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XVII
‘Cuando sueñas ¿Has tenido es sensación de abandonar tu cuerpo? Es tu yo interior el que escapa de este plano y se adentra a otros en busca de su destino. Pocos guerreros en la historia de la humanidad practicaron este arte como los Shinobi-no-mono’ – AYUMI KOIZUMI, Cronista
Chieko era otra mujer: de aquella escritora que comenzaba a despuntar en el mundo exterior no quedaba prácticamente nada. Ahora era una estudiante que asimilaba conocimiento de manera sorprendente. Hiroshi no daba crédito a aquella enorme capacidad de adaptación que su amada desplegaba día a día.
Su hermoso cuerpo, tras dos años de entrenamiento tenaz, ahora parecía esculpido en roca. Aprovechaba la geografía de cada ciudad a la que llegaban –en su constante huida de sus temibles enemigos– para someterse a nuevas pruebas. Además, dedicaba gran parte de su tiempo a la meditación. En ocasiones, podía pasar horas en una sola postura, como desconectada del mundo.
Para el ninja había sido difícil porque, ahora que la tenía cerca, ella era más distante. Fue como si la revelación de la verdad abrumadora le cambiara el chip, dejándolo a él rezagado. En aquellos 24 meses desde que salieron de Japón con rumbo a Europa, no habían tenido intimidad a partir de que el nivel de exigencia se enfocó en su dominio marcial, hasta el manejo de las armas más letales dentro del arsenal Shinobi. Siendo Hiroshi el maestro de aquella generación de guerreros, debió instruir a su diva, lo que le permitió tener con ella mayor cercanía. Como el líder, también podía platicar con ella cuando le revelaba detalles de su linaje ancestral, de los usos, costumbres y creencias del clan Matsumoto. El principal punto de empatía se presentaba cuando estudiaban la información disponible de Mitsu e Hiraku, sobre quienes era ya una experta.
Sumando los relatos de su madre, más piezas semi ocultas en papiros y códices, había logrado reunir más datos que confirmaban acciones de la pareja realmente sorprendentes, casi fuera de lo considerado humanamente posible. Aquello le ocasionaba a Chieko una especie de escalofrío. Cada vez que alguna proeza era constatada antropológicamente en su interior, experimentaba una punzada en el estómago, como si su cuerpo le advirtiera que precisamente en esas leyendas estaba la clave, el origen de las respuestas a todas sus dudas existenciales.
Una de aquellas noches, mientras ambos bebían un té secreto creado por sus ancestros a base de cierto tipo de yerbas sagradas que ayudaban a la concentración, lograron unir otra parte del rompecabezas de las andanzas de la pareja Shinobi.
Chieko le contó a Hiroshi que, entre los relatos que su madre incluyó en las grabaciones, describió una aventura en un lugar con nieve, pero no como la que se forma en la cima del Fujiyama, sino una más densa, con un clima inclemente que hacía imposible el avance. Sin embargo, Mitsu, Hiraku y el hijo mayor de ambos, Kaori, lograron atravesar el muro de hielo para llegar a un lugar conocido como Hiperbórea.
–“Esta parte me dejó desconcertada. Hiperbórea, según la mitología griega, se ubica en tierras septentrionales aún desconocidas, al norte de Tracia, una región del sureste de Europa ubicada en la península de los Balcanes. Ahora bien, el muro de hielo del que tradicionalmente se hace referencia se supone que se ubica en el Polo Sur, a no ser que sea otra Hiperbórea” –comentó intrigada a su ex.
–“No necesariamente. Recuerda que la cartografía de aquella época no consideraba a la tierra como una esfera; para ellos era plana, por eso la ubicación geográfica tradicional no aplica actualmente. Se pensaba que el muro de hielo en realidad se encontraba alrededor de nuestro mundo, conteniendo el agua de los océanos, así que quizá ellos lograron llegar navegando en otra ruta.”
–“Suena loco, pero viable” –respondió la ninfa, fascinada ante la serie de interrogantes que las andanzas de sus ancestros dejaban sobre la mesa en cada ocasión.
Hiroshi le ofreció otra taza de té que ella rechazó con un elegante movimiento de cabeza, aunque no se negó a escuchar la conclusión de la hipótesis del quien en el pasado fue su pareja.
– “Los estudiosos de nuestro clan nos contaron que en aquella misión ‘tus bisabuelos’ buscaban el conocimiento del que los hiperbóreos disfrutaban, pues se decía que eran inmortales, descendientes directos de antiguos dioses. Es fascinante que me confirmes ahora que llegaron a ese lugar, aunque cuando lo hicieron ya eran mayores: ella tenía más de 50 años e Hiraku 61. ¿Cómo lograron esa proeza? Eso es algo que no sabemos con certeza. La primera expedición humana registrada oficialmente a la Antártica fue realizada por LeGentil de la Barbinais, en el año 1716; en el año 1870, el Dr. Otto Nordensjkjöld lo intentó con un barco ballenero; después, el marino italiano Guillermo Bove se aventuró en 1880. Hubo nuevas incursiones en 1894 y 1958. Sir Ernest Shackleton trató de cruzar la Antártida a través del Polo en 1914. Se afirma que los nazis realizaron varios viajes a la antártica, la única que se tiene registrada la encabezó Alfred Ritscher en 1938.También los norteamericanos hicieron lo propio tras concluir la Segunda Guerra Mundial: la expedición de 1946 al mando de Richard Evelyn Byrd ha sido hasta ahora la mayor fuerza expedicionaria jamás dirigida en esa zona, con 13 barcos de guerra, entre ellos rompehielos, destructores, porta hidroaviones, varios buques, todos ellos provistos de material de guerra en total una tropa compuesta por 3 grupos de combate. En cambio, Mitsu e Hiraku viajaron en un barco con apenas una tripulación mínima.”
Chieko se levantó para dar por concluida la charla pues, como cada noche, realizaría su sesión de meditación. Su protector no pareció satisfecho con ello, pero respetuosamente se despidió con un leve beso en la mejilla que ella no le devolvió.
Afuera de aquel complejo ubicado en Cuneo, cerca de la frontera italiana con Francia, las estrellas iluminaban más de lo habitual el oscuro entorno.
Hiroshi no tuvo tiempo de meditar acerca del alejamiento evidente que Chieko le manifestaba, pues su sexto sentido intensificó su alarma mental. Algo no estaba bien, o bien pronto no lo estaría. No sabía cómo, pero su instinto le ordenaba salir de aquel lugar lo más rápido posible. Alertó a sus hombres, les dio indicaciones precisas, y en cuestión de minutos tres vagonetas negras salían en estampida rumbo a un oculto hangar, donde un avión ya los esperaba para abandonar suelo peninsular.
Horas después, un comando fuertemente armado irrumpió en la zona, pero era evidente que los objetivos habían huido. Kadashi no estaba con ellos, aunque dirigía el operativo de búsqueda desde su cuartel general, en Hungría.
Concentrado, repartió órdenes a los hackers que se infiltraban en cualquier software de seguridad en todo el mundo: detectar y seguir a cualquier aeronave que abandonara la zona. Nuevamente sus presas lograron escabullirse en el último minuto, pero no cabía duda que el tiempo se les agotaba. Apostó a que el lugar que eligieran para esconderse sería su destino final.
RICARDO PAT





























