Visitas: 0
Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

Muertos de Miedo por un Partido de Vólibol
Amanecía. Había citado a mis alumnitos para las siete y desde antes yo esperaba. Llegó uno sin muchas ganas y me dijo que los demás no querían ir. Era evidente que él tampoco.
Corrí a casa del más cercano y su mamá me dijo que había ido a la milpa.
– “Pero, señora, él tenía que haber estado conmigo desde las siete y usted lo sabía,” le dije.
– “Pos sí, profe, pero él no quiere. Ni siquiera ha almorzado.” – Llaman almuerzo a los alimentos que toman en la mañanita.
Yo pregunté, más desesperado que molesto: “¿Dónde está la milpa?”
– “Ahí donde se ve ese manchón,” dijo señalando con la mano una tierra oscura por recién arada, en un bajío como a doscientos metros.
Cerca de nosotros había un caballo amarrado a la sombra de un mezquite.
– “Señora, por favor, présteme ese caballo.”
–“Tómelo, profe,” contestó, y a toda carrera me fui a la milpa.
Al acercarme, vi un sombrero que asomaba tras el tronco de un huizache y hacia allá me dirigí. Me acerqué al dueño del sombrero y lacónico le ordené: “Sube en ancas.”
El niño obedeció mientras decía: “Buenos días, profe.”
Y así, sin desayuno, nos fuimos a la escuela.
Algunos otros niños veían todo desde sus casas y supieron entonces que, si no se presentaban, yo iría por ellos, así que llegaron dos más. Ya eran cuatro de los ocho que había convocado. Como se hacía tarde, decidí cargar con nuestro destartalado y desinflado balón y pasar sólo por otros dos más que vivían por el camino hacia Mariana. Con ellos completaría el “equipo”.
Alrededor de las siete y media echamos a andar.
Para la tarea que teníamos enfrente – hacer un papel siquiera medianamente decoroso frente a las otras escuelas, todas ellas en “menos peores” condiciones que nosotros–, era necesario mantener en alto el ánimo de mis muchachitos; sólo que no existía ánimo, ni siquiera bajo. Simplemente no querían ir –yo tampoco-. Me puse a cantar las canciones que, acompañadas con mi violín, con tanta alegría entonábamos en la escuela, pero era inútil, y terminé cantando solo mientras avanzábamos entre las nopaleras del polvoriento camino que se me antojaba larguísimo.
Al rato el viento nos llevaba rachas de la música y de las palabras de alguien en el lugar de las competencias deportivas, y más miedo sentíamos. Nuestros pies querían echar a correr, pero de regreso.
Al fin atravesamos el cauce seco del río, bajo hermosos árboles, y entramos al pueblo bastante después de las ocho. La música y las palabras por el megáfono nos condujeron. Nos asomamos a una explanada muy grande.
Perfectamente formados, los equipos esperaban. Alguien nos divisó y sonaron los aplausos que seguramente no eran tanto de bienvenida como de alivio, porque ya no esperarían más. Mis niños se apretaron contra mí, pero tuve que pedirles que me esperaran donde estaban porque el maestro del micrófono – ¿Mireles? –, me invitaba a decir unas palabras. Además, no era fácil hablar mientras pedía más aplausos. Si esto fue por incitativa de Modesto Ortiz, el director – un joven maestro inteligente e instruido y un tanto introvertido proveniente del estado de Oaxaca, de baja estatura como yo y también de aspecto humilde como el mío –, yo debía haberme sentido honrado; pero no sé bien por qué siempre tuve la impresión de que la idea había sido de Mireles y sentí que la intención era exhibir a un yucateco que no sabría qué hacer. Sólo que en la Normal yo había practicado la oratoria, y además no era difícil hablar de la importancia de deporte.
Felicité a la escuela anfitriona por la perfecta organización que se advertía. La verdad es que estaba apantalladísimo: delante de cada equipo marianense, perfectamente uniformado de blanco con sus altas calcetas y tenis del mismo color y con sus madrinas portando hermosos ramos de flores, estaba posicionado un tractor muy adornado. El desfile que siguió a la inauguración fue muy lucido, aunque no por nosotros que quedamos en la cola.
¿Cómo nos sentiríamos: yo con mi ropa muy modesta, aunque limpia, y mis alumnitos, el más grande de los cuales no rebasaba los diez años, con sus pantaloncitos, sus chamarritas, sus huarachitos y sus sombreritos sucios e incluso algunos rotos?
Yo quería que me tragara la tierra.
MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE





























