en que no dejaremos de asistir. Al mismo tiempo, adquirió más relevancia la oferta del buen amigo Thomas Meyer, que en su local nos recibe y nos ofrece lo mismo, pero a un menor precio, compartiendo con nosotros su sazón, y la misma cerveza helada que ahora tuvimos que, como decimos por estos rumbos, “repagar”.

Desde esta perspectiva, con precios como los anteriores, los invito a considerar, señores organizadores y proveedores de bebidas y alimentos que participaron en esta edición del Oktoberfest, que así están logrando que a su evento únicamente asistan los pocos de la llamada “clase pudiente”, y no la mayoría de nosotros que no lo somos. Los conmino a recordar lo obvio: este festejo es el mejor escaparate para que conozcamos un poco de su cultura, no una oportunidad para hacerse de ganancias en el marco que proporciona. No nos maten las ganas de ir como intentaron hacerlo este año, por favor.

Prost.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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